9 jun. 2017

La izquierda global

El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura, el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar. El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas.

La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización. En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado Yalta. Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética. Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una guerra fría, cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo. Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas. Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido. Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina. Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas moderadas en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta. El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia. La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos. ¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Ronald Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Margareth Thatcher, proclamaron el fin del desarrollismo dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, ''there is no alternative''. Que no hay alternativa. Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drasticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado. Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió. Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA. Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente. Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el multiculturalismo copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos indígenas, todos fueron ampliamente aceptados. Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito. En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 30 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases. Texto: Immanuel Wallerstein

4 jun. 2017

¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

El narrador norteamericano Raymond Carver publicó, en los años ochenta, un libro de relatos que llevaba por título De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama, Barcelona, 2007). Una mirada poliédrica permitía al lector acercarse al sentimiento amoroso desde ópticas distintas. Detrás, una concepción del mundo (y del amor) no dogmática. Y un objetivo esencial en el que proyectar la mirada: el amor. El concepto izquierda es, también, susceptible de ser abordado desde distintas ópticas y con una mirada poliédrica. Por ello, no he dudado a la hora de apropiarme de una parte del título del libro de relatos de Carver y de adaptar su pregunta a una de las cuestiones de mayor calado que el progresismo, en Occidente pero no sólo, tiene planteada: ¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

En España (como parte de la Unión Europea) hay una coincidencia general en tres principios: 1) Salvo abandono de la Unión, no es posible emprender transformaciones del sistema en el ámbito aislado de cada país (algo que, por otro lado, ya fue cuestionado por los clásicos al valorar la posibilidad del “socialismo en un solo país”); 2) Sólo con un cambio de mayoría política en el parlamento europeo que refleje aspiraciones ciudadanas de transformación es posible abrir paso a políticas que pongan en primer plano la recuperación y el desarrollo del Estado del Bienestar; 3) Cualquier avance en esa dirección requiere una profundización de la democracia en todos los planos, lo cual significa la prevalencia de la política por encima de la tecnocracia, el interés de lo público por encima de los intereses privados, es decir, la subordinación de los mercados a los intereses generales y no al contrario.  
Esas tres premisas son básicas para dar respuesta a la gran pregunta del principio. La izquierda representa las aspiraciones de igualdad y de libertad de los ciudadanos, la búsqueda de una sociedad no basada en la lógica del beneficio privado por encima del beneficio colectivo, la construcción de una economía al servicio de la inmensa mayoría y no de la minoría más poderosa.

En Europa, en la última década, lejos de acercarnos a esos objetivos, nos hemos distanciado. Ha crecido la desigualdad, se ha profundizado el abismo entre la Europa del norte y la Europa del Sur, la llamada austeridad ha condenado a la pobreza a millones de ciudadanos, los servicios públicos se han deteriorado y se han abierto rotos más que notables en los sistemas públicos (modélicos durante décadas) de educación, sanidad, pensiones y protección social de los países económicamente menos poderosos, España entre ellos. La Europa social de Jacques Delors ha ido pasando a mejor vida, el impulso reequilibrador que le dio sentido ha perdido fuelle y los nacionalismos pseudofascistas cuando no abiertamente fascistas encuentran un caldo de cultivo sin precedentes en los barrios deprimidos de los alrededores de las grandes ciudades, antaño bastiones de la izquierda, especialmente del voto comunista. Vamos en la dirección de la Europa de los mercaderes y no de la Europa de los ciudadanos. Hacia la Europa del "sálvese quien pueda”, de la ley de la selva y de la impotencia ante las políticas económicas depredadoras. En fin, hacia una Europa que se niega a sí misma. No hacia la Europa ilustrada que soñaron Camus, Heinrich Böll, Milan Kundera, Italo Calvino o Hugo Klaus, entre otros, sino a la Europa del Bundesbank y de las grandes corporaciones financieras.

Ese proceso no hubiera sido posible sin el dominio de la derecha que representa Angela Merkel (digna sucesora de la Tatcher), sin duda, que ha sido el motor y el “alma” de políticas anticrisis basadas casi en exclusiva en salvar a los bancos a cualquier precio aún a costa de destruir empleo, crear pobreza y subempleos indignos y recortar derechos y servicios públicos. Pero probablemente tampoco hubiera sido posible si los partidos socialistas y socialdemócratas no se hubieran dejado impregnar por políticas neoliberales alimentadas por la llamada “tercera vía” de Tony Blair y por el pragmatismo de Schröeder, si no hubieran renunciado a sus principios reequilibradores y a la defensa del Estado del Bienestar, si no hubieran asumido como propios principios que están en las antípodas de su razón fundacional. Millones de ciudadanos, en los más diversos países de la Unión, han comprobado, con desesperanza y cierta carga de ira, que los valedores de sus derechos y de sus sistemas públicos de protección los dejaban desamparados y a merced de poderes ocultos, no elegidos, en gran medida afincados en paraísos fiscales y por completo ajenos a sus aspiraciones y necesidades.
¿Eran políticas inevitables? En mayo de 2010, la prima de riesgo española estaba en 160 puntos, el endeudamiento del Estado no pasaba del 62% del PIB. Y la troika colocó a Zapatero al borde del abismo. Hoy, estamos en la misma prima de riesgo, con un 30% más de deuda pública (bordea el 90% del PIB, algo impensable hace sólo dos años) y la troika afirma que el país “está saliendo de la crisis” y el gobierno Rajoy da palmas con las orejas. Por tanto, relativicemos las cifras. Ya tenemos perspectiva para saber que las medidas que se adoptaron hace cuatro años, con un gran aparato de publicidad tremendista, sólo tuvieron unos beneficiarios: los grandes bancos, hundidos en la burbuja financiera que ellos mismos crearon. Islandia, que dejó caer sus bancos en 2008 porque resultaron ser demasiado grandes para rescatarlos, ha reducido su tasa de paro hasta el 4% y camina con paso firme hacia un 2% con un crecimiento económico para 2014 del 2,7%. Por el contrario, las salidas diseñadas por la troika para Grecia o España han conducido a tasas de desempleo superiores al 25% y a crecimientos negativos de su economía. Cierto que Islandia está fuera de la Unión Europea, que es una economía pequeña, pero… ¿no debería la socialdemocracia europea analizar a fondo el proceso islandés, cuyo gobierno obligó incluso a los bancos a cancelar buena parte de sus deudas hipotecarias para ayudar a hogares y familias, además de dedicar el 7% del PIB a apoyar económicamente a quienes tenían riesgo de deshaucio y todo ello a pesar de que hoy buena parte de los acreedores de sus bancos siguen sin cobrar o intentan renegociar las deudas (“esto no es deuda pública y nunca lo será”, llegó a afirmar su primer ministro)?
Por tanto, la socialdemocracia tiene ante sí el desafío de la autocrítica. Un desafío que, en gran medida, se recoge en su programa a las próximas europeas, pero que debe ir más allá definiendo una política a medio y largo plazo que deje de lado las concesiones al liberalismo y recupere el “reformismo fuerte” y la apuesta por la prevalencia del sector público y por la recuperación del Estado del Bienestar: ahí tienen tajo los millones de militantes socialistas de los distintos países de la Unión para abrir paso a esa concepción en sus respectivos partidos. ¿Esa es la izquierda a la que aludimos al principio? En gran medida sí, pero no solamente, ni mucho menos.
Si partimos de la base de que sólo es posible cambiar las políticas europeas con un gobierno progresista, o de izquierdas, en la Unión, es evidente que éste ha de sustentarse en una mayoría parlamentaria situada a la izquierda. Una mayoría que, para ser eficaz, ha de ser holgada y tener en cuenta su carácter plural, tejiendo una alianza que vaya de la socialdemocracia a los verdes pasando por la izquierda alternativa o “real” y por otras formaciones minoritarias de carácter progresista. Con un programa reformista que deje de sacralizar a los mercados, basado en la prevalencia de lo público, en el empleo y en la recuperación del Estado del Bienestar y la extensión de los derechos civiles, de la democracia, de la transparencia y de la participación ciudadana. No hay otra alternativa.
Frente a ella no sólo está la derecha merkeliana y los sectores más moderados de la socialdemocracia (aquellos que sacralizan el pacto de gobierno en Alemania), también está una izquierda cargada de buena voluntad y mejores deseos pero atravesada por un fuerte subjetivismo.  Hija de los movimientos sociales surgidos del 15-M de un lado y del anarquismo cruzado por cierta nostalgia del socialismo real de otro, plantea un cuestionamiento del sistema democrático de los países occidentales desde un enfoque radical que apenas tiene el respaldo electoral del 3 ó el 4% de la población de algunos de ellos (con la excepción del partido de Grillo en Italia). Sus planteamientos obvian un factor básico: no es posible abrir paso a políticas progresistas sin un colchón de apoyos electorales que vaya más allá del 60% de la ciudadanía, un porcentaje, además, que ha de tener el respaldo de sindicatos y organizaciones sociales y mantenerse movilizado y crítico pero atento a que en los momentos decisivos el adversario principal es la derecha política y económica y no otra cosa.  Si ese factor se infravalora y se considera que sólo la movilización “antipartidos tradicionales” y la identificación de los socialistas con la derecha es el camino, estaremos hablando de una izquierda imposible y de una perspectiva cargada de hermosas utopías pero también de impotencia y de incapacidad transformadora.  Es decir, de nuevos caminos hacia la decepción colectiva. No olvidemos que a la “histórica movilización del 15-M de 2011” no sucedió una marea de izquierdas y de progreso en las instituciones del país. Sucedió todo lo contrario. No porque lo decidieran “los mercados”, sino porque lo decidieron los electores: lamentablemente.
¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda? De la compleja realidad que conforma una mayoría social y política que es crítica con la derecha y consigo misma (a veces, demasiado dura consigo misma), que es plural y viva, que duda y, a la vez, tiene certezas. Una realidad que va de los socialistas y socialdemócratas hasta el ecologismo o los movimientos antisistema, pasando por los comunistas. Sólo esa realidad, poliédrica como el amor de los cuentos de Carver, puede alumbrar una Europa a la medida del ser humano del siglo XXI y no de los mercados. Nos guste o no. Construirla es una tarea ingente que exige mucho rigor, cabeza fría y las mínimas dosis de demagogia. Porque, a diferencia de los cuentos de Carver, no hablamos de literatura. Hablamos de realidad y la realidad suele ser bastante más dura y resistente que cualquier ficción. Texto: Manuel Rico. Ver: Ley de hierro de la oligarquía