12 feb. 2017

Rivalidad entre imperios (parte I de IV)

Hemos entrado en una nueva época del imperialismo mundial. Los hitos del proceso copan las noticias diarias. EE UU y China se disputan la hegemonía en Asia. En Europa Oriental, Rusia y EE UU se han enfrascado en una nueva guerra fría. Estas potencias también apoyan a bandos opuestos en el creciente conflicto internacional en Oriente Medio. Tales rivalidades desmienten la tesis de Karl Kautsky, quien a comienzos del siglo XX sostenía que el mundo había entrado en una nueva fase del capitalismo, en la que las clases dominantes del mundo, salvo algunas excepciones menores, se habían unido de cara a la explotación pacífica de los trabajadores y los recursos del planeta.
El auge neoliberal de comienzos de la década de 1980 hasta el año 2008 es la causa principal de esta nueva rivalidad imperial. Ha reordenado las placas tectónicas de la economía mundial. Países como China se han convertido en nuevos epicentros de acumulación de capital. Inevitablemente han ganado fuerza en el sistema mundial y así han entrado en conflicto con la potencia hegemónica, EE UU, que ha sufrido un declive relativo a raíz de las crisis económica, imperial y política.

Todo esto ha creado un nuevo mundo multipolar asimétrico. EE UU sigue siendo la única superpotencia, pero ahora se enfrenta a un rival global potencial en China y a una serie de potencias regionales, desde Rusia hasta Brasil. También afronta conflictos entre varios Estados ascendentes que escapan a su control. El desplome global duradero del sistema mundial y la reciente desaceleración de la economía china no harán más que exacerbar las tensiones entre las diversas potencias. Todos los rincones del mundo están en juego, desde las Américas hasta Asia, Europa, África e incluso el Ártico y la Antártida.
El gobierno de Obama dejó bien claro que, según sus propias palabras, “el liderazgo global de EE UU sigue siendo indispensable”. No obstante, su declive relativo le ha forzado a revisar su estrategia imperial. Al tiempo que trata de sustraer a EE UU de guerras terrestres en Oriente Medio y Asia Central y retornar a una política de equilibrio entre potencias regionales, Obama intenta reorientar la potencia estadounidense para enfrentarse a Rusia en Europa Oriental y, sobre todo, para centrarse en Asia a fin de contener el ascenso de China como potencia regional y futura potencia mundial. Todo esto augura una conflictividad creciente dentro del sistema global.

El capitalismo incuba la rivalidad interimperial

La teoría marxista clásica del imperialismo sigue siendo el mejor instrumento para analizar estas rivalidades en curso. Vladímir Lenin esbozó el planteamiento básico en su folleto 'El imperialismo, fase superior del capitalismo'. Nikolai Bujarin lo desarrolló de un modo más sistemático en su libro titulado 'El imperialismo y la economía mundial'. En esencia, señalan que la lógica competitiva del capitalismo empuja a las empresas a ir más allá de las fronteras de la economía nacional para buscar recursos, mercados y mano de obra en todo el mundo. Cada uno de los Estados capitalistas acumula enormes arsenales militares para asegurar los intereses de sus empresas dentro del sistema. De este modo, la competencia económica entre capitales da pie a la competencia imperial entre Estados en torno al reparto y la modificación del reparto del mundo. Estas rivalidades pueden desencadenar una guerra entre las grandes potencias.
Los vencedores en estos conflictos tratan de imponer una nueva jerarquía entre los Estados capitalistas. Algunos se sientan en lo alto, otros debajo, y los que están abajo del todo sufren opresión nacional, bien directamente mediante el dominio colonial, bien indirectamente a través de la sumisión política y económica a los dictados de los Estados más poderosos. Sin embargo, según Lenin y Bujarin, estas jerarquías nunca son permanentes. La ley del desarrollo desigual en el capitalismo, que León Trotsky profundizó con la 'ley de desarrollo desigual y combinado', altera continuamente el orden de los Estados. Viejas potencias se atrofian, surgen nuevas potencias capitalistas que entran en conflicto cuando cada una trata de ordenar el sistema a favor de su propia clase capitalista.
Los marxistas clásicos desarrollaron su teoría polemizando con su coetáneo Kautsky, quien argumentaba que el capitalismo podía dar lugar al ultraimperialismo, en el que las potencias capitalistas podían unirse en torno a la explotación pacífica y cooperativa de la población trabajadora del mundo. Su ingenuidad teórica fue desmentida por toda la historia del siglo XX y ahora por las nuevas rivalidades del siglo XXI. Hemos conocido una sucesión de fases de conflicto interimperial. Primero fue el periodo clásico del imperialismo, cuando las grandes potencias en un orden multipolar se apresuraron a construir imperios coloniales, se repartieron el mundo y desencadenaron dos guerras mundiales. El triunfo de EE UU y la URSS, resultante de esa catástrofe fratricida, dio lugar al orden bipolar de la guerra fría. Con el colapso del imperio soviético, el imperialismo y la rivalidad interimperial no cesaron sino que dieron lugar a un momento unipolar, hasta que este sucumbió ante el orden mundial multipolar asimétrico de hoy en día.

El momento unipolar

En su obra de referencia titulada 'The Making of Global Capitalism', Leo Panitch y Sam Gindin generalizan excesivamente el momento unipolar, creyendo que la dominación mundial de EE UU, que ellos consideran persistente e inalterable, invalida la teoría de Lenin y Bujarin. EE UU ha intentado, en efecto, asegurar un orden mundial unipolar e impedir el ascenso de cualquier competidor equiparable. Lo ha conseguido durante un tiempo, hasta que el auge neoliberal y las propias crisis de EE UU han socavado su hegemonía. Ha desarrollado una amplia estrategia encaminada a incorporar y subordinar todos los Estados del mundo en las estructuras políticas, económicas y militares que había creado en su bloque durante la guerra fría. Como señala el Nosferatu del imperialismo estadounidense, Zbigniew Brzezinski, en su libro 'The Grand Chessboard', “los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial consisten en impedir la colusión de los vasallos y mantener su dependencia en materia de seguridad, asegurar que los Estados tributarios permanezcan acomodaticios y protegidos y evitar que los bárbaros se junten”.
Este proyecto fue un éxito para EE UU en la década de 1990. La clase capitalista estadounidense reestructuró su economía y restableció su predominio económico relativo sobre Japón y Alemania. Trató de integrar a sus antiguos rivales de la guerra fría en su imperio. Con China ya había establecido una alianza en la década de 1970, y en los años noventa intentó convertirla en una plataforma de fabricación destinada a la exportación para el capital estadounidense e internacional. Junto con sus aliados, impuso un ajuste estructural neoliberal en Rusia y se apoderó de la zona de influencia de esta en Europa Oriental, incorporando a muchos de los nuevos Estados independientes en la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
EE UU utilizó varios organismos internacionales, como Naciones Unidas, para asimilar políticamente a países que habían estado en la zona de influencia rusa o en el campo no alineado. Intensificó el uso del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, así como la recién estrenada Organización Mundial del Comercio (OMC), para abrir las economías capitalistas estatalizadas y someterlas en su conjunto a un orden económico neoliberal supervisado por EE UU, cuyos principios orientadores eran la desregulación, la privatización y la globalización.
El momento unipolar no trajo la paz ni el prometido dividendo de la paz. En vez de ello, EE UU mantuvo su enorme aparato militar y lo empleó para imponer su dominio neoliberal informal frente a los llamados Estados granujas como Irak y Corea del Norte; asumió la tarea de policía internacional para poner orden en los llamados Estados fallidos como Somalia y Haití; y blandió su vasta flota de guerra para intimidar a cualquiera que contestara su dominación.

El auge neoliberal socava la unipolaridad

Tal como habrían predicho los marxistas clásicos, la ley del desarrollo desigual y combinado socavó la hegemonía indiscutida de EE UU. El auge neoliberal sería la fuerza motriz de este proceso. Como demuestra David McNally en su libro 'The Global Slump', las clases capitalistas superaron la crisis de la década de 1970 y pusieron en marcha una expansión masiva en el mundo capitalista avanzado y partes del mundo en desarrollo, especialmente alrededor de China en el noreste de Asia. El auge neoliberal de 1982 a 2007 triplicó el volumen de la economía mundial. Este auge generó nuevos centros de acumulación de capital, como China, que pasó a defender sus intereses de forma más enérgica dentro del sistema mundial, a veces conjuntamente con EE UU y en otras ocasiones en oposición a EE UU. Wall Street dio en llamar a estos países los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). La lista podría completarse con muchos otros, como Arabia Saudí o Australia.
Los dos más importantes entre ellos son China y Rusia. China ha conservado la propiedad estatal sobre sectores clave de su economía (como el energético), ha obligado a los inversores extranjeros a asociarse con empresas chinas y ha desarrollado su propia clase capitalista. De este modo, a pesar de su apertura al sistema mundial y a la entrada masiva de inversión extranjera directa, China conserva un alto grado de independencia como potencia emergente. Actualmente es el fabricante más grande del mundo y su economía es la segunda más importante. Rusia, después de recuperarse de la terapia de choque neoliberal de los años noventa, ha conseguido recuperarse también como potencia regional. Bajo el gobierno de Vladímir Putin, ha renacionalizado gran parte de su sector energético y se ha convertido en una potencia petrolera respaldada por un enorme arsenal de cabezas nucleares. Gracias a la liquidez que le proporcionó el auge de su industria petrolera y de gas natural, comenzó a repeler la invasión estadounidense en su antiguo imperio en Europa Oriental y Asia Central.
China y Rusia, así como el resto de los BRICS, son ahora importantes países en el sistema mundial. Sin embargo, es importante no ponerlos a todos en el mismo saco. China es una potencia económica, militar y geopolítica en ascenso. Rusia es una potencia económica muy venida a menos, pero su industria energética y su arsenal militar hacen de ella una fuerza regional capaz de hacer valer su poder a escala internacional. Otros, como Brasil o Sudáfrica, son a lo sumo potencias regionales. Tampoco comparten intereses comunes y han colisionado en torno a una serie de cuestiones, desde el comercio hasta la geopolítica.
El cambio de la correlación de fuerzas en el sistema de Estados se pone claramente de manifiesto en las estructuras institucionales del capitalismo mundial. Reconociendo el ascenso de nuevos países capitalistas, EE UU decidió, tras el estallido de la Gran Recesión, ampliar la reunión de las tradicionales potencias del G-7 (Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y EE UU) a un nuevo grupo G-20. Una fuente declaró a The Guardian que “la aparición del G-20 –que incluye a China, India, Brasil y otros países emergentes– reveló que el G-7 tenía que cambiar o volverse irrelevante”. El G-20 se ha convertido ahora en el principal foro mundial para el debate entre los Estados capitalistas dominantes. The Economist escribió, tal vez en un exceso de optimismo, que “no es un nuevo Bretton Woods, pero sí un cambio decisivo del viejo orden mundial”.
En realidad, EE UU no ha logrado integrar sin problemas a las nuevas potencias en este orden. Por ejemplo, las divisiones entre ellas han paralizado la OMC, que en 2001 inauguró la ronda de Doha para un pacto comercial global y esperaba tenerlo concluido en 2005. Sin embargo, los desacuerdos entre los países capitalistas avanzados y los BRICS en torno a los subsidios agrícolas y las barreras a la importación frustraron las negociaciones, que finalizaron en 2015 sin acuerdo. Tras el fracaso de la OMC, las diferentes potencias capitalistas han forjado pactos regionales y bilaterales en beneficio propio, lo que ha llevado a algunos economistas neoliberales a preocuparse por el ocaso del orden neoliberal. Crédit Suisse publicó un nuevo informe que advertía ante “un posible abandono de la globalización a favor de un mundo multipolar”.

Las múltiples crisis del imperialismo estadounidense

Cuando el auge del neoliberalismo creó nuevos rivales, EE UU sufrió tres crisis que provocaron su declive relativo y precipitaron el final del momento unipolar. En primer lugar, y ante todo, sufrió una crisis imperial con sus derrotas en Afganistán e Irak. Con la excusa de la llamada “guerra contra el terrorismo”, el gobierno de George Bush había planeado afianzar su dominación global tomando el control de Irak y remodelando Oriente Medio bajo su égida. EE UU esperaba controlar a sus rivales potenciales que dependen del petróleo de la región al tener la mano en el grifo. Pero las invasiones y ocupaciones de Bush acabaron mal. El ex director de la Agencia Nacional de Seguridad bajo el gobierno de Reagan, general Odom, calificó la guerra de Irak como el “mayor desastre estratégico de la historia de EE UU” y dijo que era “mucho más grave que Vietnam”. La suerte de EE UU en Afganistán apenas fue mejor. Esta es ahora la guerra más larga de la historia de EE UU y tras bastante más de una década de ocupación y combate, EE UU y el débil régimen títere que ha instalado todavía están luchando contra los talibán resurrectos. Con EE UU empantanado y gastando billones de dólares en destrozar Irak y Afganistán, sus rivales, en particular China, han ganado espacio para sacar músculo.
En segundo lugar, la crisis económica de 2008 puso fin al prolongado auge neoliberal, socavando todavía más la hegemonía estadounidense. La Gran Recesión y la consiguiente depresión mundial golpeó de forma particularmente fuerte a EE UU, Europa y Japón. Tal como documenta Edward Luce, “en 1969, EE UU recibía el 36 % de la renta mundial a precios de mercado, de acuerdo con las Perspectivas de la Economía Mundial del FMI. La parte que se llevaba EE UU había descendido al 31 % en el año 2000. Entonces comenzó a caer en picado. En 2010, EE UU se embolsó apenas el 23,1 % de la renta mundial. En una década, EE UU perdió el 7 % de la renta mundial”.
Además de estas dos crisis, EE UU experimenta una tercera: el bloqueo político entre el Congreso y el gobierno de Obama. Ambos partidos capitalistas están a matar entre ellos. Los Republicanos se han convertido en “el partido del no”. Son rehenes del ala radical de Tea Party, lo que les permite ganar elecciones, pero le lleva a oponerse a proyectos que el capital apoya, como el rescate de bancos y grandes empresas tras la Gran Recesión.
A pesar de su triple crisis, EE UU sigue siendo la única superpotencia mundial. Su economía es la más grande, su ejército es de lejos el más poderoso (el presupuesto militar estadounidense es mayor que los de los nueve países siguientes juntos), y por eso detenta el mayor poder geopolítico. Sin embargo, su declive relativo significa que ya no es capaz de imponer su voluntad, como lo fue en el momento unipolar de los años noventa. Sus diversos rivales internacionales y regionales tienen más capacidad y margen de maniobra para llevar adelante sus propios planes. No obstante, lejos de retirarse con el rabo entre las piernas, EE UU está decidido a conservar su dominación global. Aunque Washington ha estado paralizado, las líneas maestras del proyecto imperial estadounidense están claras. La clase dominante pretende sacar provecho de la mano de obra barata de EE UU y de sectores de su industria para hacerlos funcionar con su petróleo extraído mediante fracking y su gas natural de producción nacional. Sobre la base de su economía renovada, espera reafirmar su poder en el sistema mundial.Texto: Ashley Smith. Ver: Parte II

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