27 jul. 2016

Hillary Clinton vs Trump

Diana Johnstone es quizá una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas en la izquierda. Colaboradora, entre otros, de Counterpunch, Johnstone, que se hizo conocida en Europa por sus críticas a la política occidental durante las guerras en los Balcanes, acaba de sacar un libro sobre Hillary Clinton titulado ''La reina del caos''. La entrevistó para lamarea.com Àngel Ferrero.

Los medios estadounidenses han centrado su atención estas primarias en Donald Trump. Pero en su opinión, Hillary Clinton también debería ser motivo de preocupación. La ha descrito como ‘la reina del caos’. ¿Por qué?
Trump consigue titulares porque es una novedad, un showman que dice cosas chocantes. Es visto como un intruso en un espectáculo electoral diseñado para transformar a Clinton en la “primera mujer presidenta de América”. ¿Por qué la llamo reina del caos? En primer lugar, por Libia. Hillary Cinton fue en gran medida responsable de la guerra que hundió a Libia en el caos, un caos que se extiende hacia el resto de África e incluso Europa. Ha defendido más guerra al Oriente Medio.
Mi opinión no es que Hillary Clinton “también debería” ser motivo de preocupación. Ella es el principal motivo de preocupación. Clinton promete apoyar más a Israel contra los palestinos. Está totalmente comprometida con la alianza de facto entre Arabia Saudí e Israel que tiene como objetivo derrocar a Assad, fragmentar Siria y destruir la alianza chií entre Irán, Assad y Hezbolá. Esto aumenta el riesgo de confrontación militar con Rusia y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Hillary Clinton defiende una política beligerante hacia Rusia en su frontera con Ucrania. Los medios de comunicación de masas en Occidente se niegan a darse que cuenta que muchos observadores serios, como por ejemplo John Pilger y Ralph Nader, temen que Hillary Clinton nos conduzca, sin advertirlo, a la Tercera Guerra Mundial.
Trump no se ajusta a ese molde. Con sus comentarios groseros, Trump se desvía radicalmente del patrón de lugares comunes que oímos de los políticos estadounidenses. Pero los medios de comunicación establecidos han sido lentos en reconocer que el pueblo estadounidense está completamente cansado de políticos que se ajustan al patrón. Ese patrón está personificado por Hillary Clinton. Los medios de comunicación europeos han presentado en su mayoría a Hillary Clinton como la alternativa sensata y moderada al bárbaro de Trump. Sin embargo, Trump, el “bárbaro”, está a favor de reconstruir la infraestructura del país en vez de gastar el dinero en guerras en el extranjero. Es un empresario, no un ideólogo.
Trump ha afirmado claramente su intención de poner fin a la peligrosa demonización de Putin para desarrollar relaciones comerciales con Rusia, lo que sería positivo para Estados Unidos, para Europa y para la paz mundial. Extrañamente, antes de decidir presentarse como republicano, para consternación de los líderes del Partido Republicano, Trump era conocido como demócrata, y estaba a favor de políticas sociales relativamente progresistas, a la izquierda de los actuales republicanos o incluso Hillary Clinton.
Trump es impredecible. Su reciente discurso en AIPAC, el principal lobby pro-israelí, fue excesivamente hostil hacia Irán, y en 2011 cayó en la propaganda que condujo a la guerra contra Libia, incluso si ahora, retrospectivamente, la critica. Es un lobo solitario y nadie sabe quiénes son sus asesores políticos, pero hay esperanza de que arroje fuera de la política a los neoconservadores e intervencionistas liberales que han dominado la política exterior estadounidense los últimos quince años.
Los asesores de Clinton destacan su experiencia, en particular como secretaria de Estado. Muchos se ha escrito sobre esta experiencia y no siempre de manera positiva. ¿Cuál fue su papel en Libia, Siria o Honduras?
Hay dos cosas que decir sobre la famosa experiencia de Hillary Clinton. La primera es observar que su experiencia no es el motivo de su candidatura, sino, más bien, la candidatura es el motivo de su experiencia. En otras palabras, Hillary no es candidata debido a que su maravillosa experiencia haya inspirado a la gente a escogerla como aspirante a la presidencia. Es más correcto decir que ha acumulado ese currículo justamente para cualificarse como presidente.
Durante unos veinte años, la máquina clintonita que domina el Partido Demócrata ha planeado que Hillary se convierta en “la primera mujer presidenta de EEUU” y su carrera se ha diseñado con ese fin: primero senadora de Nueva York, después secretaria de Estado.
Lo segundo concierne al contenido y la calidad de esa famosa experiencia. Se ha empecinado en demostrar que es dura, que tiene potencial para ser presidenta. En el Senado votó a favor de la guerra de Irak. Desarrolló una relación muy cercana con el intervencionista más agresivo de sus colegas, el senador republicano por Arizona John McCain. Se unió a los chovinistas religiosos republicanos para apoyar medidas como hacer que quemar la bandera estadounidense fuese un crimen federal. Como secretaria de Estado, trabajó con “neoconservadores” y esencialmente adoptó una política neoconservadora utilizando el poder de Estados Unidos para rediseñar el mundo.
Respecto a Honduras, su primera importante tarea como secretaria de Estado fue proporcionar cobertura diplomática para el golpe militar de derechas que derrocó al presidente Manuel Zelaya. Desde entonces Honduras se ha convertido en la capital con más asesinatos del mundo. En cuanto a Libia, persuadió al presidente Obama para derrocar el régimen de Gaddafi utilizando la doctrina de “responsabilidad para proteger” (R2P) como pretexto, basándose en falsas informaciones. Bloqueó activamente los esfuerzos de gobiernos latinoamericanos y africanos para mediar, e incluso previno los esfuerzos de la inteligencia militar estadounidense para negociar un compromiso que permitiese a Gaddafi ceder el poder pacíficamente.
Continuó esa misma línea agresiva con Siria, presionando al presidente Obama para que incrementase el apoyo a los rebeldes anti-Assad e incluso para imponer una “zona de exclusión aérea” basada en el modelo libio, arriesgándose a una guerra con Rusia. Si se examina atentamente, su “experiencia” más que cualificarla para el puesto de presidente, la descalifica.
Como secretaria de Estado, Clinton anunció en 2012 un “pivote” a Asia oriental en la política exterior estadounidense. ¿Qué tipo de política podríamos esperar de Clinton hacia China?
Básicamente este “pivote” significa un desplazamiento del poder militar estadounidense, en particular naval, desde Europa y Oriente medio al Pacífico occidental. Supuestamente, porque debido a su creciente poder económico China ha de ser una “amenaza” potencial en términos militares. El “pivote” implica la creación de alianzas antichinas entre otros Estados de la región, lo que con toda probabilidad incrementará las tensiones, y rodeando a China con una política militar agresiva se la empuja efectivamente a una carrera armamentística. Hillary Clinton apuesta por esta política y si llegase a la presidencia la intensificaría.
Clinton dijo en 2008 que Vladímir Putin no “tiene alma”. Robert Kagan y otros “intervencionistas liberales” que jugaron un papel destacado en la crisis en Ucrania la apoyan. ¿Su política hacia Rusia sería de una mayor confrontación que la del resto de candidatos?
Su política sería claramente de una mayor confrontación hacia Rusia que las de Donald Trump. El contrincante republicano de Trump, Ted Cruz, es un fanático evangélico de extrema derecha que sería tan malo como Clinton, o quizá peor. Comparte la misma creencia semirreligiosa de Clinton en el rol “excepcional” de Estados Unidos para modelar el mundo a su imagen. Por otra parte, Bernie Sanders se opuso a la guerra de Iraq. No ha hablado demasiado de política internacional, pero su carácter razonable sugiere que sería más juicioso que cualquiera de los demás.
Los asesores de Clinton tratan de destacar su intento de reformar el sistema sanitario estadounidense. ¿Fue ese intento de reforma realmente un avance y tan importante como dicen que fue?
En enero de 1993, pocos días después de asumir la presidencia, Bill Clinton mostró su intención de promocionar la carrera política de su esposa nombrándola presidenta de una comisión especial para la reforma del sistema nacional de sanidad. El objetivo era llevar a cabo un plan de cobertura sanitaria basado en lo que se denominó “competitividad gestionada” entre compañías privadas. El director de esa comisión, Ira Magaziner, un asesor muy próximo a Clinton, fue quien diseñó el plan. El papel de Hillary era vender políticamente el plan, especialmente al Congreso. Y en eso fracasó por completo. El “plan Clinton”, de unas 1.342 páginas, fue considerado demasiado complicado de entender y a mediados de 1994 perdió prácticamente todo el apoyo político. Finalmente se extinguió en el Congreso.
Respondiendo a la pregunta, el plan básicamente no era suyo, sino de Ira Magaziner. Como había de depender de las aseguradoras privadas, orientadas al beneficio, como ocurre con el Obama Care, ciertamente no era un avance, como sí que lo es el sistema universal que defiende Bernie Sanders.
La campaña de Clinton ha recibido notoriamente dinero de varios hedge funds. ¿Cómo cree que podría determinar su política económica si consigue llegar a la presidencia?
Cuando los Clinton abandonaron la Casa Blanca en enero de 2001, Hillary Clinton lamentó estar “no sólo sin blanca, sino en deuda”. Eso cambió muy pronto. Hablando figuradamente, los Clinton se trasladaron de la Casa Blanca a Wall Street, de la presidencia al mundo de las finanzas. Los banqueros de Wall Street compraron una segunda mansión para los Clinton en el Estado de Nueva York (que se sumó a la que tienen en Washington DC) prestándoles primero el dinero y luego pagándoles millones de dólares por ofrecer conferencias.
Sus amistades en el sector bancario les permitieron crear una fundación familiar ahora valorada en dos mil millones de dólares. Los fondos de la campaña proceden de fondos de inversión amigos que colaboran de buen grado. Su hija, Chelsea, trabajó para un fondo de inversión antes de casarse con Marc Mezvinsky, quien creó su propio fondo de inversión después de trabajar para Goldman Sachs.
En pocas palabras, los Clinton se sumergieron por completo en el mundo de las finanzas, que se convirtió en parte de su familia. Es difícil imaginar que Hillary se mostrase tan desagradecida como para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de su familia adoptiva.
Se dice que la política de identidad es otro de los pilares de su campaña. Quienes apoyan a Clinton afirman que votándola se romperá el techo de cristal y que por primera vez en la historia una mujer entrará en la Casa Blanca. Desde varios medios has protestado contra esta interpretación.
Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades. En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.
Hillary Clinton busca persuadir a las mujeres de que su ambición es la de todas ellas, y que votándola están votando por ellas mismas y su éxito futuro. Este argumento parece funcionar mejor entre las mujeres de su generación, que se identificaron con Hillary y simpatizaron con el apoyo leal a su marido, a pesar de sus flirteos. Sin embargo la mayoría de las jóvenes estadounidenses no se han dejado llevar por este argumento y buscan motivos más sólidos a la hora de votar. Las mujeres deberían trabajar juntas por las causas de las mujeres, como el mismo salario por el mismo trabajo, o la disponibilidad de centros infantiles para las mujeres trabajadoras. Pero Hillary es una persona, no una causa. No hay ninguna prueba de que las mujeres en general se hayan beneficiado en el pasado de tener a una reina o una presidenta. Es más, aunque la elección de Barack Obama hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, la situación de la población afroamericana ha ido empeorando.
Mujeres jóvenes, como Tulsi Gabbard o Rosario Dawson, consideran que poner fin a un régimen de guerras y cambios de régimen y proporcionar a todo el mundo una buena educación y sanidad son criterios mucho más significativos a la hora de escoger un candidato.
¿Por qué las minorías siguen apoyando a Clinton en vez de a Sanders?
Está cambiando. Hillary Clinton ganó el voto negro en las primarias demócratas en los Estados del sur profundo. Fue a comienzos de la campaña, antes de que Bernie fuese conocido. En el sur profundo, muchos afroamericanos estaban desencantados porque muchos de ellos estaban en prisión o habían estado en prisión, y la mayoría de votantes son mujeres mayores que asisten regularmente a la iglesia, donde escuchan a los predicadores pro-Clinton, no lo que se dice en Internet.
En el norte las cosas son diferentes, y el mensaje de Sanders está consiguiendo extenderse. Lo apoyan la mayor parte de intelectuales afroamericanos y de afroamericanos del mundo del entretenimiento. Ésta es la primera elección presidencial donde Internet juega un papel clave. Especialmente la gente joven, que no confía en los medios de comunicación establecidos. Es suficiente leer los comentarios de los lectores estadounidenses en Internet para darse cuenta de que Hillary Clinton está considerada ampliamente como una mentirosa, una hipócrita, una belicista y un instrumento de Wall Street.
¿Cómo ves la campaña de Bernie Sanders? Es visto como la esperanza de la izquierda, pero tras la presidencia de Obama también hay cierto escepticismo. Algunos comentaristas han señalado su apoyo a intervenciones militares estadounidenses en el pasado.
A diferencia de Obama, quien prometió un “cambio” vago, Bernie Sanders es muy concreto a la hora de hablar de los cambios que se tienen que hacer en política doméstica. E insiste en que él solo no puede hacerlo. Su insistencia en que se precisa una revolución política para conseguir sus metas está realmente inspirando el movimiento de masas que necesitaría. Es lo suficientemente experimentado y tozudo como para evitar que el partido le secuestre, como ocurrió con Obama.
En cuanto a la política exterior, Sanders se opuso firmemente y de manera razonada a la guerra de 2003 en Irak, pero como la mayor parte de la izquierda, se dejó llevar por los argumentos en favor de las “guerras humanitarias”, como la desastrosa destrucción de Libia.
Pero este tipo de desastres han comenzado a educar a la gente, y puede que hayan servido de lección al propio Sanders. La gente puede aprender. Puede oír, entre quienes le apoyan, a antibelicistas como la congresista Tulsi Gabbard de Hawai, que presentó su dimisión en el Comité Nacional Demócrata para apoyar a Sanders. Hay una contradicción obvia entre el gasto militar y el programa de Sanders para reconstruir EEUU. Sanders ofrece una mayor esperanza porque viene con un movimiento nuevo, joven y entusiasta, mientras que Hillary viene con el complejo militar-industrial y Trump viene consigo mismo. Texto: Ángel Ferrero - La marea.

26 jul. 2016

Erdogan y la contra-revolución mundial

Lo que muchos temíamos la noche del 15 de julio, se ha cumplido de la manera  más sombría. Si hubiese sido terrible el triunfo del golpe de Estado en Turquía, no mucho menos terrible se anuncia ya su fracaso.
En apenas una semana el presidente Erdogan ha detenido o purgado a más de 40.000 funcionarios del Estado: oficiales del ejército, policías, jueces, docentes, periodistas. Ha declarado el estado de emergencia por tres meses -prorrogables al infinito- y ha suspendido la Convención Europea de Derechos Humanos, lo que podría dar paso -según ha insinuado ya el gobierno- al restablecimiento de la pena de muerte y viene a normalizar, en cualquier caso, la represión contra toda forma de oposición y, de manera particular, contra los gulenistas y los kurdos, convertidos una vez más, tras la reanudación hace un año de la confrontación militar, en el “enemigo interior”. En definitiva: para frenar o vengar un golpe de Estado, real y manipulado, Erdogan y su partido han dado a su vez un golpe de Estado. Sobre el golpe y sobre la figura de Erdogan recomiendo leer las crónicas de Andrés Mourenza, alejadas por igual del complotismo y de la complacencia. Ahora bien, sería un error interpretar esta deriva autoritaria como la locura de un megalómano y, menos aún, como el resultado inexorable -por fin desenmascarado- de la estrategia del islamismo político. Los recientes avatares turcos hay que inscribirlos al mismo tiempo en el nivel local, en el regional y en el global. En el local, inseparable de los otros dos, el golpe de Erdogan significa el restablecimiento del estatalismo nacionalista turco, provisionalmente suspendido o aliviado en los primeros años de gobierno del AKP. En términos regionales, significa el cierre definitivo del ciclo de cambios iniciado en 2011 y abortado en Siria con la militarización de la revolución y la intervención multinacional posterior. En cuanto a la dimensión global, el autoritarismo erdoganista se ajusta a  esa ola contra-revolucionaria -o de revolución negativa- que se extiende por todas partes y que no excluye ningún continente y ningún país. Veamos: El AKP llegó al poder en 2002 como una ruptura esperanzadora. Frente a una tradición laica autoritaria y golpista, propuso la democratización de Turquía a través de un islam moderado que reflejaba sobre todo el conservadurismo cultural de las clases populares más desfavorecidas y que, en cualquier caso, aceptó siempre y hasta reivindicó de manera muy explícita el carácter laico del Estado y, por supuesto, la economía de mercado. Un analista marxista como Emre Ongun escribe, por ejemplo, que “(el triunfo electoral del AKP en 2002) fue el signo, para una gran parte de la población, de una estabilización política, de un crecimiento económico fuerte, de la domesticación real del ejército e incluso, en los primeros tiempos, de una nueva esperanza de reforma liberal de la cuestión kurda”. En definitiva, el modelo del AKP y de Erdogan se presentaba como la única alternativa democrática autóctona a -simultáneamente- las dictaduras teocráticas y a las “laicas” en una región en la que la izquierda había sido largamente derrotada y en la que, frente a las tiranías locales, las intervenciones imperialistas y las respuestas yihadistas, parecía cerrada cualquier vía, por muy modesta que fuera, hacia el desarrollo económico, la ciudadanía y el Estado de Derecho. Cuando en 2011 estallaron las llamadas “revoluciones árabes” -que fueron también kurdas, amazigh, feministas y de clase- ese modelo se irguió del modo más natural como respuesta política a las demandas populares, completamente ajenas al islamismo y tan radicalmente económicas como institucionales. Es ese modelo el que se entierra hoy definitivamente mediante el golpe de Erdogan contra el golpe del 15 de julio. Conviene recordar, en efecto, que en 2011 comenzó en esta zona del mundo, consecuencia retrasada del “deshielo de la guerra fría”, una revolución democrática global que prolongaba los procesos iniciados en América Latina diez años antes y prolongada a su vez por el 15M en España, por Ocupy Wall-Street en EEUU, por Gezi en Turquía, por las protestas contra la austeridad en Grecia. En el “mundo árabe” esa revolución, que no era ni islamista ni de izquierdas, afrontó enseguida dos reacciones contra-revolucionarias que trataron de frenar, gestionar o neutralizar el impulso popular. Dos modelos se enfrentaron, en efecto, en Libia, Túnez y Egipto. De un lado el ya citado de Erdogan, quien abandonó su política de “intervención cero” y “buena vecindad” en favor de un intervencionismo neo-otomano, muy oportunista, orientado a apoyar a y apoyarse en los Hermanos Musulmanes y sus ramas locales a fin de extender su influencia en el marco geográfico de su viejo imperio. Frente a este modelo, uno mucho más reaccionario, el de Arabia Saudí, enemigo de la Hermandad y de Qatar, aliados de Turquía, se impuso finalmente a través, sobre todo, del golpe de Estado del general Al-Sisi en Egipto en julio de 2013. La única opción realista en el norte de Africa en 2012 era la de escoger entre Turquía y Arabia Saudí; y enseguida entre Erdogan y Al-Sisi: es decir, entre un islamismo democratizador y una dictadura “laica” apoyada, en realidad, por un islamismo retrógrado, teocrático y criminal. Aclaremos dos cosas. La primera es que estos dos modelos enfrentados entre sí estaban encabezados por países igualmente aliados de EEUU y de la UE; la segunda es que los EEUU y la UE, erráticos y en retirada, preferían sin duda el modelo turco -y negociaron sin problemas con los HH.MM.- y tuvieron que tragarse el golpe de Al-Sisi, y la victoria saudí, por puro pragmatismo geopolítico en una situación  -como insiste Wallerstein– de hegemonía debilitada. No había ninguna alternativa revolucionaria democrática anti-imperialista en 2012 y, resignado ya a que se me malinterprete, me atreveré a decir que hubiera sido bueno que, en ese momento y en esas circunstancias, el modelo turco, oportunista pero potencialmente más democrático, se hubiera impuesto al saudí como sustituto regional del fracasado imperialismo estadounidense. No había, digo, alternativa política revolucionaria, pero sí, en cambio, un tercer modelo contra-revolucionario, fuente de buena parte de los males de la zona: el de la dictadura siria, apoyada por Irán, Rusia y Hizbullah, cuyos crímenes atroces contra el pueblo sirio franquearon el paso al ISIS y enterraron definitivamente el ciclo de cambio abierto en Túnez con la inmolación de Mohamed Bouazizi. Frente a este tercer modelo, los otros dos -Arabia Saudí y Turquía- alcanzaron un acuerdo o una tregua que, camuflando el conflicto inter-sunní, alimentó la dimensión sectaria (sunníes contra chíies) de la contra-revolución en curso, extendida ahora a Bahrein y Yemen. Pero la dictadura siria, aliada de Turquía hasta mayo de 2011 y amiga imprescindible en la represión de los kurdos, se convirtió en la tumba de Erdogan y de su modelo “democrático”. Enfrentado a su propia “primavera árabe” en Gezi, viendo contestado en 2014 su poder electoral, la intervención de Erdogan en Siria, que él imaginaba como la fundación de un nuevo y triunfal liderazgo democrático neo-otomano, acabó metiéndolo en un callejón sin salida: la “amenaza” kurda desde Rujova lo llevó a interrumpir todas las negociaciones con el PKK y a financiar o tolerar distintos grupos yihadistas, incluido el ISIS, lo que a su vez abrió un doble frente de “lucha anti-terrorista” en Turquía, fuente y pretexto, como es habitual, de una deriva autoritaria que, en este caso, desembocó en el golpe del 15 de julio y en el contragolpe del 16, todavía en curso. El ‘cruce’ y retroalimentación entre los niveles local y regional, con la cuestión kurda en el centro, explica la derrota del modelo AKP y revela una vez más la volatilidad y promiscuidad de todas las alianzas geoestratégicas en la zona. EEUU, que hace cuatro años hubiera preferido el modelo contra-revolucionario turco y que se tragó el golpe de Estado de Al-Sisi financiado por Arabia Saudí, apoya militarmente a los kurdos del PYD sirio, hermanos siameses del PKK turco, y mantiene hoy una áspera relación con Erdogan, hasta el punto de que se hubiese “tragado” también, de buena gana, un golpe gülenista o kemalista contra el AKP. Al mismo tiempo, Washington se muestra cada vez más proclive a ceder también ante el tercer modelo contra-revolucionario, el ruso-iraní, con el que negocia una solución para Siria que, obviamente, no pasa por derrocar el régimen y promover la democracia. ¿Conclusión? Las dictaduras, los imperialismos, los yihadismos ganan. Los pueblos pierden. Todavía en 2013, entre Erdogan y Al-Sisi, parecía obvia la elección. Hoy ya no. Digamos que, para evitar el golpe de Al-Sisi, Erdogan ha escogido convertirse en Al-Sisi, arrojando el ‘modelo Erdogan’, trágicamente, al basurero de la Historia. De ese modelo sólo queda el islote tunecino, donde Rachid Al-Ghanoushi intenta ahora, en las condiciones más adversas, el camino que inició el AKP hace quince años: el de la democratización del conservadurismo social musulmán. No le saldrá bien. En todo caso, sería un grave error interpretar que, tras el 15 de julio, se ha impuesto en Turquía el islamismo sobre el laicismo, como si fuera ésta la alternativa en juego en la región y en el mundo. En Turquía se ha impuesto una vez más el estatalismo nacionalista del siglo XX y ello en el marco de una contra-revolución global (o revolución negativa) que está desmantelando muy deprisa las esperanzas nacidas en 2011. En un sector de la izquierda muy islamofóbico y, en general, religiosamente laico y mal informado, existe la tendencia a echar la culpa de todo a las “revoluciones árabes”, preñadas de yihadismo, porque no eran “socialistas” y porque fueron derrotadas. Pero tampoco el 15M era socialista y también fue parcialmente derrotado. Y lo mismo pasó en Gezi. Y en Ocupy Wall Street. Y también han sido derrotados el chavismo y el kirchnerismo y el lulismo; y hasta Sanders en EEUU en favor del radicalismo derechista de Clinton y Trump. En cinco años el retroceso ha sido brutal; tanto más brutal cuanto más parecía en 2011 que íbamos a emprender un gran salto adelante contra el neoliberalismo capitalista y en favor de la democracia global. La contrarrevolución política, como el Ser de Aristóteles, se dice de muchas maneras. Se dice PP en España, Le Pen en Francia, Erdogan en Turquía, Al-Sisi en Egipto, Al-Asad en Siria, PVV en Holanda, UKIP en Inglaterra, FPÖ en Austria, Macri en Argentina, Temer en Brasil etc. Sería un grave error considerar que la batalla es entre laicismo y religión. Es entre dictadura y democracia. Esa batalla la vamos perdiendo, igual que la lucha de clases y por las mismas razones, pero sustituir un esquema campista ideológico, ya periclitado sobre el terreno, por uno cultural igualmente inválido sólo servirá, como quiere la contra-revolución en marcha, para que aceptemos ceder derechos y libertades en nombre de alineamientos identitarios, culturales y tribales. El radicalismo derechista europeo puede adoptar una forma “laica” y “anti-terrorista”; el radicalismo derechista turco una forma “islámica” y “antikurda”. En ambos casos, es el conservadurismo social mayoritario el que legitima estas peligrosas derivas. Derechización institucional y populismo conservador van ganando terreno en todas partes y los enfrentamientos geoestratégicos, cada vez más volátiles y cruzados, no deberían engañarnos sobre lo que realmente está en juego. La tarea sigue siendo la misma que hace seis años, hoy quizás un poco más difícil: hay que democratizar el conservadurismo “laico” europeo, hay que democratizar el conservadurismo social musulmán. El contragolpe de Erdogan, que cierra el ciclo abierto en 2011, es una pésima noticia para todos los que, ateos, musulmanes o cristianos, luchamos en esa dirección. Texto: Santiago Alba Rico, filósofo.

23 jul. 2016

Política y comunicación

Hace alrededor de 15 años, uno de los más lúcidos intelectuales argentinos, Sergio Caletti, señalaba que una de las dificultades para pensar críticamente las vinculaciones y entrecruzamientos entre los fenómenos comunicacionales y políticos era la naturalidad misma de esos cruces aunada a la persistencia de una “concepción en última instancia técnica de la comunicación y la política” [1]; es decir, a la identificación de la comunicación con estrategias de producción y diseminación de mensajes y de la política con un aparato o maquinaria social y, por consiguiente, como institucionalidad regulada. 

A pesar de las muchas complejizaciones realizadas desde entonces, ese modo de pensar la comunicación y la política sigue hoy predominando. Esa persistencia se refleja en las numerosas producciones que se interrogan acerca del modo en que la comunicación –en términos de tecnologías y estrategias- afecta a la política en términos de actividad institucionalizada. Así proliferan los estudios que culpan a medios y tecnologías del deterioro de la política convertida en espectáculo o entretenimiento o, en las antípodas, los que auguran avances democratizadores y participativos gracias a las redes y la interactividad.
No es posible superar esas perspectivas restringidas y dicotómicas si se opera con concepciones instrumentales de la comunicación y la política. El horizonte se modifica, en cambio, cuando además de tener en cuenta las dimensiones institucionales de la política –sus organizaciones, sus momentos de deliberación y decisión-, la pensamos como esfera y práctica de la vida colectiva en la cual se diseñan y discuten los sentidos del orden social, es decir, los principios, valores y normas que regulan la vida en común y los proyectos de futuro. Y se modifica cuando, sin negar sus dimensiones operativas, pensamos la comunicación como esos complejos intercambios a través de los cuales los individuos y grupos sociales producimos significaciones en permanente tensión y confrontación. Es en ese tipo de nociones que se sostiene la sexta tesis de aquel texto de Caletti, que afirmaba que la comunicación constituye la condición de la política en un doble sentido: porque no puede pensarse el quehacer de la política como discusión de ideas sin actores que discutan, y porque no puede pensarse esa práctica en términos de construcción de proyectos de futuro sin la colectivización de intereses y propuestas.
Esa particular y necesaria articulación entre comunicación y política se produce hoy en un espacio público constituido tanto por lo que yo he llamado “la plaza”, es decir, los espacios tradicionales de agregación y acción colectiva –espacios que van adquiriendo nuevas formas con el paso del tiempo-, y “la platea”, es decir, las prácticas mediáticas que se sostienen en nuestra condición de públicos de medios y usuarios de tecnologías de información y comunicación [2]. Ese espacio público mediatizado es uno de los ámbitos principales donde se dirimen hoy las luchas por el poder político, las luchas por la conducción de la sociedad, que no son independientes del poder comunicativo-cultural, es decir de la posibilidad de construir ideas hegemónicas. Una posibilidad en la que intervienen decididamente los dispositivos técnicos que permiten la aparición y representación mediática de temas y actores. De ahí que John Thomspon postule que “la lucha por hacerse oír y ver (y de evitar que otros hagan lo mismo) no es un aspecto periférico de las conmociones sociales y políticas del mundo moderno; todo lo contrario -dice Thompson-, es su característica central” [3].
En nuestras sociedades latinoamericanas, que a pesar de la institucionalidad democrática están atravesadas por desigualdades y exclusiones notorias, esas luchas por hacerse ver y oír, que son luchas contra quienes buscan impedirlo, no son nuevas. Se expresaron históricamente tanto en la resistencia de los pueblos originarios como en las búsquedas culturales alternativas. Sin embargo, en lo que va de este siglo, varios países de nuestro continente han sido escenario de unos particulares esfuerzos por someter a discusión los sistemas de medios masivos y sus regulaciones legales, transformando los derechos a la comunicación en una de las problemáticas donde con más fuerza se expresan las luchas por el poder.
Puedo sostener esa afirmación en las confrontaciones que se vivieron y se viven aún hoy en Argentina en torno a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o a las que se han dado y se dan en otros países de la región, como Ecuador o Uruguay, en el mismo sentido. Esas confrontaciones se articularon en muchos casos con una larga tradición de medios populares, alternativos y comunitarios construidos desde la necesidad y vocación de recuperar la capacidad y legitimidad de expresarse, tanto para minorías excluidas pero también para las mayorías desposeídas de las condiciones necesarias para acceder a medios y tecnologías. En todos esos casos es posible reconstruir discursos y prácticas que identifican claramente intereses antagónicos y sus consecuentes justificaciones ideológicas: es decir, intereses encontrados que afirman o niegan la universalidad de los derechos a la comunicación. Y es ahí donde la articulación comunicación-política se revela con inédita potencia, socavando como nunca antes aquellas alardeadas nociones de independencia y objetividad de los medios que integran los sistemas masivos de comunicación.
Más allá de las características particulares de cada uno de nuestros países, la existencia de situaciones monopólicas u oligopólicas que lejos de disminuir se acrecientan con los procesos de desarrollo y convergencia tecnológica, produce efectos bien conocidos: agendas únicas, voces concentradas, insuficientes espacios para la expresión y representación de diferentes actores y sectores sociales y políticos. Pero además, esas empresas que buscan acaparar para sí los derechos a la comunicación que son del conjunto de la sociedad, no encubren ya sus motivaciones y estrategias en las luchas por el poder. De manera desembozada intervienen como un actor político que propone ideas y proyectos, que convoca a participar o a abstenerse de hacerlo, que denuncia o apaña a personajes políticos o empresariales, que promociona candidatos o los estigmatiza, que enjuicia a los movimientos sociales que confrontan el orden establecido, que juzga a la mismísima justicia aunque ella –en muchos de nuestros países- no sea precisamente aquella dama ecuánime con ojos vendados, sino un instrumento más de construcción de inequidad. Los casos del multimedio Clarín en el reciente proceso electoral argentino y el de la Red Globo en el proyecto destituyente que se gesta en Brasil, son ejemplos claros de este nuevo papel.
Sin embargo, no creo que sea adecuado afirmar que la política se “hace” hoy en los medios masivos de comunicación, cargando ese hacer de un contenido negativo o perverso. Históricamente, las construcciones políticas tuvieron dimensiones interactivas y recurrieron a medios expresivos. Siempre la política fue acción práctica y discursiva. Lo que hoy ocurre es que se han producido transformaciones que es necesario comprender para poder actuar sin complacencia pero sin melancolía. Por un lado, como ya señalé, el hecho de que prácticamente sin intermediaciones, sin velos, las corporaciones mediáticas han asumido su innegable participación en la construcción de democracias formales y excluyentes. Por otro, el hecho de que las instituciones políticas –pienso en los partidos, los poderes del Estado, las campañas y procesos electorales- se han transformado en el marco de lo que se ha dado en llamar “democracia demoscópica” [4]; un orden democrático donde la opinión pública mediática y las técnicas de medición y predicción de comportamientos sociales cobran peso decisivo en definiciones estratégicas y tácticas.
El cuestionamiento crítico de esa nueva matriz político-cultural no equivale a negarlo. Nada peor que las actitudes voluntaristas cuando lo que se pretende es intervenir en los conflictos por la hegemonía. Por eso, reconociendo que el sistema comunicativo es un actor más de las contiendas por el poder en nuestras sociedades, tenemos que atrevernos a asumir esa situación desde dos lugares complementarios y mutuamente necesarios: desde la búsqueda de regulaciones que atemperen la concentración mediática y aseguren condiciones más equitativas para la gestión de medios de comunicación y el acceso a tecnologías adecuadas para diferentes y plurales actores sociales; y a partir del desarrollo de prácticas organizativas y políticas que, sin negar la existencia de medios y tecnologías, definan renovados modos de instalar temas, agendas, líderes, proyectos, desde lógicas asociativas y culturales capaces de confrontar los cauces prefijados por quienes pretenden controlar las iniciativas emancipadoras.
En los tiempos que corren, ya no se trata sólo de contar con medios alternativos para que otras voces puedan escucharse y otros rostros puedan verse, sino de asumir que una de las nuevas y decisivas batallas es la de definir colectivamente cuál deseamos que sea el orden político-cultural de nuestras sociedades. Porque ciertamente no hay orden político nuevo sin un nuevo modo de comunicar, pero no es sólo un renovado modo de comunicar el que nos permitirá construir democracias con derechos plenos y modalidades genuinas de participación y representación. 
Notas
[1] “Siete tesis sobre comunicación y política”, en Diálogos de la Comunicación N° 63 (37-49). FELAFACS, Lima, 2001
[2] Nociones desarrolladas en “Entre la plaza y la platea”, en Schmucler H. y Mata,M. (Coord.), Política y comunicación. ¿Hay un lugar para la política en la cultura mediática? (pp. 61-76). Catálogos- UNC, Buenos Aires, 1995
[3] Los media y la modernidad, p. 398, Paidós, Barcelona, 1998.
[4] Ver Alain Minc, La borrachera democrática, el nuevo poder de la opinión pública, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1995
Texto: María Cristina Mata, investigadora y docente de comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba Argentina.  Recomendado: Manipulación mediática en la aldea global

El 'Sur' y la deuda externa (Parte III de III)

ADAPTANDO LA CRONOLOGÍA DE E. MANDEL


1. 1789-1848: Período de la revolución industrial, de las grandes revoluciones burguesas, de las guerras napoleónicas y de la constitución del mercado mundial de bienes manufacturados: fase “ascendente” de la onda: 1789-1825; fase de crecimiento lento: 1826-1848.
2. 1848-1893: Período del capitalismo industrial de “libre competencia” con una fase ascendente de 1848-1873 y una fase de crecimiento lento 1873-1893 (larga depresión del capitalismo de “libre competencia”).
3. 1893-1913: Apogeo del imperialismo clásico y del capital financiero. Es una fase ascendente con crecimiento fuerte.
4. 1914-1940: Período de declive del capitalismo, de la época de las guerras interimperialistas, de las revoluciones y de las contrarrevoluciones. Fase de crecimiento lento con crisis de amplitud muy grande.
5. A partir de 1940 en los Estados Unidos y en América Latina y tras la Segunda Guerra Mundial para Europa: fase de crecimiento fuerte en el marco de la tercera edad del capitalismo (capitalismo tardío en español) que sigue a las derrotas sufridas por el movimiento obrero en los años 1930. Esta fase de crecimiento fuerte (los “treinta gloriosos” según ciertos autores) acaba en los Estados Unidos a finales de los años 1960 y en Europa durante los años 1970. A partir del comienzo de los años 1980, se entra en una fase de crecimiento lento. La cuarta crisis de la deuda de América Latina (y más en general de los llamados países en desarrollo) comienza en 1982.
Según Michel Husson, “Desde la publicación del libro de Mandel, la economía mundial se ha transformado profundamente. Con el ascenso de los países llamados “emergentes”, se asiste a un verdadero “cambio radical del mundo” cuya medida se puede tomar con la ayuda de algunas cifras. Así, los países emergentes han realizado en 2012 la mitad de las exportaciones industriales mundiales, cuando su parte no era más que del 30% al comienzo de los años 1990. Desde el comienzo de los años 2000 el total de la progresión de la producción industrial a escala mundial ha sido realizada en los países emergentes. El capitalismo parece así encontrar un segundo aliento relocalizando la producción en países que registran ganancias de productividad importantes, y en los que el nivel de los salarios es muy bajo”.
“Razonar sobre los “viejos” países capitalistas o sobre el conjunto de la economía mundial ya no es lo mismo: el crecimiento de la producción (incluyendo de la producción industrial), las ganancias de productividad y el desarrollo de la clase asalariada están desde comienzos del siglo XXI en el Sur. Hay en esto más que una desincronización que se podría poner en la cuenta de factores específicos”.
“En definitiva, lo que es cierto para los viejos países capitalistas del Norte, a saber la incapacidad de poner en pie los fundamentos de una nueva “onda larga expansiva”, no parece aplicarse plenamente a toda una serie de países que reagrupan después de todo a una fracción significativa de la población mundial. Se podría, al límite, hablar de una onda larga expansiva en lo que les concierne. Que se trate de un modo de crecimiento que hace aumentar las desigualdades y bárbaro (que evoca por otra parte el auge de la Inglaterra del siglo XIX) es otra cuestión: el punto decisivo es que en los países concernidos, la acumulación del capital y el crecimiento del empleo asalariado dan pruebas de un dinamismo impresionante”.
Añado por mi parte que la fase de expansión fuerte de los países emergentes (con China a la cabeza) y de un número importante de países en desarrollo da signos de pérdida de energía o de agotamiento desde 2014-2015 mientras que las economías de los viejos países industrializados permanecen empantanada en la continuación de un crecimiento lento.
Una de las ideas que el presente artículo adelanta es que hay una relación estrecha entre las fases de expansión fuerte del capitalismo global y la acumulación de deudas en los países periféricos (y en este caso América Latina) estimuladas en particular por la voluntad de las economías capitalistas más fuertes de aumentar los flujos de capitales hacia la periferia (quiero precisar que hay que colocar ahora a China entre las economías capitalistas más fuertes). El giro de la fase de crecimiento fuerte desemboca generalmente en una crisis de la deuda en los países de la periferia, se podría decir sin exagerar que “provoca” una crisis de la deuda. En el período histórico actual, vivimos un período bisagra (sin crecimiento fuerte en las viejas economías capitalistas) que podría desembocar en una nueva crisis de la deuda de América Latina y de otros países periféricos (en África y en Asia), -los primeros en ser afectados serán los países que dependen en gran medida de la exportación de materias primas para reembolsar su deuda- añadiéndose a la de los países periféricos en el interior o en los márgenes de Europa (Grecia, Portugal, España, Irlanda, Chipre, Ucrania, otros países del exbloque del Este, etc.) o de la esfera de los Estados Unidos (Puerto Rico da el ejemplo).
Agradecimientos: El autor agradece a Brigitte Ponet, Damien Millet, Claude Quémar et Pierre Salama por su relectura y sus sugerencias. El autor es enteramente responsable de los eventuales errores contenidos en este trabajo. Texto: E. Toussaint. Traducción: Alberto Nadal. Ver: PARTE I
Autor: Eric Toussaint es maître de conférence en la Universidad de Lieja, es el portavoz de CADTM Internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Procès d’un homme exemplaire, Ediciones Al Dante, Marsella, 2013; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Es coautor junto con Damien Millet del libro AAA, Audit, Annulation, Autre politique, Le Seuil, París, 2012. Este último libro ha recibido el premio Prix du livre politique, otorgado por la Feria del libro político de Lieja. Ultimo livro : Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015. Es coordinador de las publicaciones Comisión de la Verdad Sobre la Deuda. Ver: Parte II y Parte I

20 jul. 2016

Las ayudas a la banca

Después del estallido de la crisis bancaria en 2007, los bancos centrales de los países más industrializados prestan masivamente a los bancos con tipos de interés muy bajos, con el fin de evitar quiebras. De este modo los grandes bancos se benefician de esta medida economizando sumas considerables en el pago de intereses.
La FED compra generosamente a los bancos estadounidenses productos estructurados hipotecarios; el BCE, hasta ahora, no compra estos productos pero acepta que los bancos europeos los depositen como colaterales, en otras palabras, como garantía de los préstamos que a su pedido les concederá.

Con respecto a los gobiernos, éstos aportan sus garantías e inyectan masivamente capitales para recapitalizar a los bancos. Los bancos sistémicos saben que, en caso de problemas, debido a su tamaño y del riesgo que presentaría la quiebra de cualquiera de ellos («too big to fail»), podrán contar siempre con el apoyo de sus Estados, que los reflotarán sin pestañear. Los gobiernos buscan préstamos en los mercados financieros al emitir títulos de la deuda pública soberana. Confían en la venta de esos títulos a los grandes bancos privados. Éstos se benefician, por otra parte, de la reducción de los impuestos sobre las ganancias. Además, en la zona euro, los bancos gozan del monopolio del crédito destinado al sector público. A partir de 2007, los gobiernos y los bancos centrales de los países occidentales más industrializados, hundidos en la mayor crisis económica desde los años 1930, dieron la prioridad absoluta al rescate de los bancos privados y al sistema financiero que los rodea (sociedades aseguradoras, fondos de inversiones, fondos de pensiones privados…) |1| El rescate bancario se ha realizado a expensas de la abrumadora mayoría de la población (el 99 %). Los poderes públicos hicieron de todo para mantener los principales privilegios de los bancos privados y para dejar intacto su poder. El coste del rescate ha sido enorme: explosión de la deuda pública, pérdida de recaudación fiscal, fuerte restricción a los préstamos a los particulares y a las pymes, continuación de las actividades especulativas y de alto riesgo que, en ciertos casos, necesitaron nuevos y costosos rescates.


Los generosos préstamos de los bancos centrales a los bancos privados

Desde el estallido de la crisis bancaria en 2007, los bancos centrales de los países más industrializados (BCE, Banco de Inglaterra, FED de Estados Unidos, Banco Nacional de Suiza, Banco de Japón) prestan generosamente a los bancos con unos tipos de interés muy bajos, con el fin de evitar quiebras. Sin esta línea de crédito ilimitado, una gran parte de los bancos habrían entrado en cesación de pagos, ya que las fuentes habituales de financiación se han secado, los préstamos interbancarios han desaparecido (ya que los bancos no confían entre sí), las ventas de obligaciones bancarias es muy floja, y los préstamos diarios asegurados por los money market funds son aleatorios. La suma total prestada desde los bancos centrales a los bancos privados, desde 2007, supera ampliamente los 2 billones de dólares. Como este maná del cielo se presta a un tipo de interés muy bajo permite a los grandes bancos que se beneficien al ahorrar sumas considerables en el pago de intereses. ¿Qué son los Money Market Funds? Los Money Market Funds (MMF) son sociedades financieras, en Estados Unidos y en Europa, con muy poco o ningún control ni reglamentos ya que no gozan de licencia bancaria. Forman parte del shadow banking, el banco en la sombra. En teoría, llevan a cabo una política prudente pero la realidad es muy diferente. El gobierno de Obama proyecta poner a punto una reglamentación ya que, en caso de quiebra de un MMF, hay un riesgo certero de tener que utilizar dinero público para su rescate. Esto provoca una gran preocupación, dado que los fondos que gestionan son considerables y que su margen de beneficio se redujo después de 2008. En 2012, los MMF estadounidenses gestionaban 2,7 billones de dólares de fondos, en comparación con los 3,8 billones de 2008. En tanto fondos de inversiones, los MMF recolectan los capitales de los inversores (bancos, fondos de pensión…). Este ahorro se presta rápidamente a muy corto plazo, a menudo en forma diaria, a bancos, empresas y Estados. En los años 2.000, la financiación por MMF se había convertido en un componente importante de la financiación a corto plazo de los bancos. Entre los principales fondos, se encuentra el Prime Money Market Fund, creado por el principal banco de Estados Unidos, el J.P.Morgan, que gestionaba, en 2012, 115.000 millones de dólares. El mismo año, el Wells Fargo, el 4º banco estadounidense, gestionaba un MMF de 24.000 millones de dólares. El Goldman Sachs, el 5º banco, controlaba un MMF de 25.000 millones de dólares. En el mercado de los MMF en euros, volvemos a encontrar a sociedades estadounidenses: el J.P.Morgan (18.000 millones de euros), el Black Rock (11.500 millones de euros, el Goldman Sachs (10.000 millones de euros), y europeos, principalmente el BNP Paribas (7.400 millones de euros) y el Deutsche Bank (11.300 millones de euros). Algunos MMF operan también con libras esterlinas. A pesar de que Michel Barnier, comisario a cargo de los mercados financieros, haya anunciado que quería reglamentar el sector, hasta ahora no se ha hecho nada. De nuevo, declaraciones de intención que no se concretan. |2|
La agencia de calificación Moody’s calculó que durante el período 2007-2008, 62 MMF tuvieron que ser rescatadas de la quiebra por los bancos o los fondos de pensión que las habían creado. Se trata de 36 MMF que operaban en Estados Unidos y de 26 en Europa, con un coste total de 12.100 millones de dólares. Entre 1980 y 2007, 146 MMF fueron rescatadas por sus promotores. En 2010-2011, siempre según Moody’s, 20 MMF fueron reflotadas. |3| Esto muestra hasta qué punto pueden poner en peligro la estabilidad del sistema financiero privado. Fuera de esas financiaciones directas, los bancos centrales utilizan otros medios para ayudar a los bancos privados. La FED, por ejemplo, compra masivamente productos estructurados hipotecarios (Mortgage Backed Securities) a los bancos estadounidenses. Entre 2008 y comienzos de 2014, compró estos productos por un valor de un poco más de 1,5 billones de dólares. |4| En 2012-2013, compró mensualmente a los bancos y a las agencias inmobiliarias |5| que garantizan los créditos hipotecarios por 40.000 millones de dólares estos productos considerablemente tóxicos, con el objetivo de aliviar esa carga. A fines de 2013, comenzó a reducir sus compras que se elevaban, en marzo de 2014, a 35.000 millones de dólares por mes. En octubre de 2014, la FED poseerá 1,7 billones de dólares de MBS, o sea, cerca del 21 % del volumen total de esos productos tóxicos. |6| ¡Una enormidad! El BCE no compra productos estructurados pero acepta que los bancos los depositen como colaterales, o sea, como garantía, de los préstamos que oportunamente les concederá. Durante el período 2010-2013, la cantidad de productos estructurados (ABS) depositados por los bancos en el BCE osciló entre 325.000 y 490.000 millones de euros. El BCE compra también obligaciones (covered bonds) emitidas por los bancos privados para su financiación. |7| Se trata de una ayuda muy importante del BCE a los bancos que se encuentran con grandes dificultades para financiarse mediante los mercados. Esta ayuda no se publicita en los medios. Desde el estallido de la crisis, el BCE compró covered bonds por 76.000 millones de euros, 22.000 millones en el mercado primario y 54.000 millones en el secundario. Hay que señalar que el BCE compró sobre todo covered bonds que tienen una mala calificación (BBB-), lo que quiere decir que las agencias de calificación no tenían confianza en la salud de los bancos que emitieron esos títulos. Con fecha de 18 de marzo de 2014, el BCE poseía 52.000 millones de euros de covered bonds de los bancos. Es un monto muy importante comparado con el volumen de emisiones de esas obligaciones. En 2013, sólo llegó a 166.000 millones de euros, con un descenso del 50 % con respecto a 2011. |8|
N. del T.: Las sumas de dinero se expresan en millones de…, teniendo en cuenta que 1 «milliard» es 1.000.000.000. (10^9) y en billones: 1 billón: 1.000.000.000.000 (10^12).
Texto: Éric Toussaint, profesor en la Universidad de Lieja, preside el CADTM Bélgica y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de libros como Bancocratie, Aden, 2014; Proceso a un hombre ejemplar, Editions Al Dante, Marseille, 2013; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria editorial, Barcelona, 2010.
Notas:
1| En Japón, el gobierno y el Banco Central hicieron lo mismo a partir del estallido de la burbuja inmobiliaria y de la crisis bancaria a comienzos de los años 1990. Véase Daniel Munevar «Décadas perdidas en Japón» en el libro de Damien Millet y Éric Toussaint, dirección., La deuda o la vida, capítulo xvi, Icaria editorial, Barcelona, 2011.
2| Financial Times, «EU shadow banking plan rapped», 26 de marzo de 2012; «MMF lose worth in low interest rate world», 10 de septiembre de 2012; «EU abandons reform on money market funds», 10 de marzo de 2014.
3| Financial Times, «20 money market funds rescued», 21 de octubre de 2013.
4| A fines de enero de 2014, el balance de la FED era superior a 4 billones de dólares: 2,228 billones en bonos del Tesoro y 1,586 billones en acreencias hipotecarias titulizadas (MBS).
5| Fannie Mae, Freddie Mac y Ginnie Mae.
6| Natixis, EcoHebdo, 25 de julio de 2014, N°29
7| El banco Natixis, que evidentemente como todos los bancos es muy favorable a estas compras, publica informes entusiastas sobre este asunto desde 2009. 
8| La emisión de covered bonds realizada por los bancos en 2013 fue la menor desde 1996. Comparada con la de 2011, descendió más de un 50 %. En 2011, la emisión de covered bonds llegó a los 370.000 millones de dólares, mientras que en 2013, representa solo 166.000 millones de dólares. Véase: Financial Times, «Europe covered bond issues slump», 27 de noviembre de 2013.