9 ene. 2016

La crisis del estado liberal (Parte III de III)

Desde el fin del mundo bipolar con la Unión Soviética y Estados Unidos compitiendo por una utópica supremacía global, la ausencia de un orden mundial ha consistido en un período permisivo para exacerbar nuevos desequilibrios y apetitos por expansión en distintos niveles. La coyuntura política internacional en torno a Ucrania, Crimea, Siria, Irán, Corea del Norte y, en los diferendos territoriales entre China y Japón, y China con Vietnam, es el resultado de ese fenómeno que refleja cierto grado de descomposición institucional en los órganos que contribuyen a mantener la convivencia internacional.

La estructura multilateral de la ONU no ha llenado el vacío y no es accidental que en cada caso estén involucrados China y Rusia, frente a un actor central que amenaza con desestabilizar los equilibrios como es la Alianza Transatlántica. Esto sucede principalmente por el peso monetario y político de las corporaciones transnacionales que en su mayor parte portan las banderas de los países de la OTAN, estandarte bélico del poder Transatlántico.
La actual tendencia de los equilibrios en política internacional está determinada por el diseño del capital transnacional. La idea es no facilitar el espacio económico fuera del circuito de la Alianza Transatlántica, a las naciones que impulsan sus propias corporaciones de alcance global como China, Rusia, India, Sudáfrica y Brasil y otras con desarrollo emergente y de alcance medio. Las inconclusas negociaciones en plataformas como la de Doha por 12 años y las dificultades de llevar adelante un clima apto para negociar con equidad y justicia y no de virtual chantaje por parte de los países más industrializados, -especialmente Estados Unidos, Canadá y la Europa comunitaria más desarrollada-, en la Organización Mundial de Comercio (OMC), le asestaron un golpe justo al corazón del modelo que es el libre intercambio. Se demostró que cuando se trata de racionalizar (colocar reglas en función de compartir y no de dominar) la noción de multilateralismo no se adapta al salvajismo que prevalece en el comercio.
La reunión de la OMC en la primera semana de Diciembre 2013, en Bali, Indonesia, ha generado expectativas porque era la primera vez que desde su fundación en 1995 se había llegado a un acuerdo multilateral de comercio en facilitar y transparentar procedimientos, apoyar el desarrollo y la seguridad alimentaria de los países más pobres, y reducir el proteccionismo en la exportación de productos. Sin embargo, con el correr de los meses este acuerdo es analizado como un triunfo de los países industrializados y cuestionado por expertos de países como India por invadir dominios de las grandes potencias productoras de alimentos.
Uno de los factores determinantes en el actual clima internacional proviene de la inversión extranjera y del poderío económico de las Corporaciones Transnacionales (CT) no financieras. Las cadenas de valor mundiales coordinadas por las CT no financieras, representan aproximadamente el 80% de lo que circula en el comercio mundial.
La mayor parte del capital circulando por el mundo se origina en estas corporaciones. Del centenar de CT con mayor volumen y alcance global, 80 de ellas declaran banderas en naciones de la Alianza Transatlántica. Jacques Maisonrouge, legendario presidente de la IBM, en 1974, en medio de una severa crisis económica mundial, afirmaba que las corporaciones globales necesitaban dialogar con una entidad compuesta por miembros de la fuerza laboral, el Gobierno y las compañías transnacionales y así enunciar nuevas reglas del juego. A partir del ajuste estructural que se implanta en la década siguiente, las reglas del juego demandaron desarrollar uniformidad de gobiernos para instalar una sola entidad económica mundial. Se abría la oportunidad para un orden político mundial más flexible del que plantea la gobernabilidad desde la perspectiva del estado-nación.
Es la época del liberalismo desatado para salvar al sistema de la crisis, con todo cojeaba de una pata: no había una ideología clara. En la década de los años 70, con el fin de la guerra en Vietnam, surge con más fuerza en el sector corporativo de EEUU la idea de legitimar un sistema único de gobierno utilizando la doctrina de los derechos humanos como el bastión ideológico detrás del libre mercado. (1)
Por ese camino se generaron dos problemas. Primero, el concepto de libertad (capitalista) opera con mayor eficacia cuando no existen desigualdades económicas significativas. El segundo consiste en que al colocar a la corporación transnacional por sobre la identidad nacional, la protección a los derechos humanos y la libertad ha sido un instrumento que tiende a privilegiar a los países que han sido siempre más poderosos, particularmente las naciones con tradición colonialista. Identidades, culturas, nacionalidades, raíces, tradiciones, forman la retaguardia o desaparecen en la carrera desenfrenada por la máxima rentabilidad del capital sin fronteras.
En este plano de instalación de una idea de gobiernos alineados con el capital transnacional, los derechos humanos se usan como otra “tecnología” al servicio del poder. En la apariencia, el sistema político democrático que se propaga con los Derechos Humanos como centro, se presenta como abierto, pero en el fondo es el autoritarismo del gran capital corporativo que incita a violaciones de derechos humanos que no están tipificadas y que tienen que ver con identidades, culturas, nacionalidades, raíces, tradiciones.
Si hay mercado libre, hay gobernabilidad, si no lo hay, es el camino a la insurgencia. Esta fórmula simple de concebir el poder es deliberada, porque el sistema vigente no ofrece otra alternativa y cuando hay protesta cierra filas en el autoritarismo o en la tendencia creciente a "secuestrar" el sistema político del estado liberal. Después de 30 años de ajuste económico global permanente sin distribución, ni de ingreso, ni de poder político, el desajuste político que amenaza a la estabilidad de los estados, no solo está vulnerando el sistema global sino también a la potencia hegemónica que lo ha sustentado: Estados Unidos y sus aliados. Texto: J. F.Coloane. Fin de parte III de III. Ver también: 'Parte II'.
Nota:(1) Desde la existencia de la Unión Soviética y el llamado campo socialista bajo su influencia, invocar el respeto a los derechos humanos ha sido para la Alianza Transatlántica un instrumento de perforación de sistemas políticos autónomos, o de los países que no están bajo su influencia. No se aplica a los países que están bajo la influencia de esta alianza, como las monarquías del golfo pérsico, o naciones aliadas del África, Asia y América Latina que violan permanentemente los derechos humanos.

4 ene. 2016

La crisis del estado liberal (Parte II de III)

Al observar las características actuales de los sistemas políticos y los partidos políticos, nos encontramos con el dilema de fondo del estado liberal en las actuales condiciones del sistema económico, que se encapsula a veces con el fenómeno más general de la globalización. Es la realidad de un sistema económico en búsqueda de un nuevo sistema político porque el actual ya no le sirve.

Los refererendos realizados en Francia y los Países Bajos en 2005 rechazando esa constitución única han sido indicadores emblemáticos de la crisis del estado liberal en el corazón territorial del liberalismo. Diversas expresiones políticas en Europa como la dificultad de realizar referéndums para asentar la constitución única europea, así como la ola de conservadurismo y el fortalecimiento de la extrema derecha en las últimas elecciones en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Dinamarca, ilustran la falta de sincronía entre sistema económico y sistema político.
En Estados Unidos el avance de la extrema derecha se ha hecho sentir en las dificultades que ha tenido Barack Obama para desarrollar su programa de reformas social demócratas, para muchos más inocuas que “en la medida de lo posible”. Todo da cuenta de un sistema político que se embotella y no está dando cuenta de la diversidad de posiciones que enfrenta el sistema económico.
El caso de Chile también es significativo porque siendo un alumno privilegiado de las medidas del ajuste estructural de los años 80 y con una trayectoria de 30 años de implementarlas, exhibe un sistema político de representatividad cuestionado e incapaz de abordar las reformas al modelo que los movimientos sociales exigieron en 2011 y 2012. En un círculo vicioso digno de una manual de sociología de la frustración, en Chile la derecha y el conservadurismo durante casi la totalidad de los 25 años post dictadura, han gobernado a través de una social democracia condicionada por el peso del gran capital transnacional y sus inversiones.
El actual gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, apoyado por una nueva coalición de centro izquierda llamada Nueva Mayoría, sufre también los embates de esa ola ultraconservadora que surge justamente cuando el estado liberal entra en etapas de mayor crisis. Sucedió en la década de 1970 y se prolongó hasta década siguiente que es cuando se aplica el ajuste económico que tenía como propósito, no solo el libre mercado desatado, sino la virtual destrucción de la política y su sustento mayor, que es la legitimidad del estado como el único gran mediador.
Es en la ola conservadora donde se refugia el gran capital en la actual crisis del estado liberal. Se sostiene sobre los sistemas rígidos de reproducción de liderazgo y que permanecen protegidos al cambio mostrando facetas de confrontación y división que se confunde con debate y democracia. La crisis revitaliza las doctrinas conservadoras que recurre a los remanentes de la guerra fría donde prevalece la cultura del control y la desconfianza para dominar, con el uso de redes que se superponen a las personas que eligen representantes. Más que redes, se trata de infiltrar las bases de la ciudadanía, en sus niveles más básicos de autonomía política para someterse al dictamen de los órganos del poder, entre ellos, los partidos políticos dominados por el gran capital. No hay mucho de misterio en esto y la tonada es monótona.
La estructura de los partidos políticos consolidada en la era pos segunda guerra mundial y orientada a defender el gran capital, ha conformado estancos rígidos de poder con partidos blindados absorbiendo todo el clima de la confrontación. Se benefician partidos cuyos objetivos consisten en acceder a cuotas de poder y mantenerse en un sistema corporativo del poder político, económico y militar, formando el sistema mayor que se expresa en el gobierno y el estado. Charles Wright Mills, lo describe magistralmente en un clásico, La Elite del Poder (The Power Elite. 1956), apoyo sociológico indispensable y que al parecer desapareció de las lecturas regulares en el estudio de la política.
Los sistemas políticos y de partidos en este escenario de poder corporativo, ven reducidas las posibilidades de representatividad efectiva y real en el sentido de no poder expresar la diversidad de necesidades en una población cada vez más multifacética y con intereses más complejos. La ausencia de un sistema político más horizontal y participativo que lo sustente, es en el fondo la ventaja del actual sistema económico, porque con horizontalidad pierde eficacia y en donde la representatividad solo puede aplicarse con verticalidad.
Una matriz analítica más amplia se hace cada vez más necesaria y bien por Thomas Piketty, el economista que ha denunciado la desigualdad histórica como ninguno otro. Qué mejor oportunidad para introducir la crisis política del estado liberal en el debate en una perspectiva más masiva. Para que los detentores del actual modelo que sofoca palpen la amenaza real y no solo en la abstracción del análisis o, en el peor de los casos, en un sistema político que ya no presta los servicios requeridos. No es solo la cooptación del sistema político, es más que eso. Es el fracaso del estado liberal frente a ese gigantesco mundo corporativo del gran capital cooptando las pocas garantías que ofrece de justicia social. Texto: Juan F. Coloane. Ver también: La crisis del estado liberal (Parte I de III)

2 ene. 2016

La crisis del estado liberal (Parte I de III)

En las últimas tres décadas, desde las bases del estado liberal, principalmente aquellas que fortalecen la independencia de los poderes del estado y la justicia social, no ha sido posible sustentar políticamente el sistema económico impuesto en la década de 1980 y su instrumento central: ajuste estructural con acento en la privatización, la desregulación y apertura indiscriminada del mercado global.

Todo llevado a cabo además con cierto desenfreno, como si el mundo se fuera a acabar. Por esa ruta se llegó a liquidar los pactos sociales que generaron el llamado estado de bienestar haciendo aumentar la desigualdad, uno de los objetos de análisis del popular libro de Thomas Piketty (TP) “El Capitalismo del Siglo XXI”.
Desde John Maynard Keynes y posteriormente Joseph A. Schumpeter, que no aparecía un economista difundido con tanto entusiasmo por los medios. Su asunto es la desigualdad producida por la acumulación de capital como fenómeno histórico que se arrastra por varios siglos. No solo aborda el rasgo primordial de esa acumulación, sino que atisba la desigualdad política que pareciera ser irreversible, al menos se transforme el actual modelo económico. Tanto Keynes como Schumpeter tuvieron impacto en las políticas públicas, y en el caso de Piketty no debería ser diferente, en teoría.
Una conclusión es que el capitalismo se ha fatigado de la desigualdad que ha producido, gestando al mismo tiempo una crisis política que le cuesta administrar. El libro ha generado una corriente de detractores en la corriente más conservadora y no escasean desde la izquierda los que observan un filo aséptico en la ideología de su discurso. Todo eso está bien porque reabre el debate del futuro destino del capitalismo sin una institucionalidad política o de entidades fuera del circuito del capital, que lo pueda sustentar. En breve, la crisis del estado liberal que siempre se escurre en el debate.
Esta formidable obra de historia económica que se populariza con la velocidad de un rayo es la oportunidad para afirmar aquel aspecto clave de un sistema económico que se quedó sin un sistema político que lo legitime y que no sea con formas coercitivas o autoritarias que nacen en la economía y se insertan en los mecanismos para gobernar bajo la apariencia de una democracia.
El marco de relaciones impuesto por el ajuste económico estructural de la década de 1980 ha sido concentrador de poder y de riqueza y al mismo tiempo ha levantado un temor a la pérdida del orden y la fragmentación de opciones políticas. Al ampliarse el rango de representatividad con el pluralismo político creado con la modernización, el modelo de una estructura de libre mercado desatado y rector de opciones políticas, en definitiva ha acabado por amenazar a la política en el sentido liberal. De allí la ola de conservadurismo que asola a Europa y otras zonas del globo.
El tema central del dilema del estado liberal con el actual sistema económico, es su inclinación de concebir la democracia con altos grados de calidad en la representatividad. Entiéndase por calidad, la aceptación de altos grados de tolerancia al pluralismo, a la solidaridad y a la igualdad de derechos y obligaciones. El sistema político liberal ha evolucionado hasta un punto en que el sistema económico implantado en los años 80 e impuesto a espaldas del desarrollo de mayor libertad y solidaridad, se ve retrógrado y señala una involución del propio sistema capitalista.
De allí que surja la necesidad de gobernar a través de grandes consensos o pactos, no entre estado y sociedad, sino entre competidores por el poder político para proteger la falta de sincronía entre sistema económico y sistema político. Es aquí donde yace el problema mayor que consiste en que el sistema económico impuesto socava las bases mismas del estado liberal.
Es importante anotar que el trabajo del economista francés hacer recordar la tradición analítica de economistas indios como Kkrishna Bharadwaj, Sukhamoy Chacravarty, Amiya Kumar Bagchi, por mencionar algunos nombres en una sana tradición en India de revisar constantemente las perspectivas del capitalismo. La diferencia entre TP y los analistas Indios consiste en que éstos no solo abordan materias económicas desde la Economía Política, sino que lo hacen con la mirada puesta en la sustentabilidad política a partir de la naturaleza y la trasformación del estado, como principal garante (político) de la mantención de un sistema.
Pero ojo, el caso de India es emblemático. A pesar de la vasta influencia del progresismo analítico por más de cinco décadas en las políticas de desarrollo en India, esta inmensa nación también ha caído en la ola conservadora. Al elegir recientemente a Narendra Modi como jefe de estado, representando una coalición que invoca un nacionalismo hindú exacerbado y un reduccionismo sectario en la imposición de ciertos valores, indica que algo pasó en India en el desarrollo de las ideas progresistas que al asumir el control del estado tampoco han podido administrar las demandas sociales.
El desafío en el análisis de Thomas Piketty no está en cuestionar los supuestos errores de cálculo en la desigualdad histórica que le atribuyen, sino en posicionar la crisis del estado liberal con todas sus letras sin la ambigüedad analítica que ha prevalecido hasta ahora. En general, la crisis política del estado liberal se analiza a retazos y no en forma integral en concomitancia con la aplicación del llamado modelo neoliberal en los años 80, que de liberal tiene muy poco. Texto: J. Fco. Coloane. Ver: '''PARTE 3'''  &  '''PARTE 2'''.