24 jun. 2015

El chiste y la realidad (Parte II de II)

2. La realidad

Lo malo no son los chistes negros, ni siquiera los chistes de mal gusto y ni siquiera los chistes malos. Lo malo es haber convertido la realidad en un chiste negro de mal gusto y muy malo. Y yo diría que eso es lo que hacen a diario los políticos y los periódicos que hoy están clamando tan rabiosamente contra Guillermo Zapata. Lo más repugnante de todo cuanto se ha publicado, como es habitual, es el editorial de El País, ‘Fuera de contexto’, en el que se alinea a Zapata con las SS nazis y el fascismo juvenil. Es curioso, realmente los derroteros por los que transita la facultad de juzgar son misteriosos. Yo veo todo exactamente al revés. Conozco a Guillermo Zapata: es un luchador antirracista y antifascista incansable de esos a los que se tilda siempre de antisistema. Se suele llamar así, en efecto, a los que han decidido luchar con todas sus fuerzas contra un sistema económico que, en palabras del relator de la ONU, Jean Ziegler, consiste en un permanente genocidio estructural que se reproduce a diario ante la conciencia indiferente de nuestra trivial cotidianeidad. Periódicos como El País o El Mundo son los guardianes de esa abyecta normalidad.

El sistema económico internacional, al que se enfrentan los movimientos antiglobalización de los que proviene Guillermo Zapata, funciona ya, de forma muy eficaz, como una verdadera “solución final” para los que han tenido la mala suerte racial o histórica de nacer al otro lado de las vallas de Melilla (y no porque aquí dentro haya por contraste un paraíso). Como ya he dicho otras veces, nuestro mundo se ha convertido en una especie de Auschwitz al revés. En lugar de encerrar en campos de concentración a la población a exterminar, actualmente, para conservar incólumes nuestros privilegios económicos, raciales o históricos, nos sale mucho más barato y rentable encerrarnos a nosotros mismos en unos cuantos resorts vacacionales, rodearlos bien de púas, cuchillas y alambradas y dejar al sistema económico internacional hacer de cámara de gas en el exterior. Decía Eduardo Galeano: “Ningún juez podría mandar a la cárcel a un sistema mundial que impunemente mata por hambre, pero ese crimen es un crimen, aunque se cometa como si fuera la cosa más normal del mundo”. Y todo ese ejército de periodistas que trabajan en unos periódicos que están financiados por intereses económicos de los que sostienen este sistema, son, a mi entender, puestos a hacer comparaciones como la del editorial de El País, los nuevos nazis de nuestro tiempo. Porque, ¡ay, qué fácil es estar contra los nazis derrotados y qué difícil estar contra los victoriosos! Qué fácil, en verdad, estar en contra de Hitler, ahora que Hitler es Hitler. Porque hubo un tiempo que no era Hitler, el Hitler que hoy nos representamos, sino algo muy cotidiano y normal para gran parte de la población alemana. Algo así como para los once millones de votantes del PP es Aznar, algo de lo más normal. Aznar declaró la guerra a Irak apelando a las armas de destrucción masiva. Luego resultó que no había armas de destrucción masiva. Hasta aquí, todo normal. Lo que pasa es que luego se supo que siempre se había sabido que no había armas de destrucción masiva. Da igual. Aznar declaró: “el mundo es un lugar mejor sin Sadam Hussein”. Y once millones de personas le volvieron a votar y actualmente siguen votando a su partido. Mientras tanto, el mundo es un lugar mejor, sobre el cadáver de más de un millón de muertos en un Irak que, como ya se pronosticó, “ha sido devuelto a la Edad Media”.
Esto es sólo un ejemplo. Pero yo tendría en cuenta este tipo de ejemplos a la hora de identificar dónde andan nuestros nazis por ahí. Nuestros nazis no son los que llevan cruces gamadas en la solapa. Esos son unos chiflados que imitan a los nazis de antes. Pero los nazis de antes no imitaban a los nazis, eran nazis. Los nazis de ahora no imitan a los nazis, son nazis. No llevan cruces gamadas, ni aguiluchos en la correa de su perro. No tienen el menor aspecto de nazis. Ni siquiera se llaman nazis. Pero hacen exactamente lo mismo que ellos. Con tal de defender un coágulo genético privilegiado llamado raza aria, la población alemana cohabitó con mucha banalidad con los campos de exterminio. Para defender un coágulo histórico de privilegios, cohabitamos todos los días con un genocidio estructural global. Afortunadamente, hay muchos Guillermos Zapatas combatiendo este nuevo racismo de nuestro tiempo. Pero también hay muchos periodistas encargados de su normalización. Las cámaras de gas nazis no funcionaban solas. Contaron con el apoyo de gente que se consideraba a sí misma muy normal. Eran los tiempos en que los nazis no parecían nazis. Este sistema económico criminal y ecológicamente suicida tampoco se sostiene solo. Y nuestros nazis, tampoco parecen nazis. Texto: Carlos Fernández Liria. Ver: Parte 1

El chiste y la realidad (Parte I de II)

1. El chiste

Nos contaba Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, que, a principios de los años noventa, durante los peores momentos del periodo especial, no hubo chistes en Cuba. Ese fue el síntoma más grave de que había motivos para temerse lo peor. Y de pronto, un buen día, sin que nada hubiese cambiado ni para nada se hubiese aliviado la tragedia, alguien le contó un chiste. Era un chiste sobre el periodo especial y sus miserias, un chiste negro y cruel. Y él pensó para sus adentros, aliviado: “¡nos salvamos, muchacho!”
Los chistes son obras sin autor, siempre van entrecomilladas; de lo contrario, no funcionan. Nadie sabe quién hace los chistes, y si se sabe, tampoco funcionan. En realidad, los chistes son una cosa muy enigmática y muy seria, digna de muy profundas reflexiones. Kant y Freud, por ejemplo, dedicaron mucha atención al asunto de los chistes. Y, sin embargo, al leerlos, uno tiene la sensación de que se quedan cortos, de que no hacen del todo justicia al enigma del chiste, aunque lo que digan sea, sin duda, muy interesante. Kant mantiene que el secreto del chiste consiste en despertar una tensión creciente que, de improviso, se resuelve en nada. El chiste roza los límites de lo intolerable y, de pronto, estalla como una pompa de jabón. El chiste es un mensaje que se destruye a sí mismo por el camino más inesperado. Por eso puede existir el humor negro y, por eso, el humor negro limpia más que ensucia. 

Freud dedicó al tema largas reflexiones impresionantes. El chiste nos arroja a un abismo ignoto e ingobernable, el chiste conecta con el inconsciente. Pero lo hace con una astucia milagrosa, por la que logramos controlar lo incontrolable. El chiste abre una rendija y, de pronto, por un instante, toda la agresividad, la obscenidad y el absurdo en el que consistimos, puede salir a la luz. Se nos permite, por un momento, ser lo que somos, es decir, inmundas sabandijas. El chiste nos recuerda, así, que somos criaturas pequeñas, mezquinas, sádicas, ridículas y, en general, abyectas. Pero el chiste nos recuerda, también, que no tenemos derecho a serlo, que solo se nos permite ser eso por un instante, en el curso de una carcajada. Todo lo contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en las guerras. En la antigua Yugoslavia, un día sonó un silbato y, de la noche a la mañana, ante los ojos estupefactos de toda Europa, la gente empezó a matar, torturar y violar a sus vecinos, a aquellos mismos vecinos con los que había jugado a la pelota de pequeño y con los que el día anterior había compartido una boda, un baile o el cumpleaños de sus niños. Leí una noticia una vez que contaba que unos vecinos le habían arrancado el hígado a un niño y se lo habían obligado a comer a su abuelo. La violación de mujeres, en muchas ocasiones bajo torturas inimaginables, fue una práctica generalizada. De la noche a la mañana, el pueblo, la calle, el barrio en el que siempre habías vivido con normalidad, se había convertido en el escenario de un horror sin límites, protagonizado por personas que no eran zombis o extraterrestres; eran el tendero de la esquina, el secretario del ayuntamiento, el vecino del quinto (hay que decir que el protagonismo masculino era, desde luego, aplastante y por algo será).
Es una insensatez pensar que, en el fondo, no somos eso, o que, nosotros, nunca podríamos llegar a ser eso. Como suele decir Jorge Alemán, Freud nos trajo muy “malas noticias”: sí somos, en algún sentido, eso y sí podemos, en otros sentidos, llegar a serlo. Eso no quiere decir que sea inevitable. Pero es una inmensa irresponsabilidad no ser conscientes de que estamos habitados por eso que se suele llamar “pulsión de muerte”. Muy al contrario, conviene tenerlo muy presente, precisamente, para no sucumbir a esos poderes obscenos, ignotos e ingobernables. En condiciones normales, más o menos, lo conseguimos. Y en condiciones anormales, incluso en las guerras más horrendas, hay muchas personas que también lo consiguen. No es imposible. No conviene ignorar que quizás llevemos un Jack el Destripador en el alma, pero no hay por qué pasar a comportarse como él.
Los chistes -incluso cuando son malos- son, en este sentido, muy terapéuticos. En un relámpago, nos hacen vislumbrar todo lo que en nosotros hay de imprevisible, absurdo, ridículo, obsceno o potencialmente criminal. A la pregunta de qué es lo que nos hace reír, Freud respondía que era el placer lúdico que se experimenta al escapar de las exigencias de la lógica y de la realidad. Como en las guerras, sí, pero sólo por un instante y sin traspasar los límites hacia la realidad. Gracias al chiste nos hacemos más conscientes de los límites de lo intolerable, pero, además, con plena consciencia de que lo intolerable también nos traspasa a nosotros mismos, que nosotros mismos también somos y podemos llegar a ser intolerables. Es todo lo contrario de lo que se ha repetido estos días: el chiste no suele ser una banalización del mal, por el contrario, es una manera de tomártelo muy en serio sin necesidad de hacerte un psicoanálisis de trece o catorce años.
El chiste es un misterio insondable porque es un contacto fugaz con lo más insondable que hay en nosotros mismos. Por eso, por muy geniales que sean las reflexiones de Kant o de Freud, siempre saben a poco. El chiste siempre será un misterio. No así para los periodistas de este país. Ellos lo han aprendido todo en una tertulia y saben perfectamente delimitar lo que es un chiste, marcar las fronteras de lo tolerable, fiscalizar el humor, incluso llevarlo a los tribunales. No se había emprendido una cruzada semejante desde la revolución cultural china, cuando los muros se llenaron de denuncias acusando a los vecinos de practicar felaciones en su vida matrimonial, guardar dinero en una hucha o prácticas semejantes caracterizables de políticamente incorrectas según las recetas antipequeñoburguesas del libro rojo de Mao.
Un cargo de Podemos que prefiere permanecer en el anonimato -no vaya a ser que algún periodista erudito le malentienda y le haga dimitir-, me decía ayer que los chistes son “la investigación trascendental sobre los límites de la sociedad en la que vivimos”. Es una definición muy kantiana, en efecto, que considero totalmente correcta. Kant se ocupó de ese asunto en la Crítica del Juicio. Esta obra trata de la razón en tanto que facultad que investiga y reflexiona. Es preciso explorar los contornos de este mundo en el que habitamos lingüísticamente y, para eso, es preciso, ante todo, jugar con lo que se puede decir y lo que no se puede decir, poner a prueba lo que se soporta y no se soporta en el discurso que consideramos común, recorrer los espacios en los que nos entendemos y dejamos de entendernos. Esta investigación no la puede hacer ningún experto, no la puede hacer el científico, ni el filósofo, la tiene que hacer el pueblo. Sólo la puede hacer el pueblo porque es el pueblo el que habla. Y el chiste es la herramienta más vieja y más imprescindible para esta investigación. Cuando contamos un chiste, siempre de alguna manera, estamos jugando con fuego, porque estamos haciendo una investigación sobre los límites que soportan los que nos están escuchando. El chiste, digámoslo, tiene una función “trascendental”. No puede caer en manos de científicos, ni de filósofos, pero mucho menos de periodistas y tertulianos. No es que no haya, por supuesto, chistes muy malos o de muy mal gusto. No es extraño, porque el mundo está lleno de gentuza, quién va a negarlo. Pero empezar a adoctrinar sobre los chistes es accionar un mecanismo de consecuencias siempre imprevisibles, una suerte de totalitarismo trascendental que interfiere en lo que es más exclusivamente propiedad indiscutible del pueblo: la palabra común. Los experimentos históricos en los que se ha ensayado ir por ese camino han dado resultados estremecedores, desde la revolución cultural china hasta el atentado de Charlie Hebdo. La cruzada totalitaria que han emprendido algunos periodistas de este país no augura nada bueno. Texto: C. Fernández Ll. Ver: Parte II


23 jun. 2015

Cárcel, palo y multa

Todas las opiniones son válidas siempre que no se utilice la violencia pero opina como yo y nos evitamos problemas. Podemos tener diferentes formas de concebir la organización de Estado porque todo cabe en democracia, ahora que sepas que la Constitución la interpreto yo como a mí y a mi Tribunal Constitucional nos apetece, que como tal es inamovible y de obligado cumplimiento, en virtud de lo cual vacío de contenido el Estatuto aprobado en referéndum legal por el pueblo catalán. El ordenamiento vigente te permite no ir a misa, que no seas creyente, incluso que no tengas un retrato de María Santísima en el comedor de casa, pero la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero y la religión católica, que es la única cierta, va indivisiblemente unida al nombre de España, la tradición y nuestro ser. Y no es que yo quiera imponer nada, hay libertad de prensa, siempre podrás formar tu opinión cambiando de canal, de la tres, a la cinco, a la uno, la sexta o la TDT, de El País, que al final ha entrado en vereda –teníamos infiltrados muy poderosos desde el principio-, al muy democrático ABC, La Razón, La Vanguardia, El Correo o El Mundo. Ningún país tiene tantas posibilidades de elección, tanta diversidad a la hora de formar opinión, de informar a los ciudadanos o de ofrecer una crítica creíble.

Desde luego, los principios que informaron la democracia partieron principalmente de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad, y te puedes acoger a ellos, cantar la Marsellesa no está prohibido, al menos de momento, pero la Ley Natural, hija de la Divina Norma, nos ha llevado a la modernidad y de los tres principios fundacionales de aquel movimiento sedicioso nosotros preferimos el cuarto, Propiedad, que también estaba en el ideario de aquellos burgueses franceses. Propiedad sí, porque la propiedad demuestra la valía de las personas, la valía de una persona es tanto mayor cuanto mayores son sus propiedades y mayor su capacidad para seguir acreciéndolas. Ahí está el verdadero valor de la democracia y ahí entramos nosotros, la propiedad es sagrada y por tanto hemos de poner los medios legales para que aquellos que valen tengan cada vez más porque sólo ellos saben aquilatarla, administrarla y disfrutarla. Quien nunca ha sido propietario o lo es sólo de una vivienda, no sabe el sacrificio que supone ser dueño de cientos de inmuebles y miles de hectáreas, para eso hay que nacer, de ahí que prestemos todo nuestro apoyo democrático a esos grandes emprendedores que todo lo dan por España, de ahí que hagamos lo posible para que sus cargas fiscales sean las adecuadas a su aportación al bien común. Derecho a la Educación, por supuesto, todos los niños deben acudir al colegio para ser formados de acuerdo con nuestra sacrosanta tradición para ser hombres provechosos el día de mañana, quién quiera enseñanza pública, laica y de calidad, que se la pague, no ponemos ninguna traba a esas apetencias desmesuradas, allá cada cual con su conciencia, pero si las enseñanzas perniciosas de la educación racionalista, librepensadora y laica perjudican el normal desarrollo del escolar, podremos intervenir de dos maneras, una, mediante la vía policial; otra, mediante el método del suspenso reiterado que conduce a la exclusión tan querida por ustedes, pues no es otra cosa la que buscan cuando hablan una y otra vez de enseñanza igualitaria. En cualquier caso, la democracia nos ha dado legitimidad para traspasar los dineros destinados a la Enseñanza Pública a la confesional.

¿Qué decirles de la Memoria Histórica? Bueno, en principio toda memoria es histórica porque la memoria siempre se refiere al pasado y éste normalmente es histórico, sobre todo si hablamos de 1939, cuando quedó cautivo y desarmado el ejército rojo. Pero ya sé, ustedes se refieren a esa ley guerracivilista e incitadora al odio que ideó Zapatero y otros masones para reabrir heridas. Y eso no, eso sí que no, los muertos están bien dónde están, unos en mausoleos, otros en panteones más humildes, otros en nichos, y a otros les ha tocado reposar eternamente en una cuneta o a la sombra de la tapia de un cementerio. ¿No querrán que los exhumemos ahora y les demos tierra sagrada siendo ateos como eran? Además, muchos familiares de los rojos se han interesado por ello sólo cuando han visto que había dinero fresco, que podían pillar cacho y tajada, y de eso nada monada; la tajada es para quien la trabaja y nosotros llevamos mucho tiempo en el sector como para que venga ahora alguien a pedir Justicia. Franco nos salvó del comunismo y de la masonería, hizo pantanos y escribió el guión de Raza. Era un español de verdad y un intelectual que escribió poemas a la Virgen del Pilar que no quería ser francesa. En todo momento, léalo usted aquí, en esta moneda: “Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios”, el generalísimo fue guiado por la Providencia en su acción de gobierno, no hay espada más limpia en toda la Cristiandad, ¿vamos nosotros, patriotas de camisa vieja, herederos de aquél régimen glorioso, a condenar a ese santo, a ese varón inimitable, a ese militar único en sede parlamentaria? ¿Vamos a honrar a quienes murieron por oponerse a su voluntad que es tanto como oponerse a la del mismísimo Creador? Por supuesto que no. Somos franquistas porque en el creemos y a él nos debemos, pero también somos demócratas porque el pueblo nos ha votado sabiendo lo que íbamos a hacer, y lo estamos haciendo, mucho más allá de lo que cualquiera hubiese pensado.En breve entrará en vigor la Ley de Seguridad Ciudadana, una ley que será imitada por toda la Civilización Occidental de raigambre cristiana y que permitirá resolver cualquier altercado sin necesidad de jueces ni aunque sean de los nuestros, que son mayoría. Si alguien mira mal a un policía, multa, palo y cárcel; si alguien habla mal de la monarquía y pone en duda que es la única opción democrática, palo, multa y cárcel; si alguien opina, actúa, mira, habla, tuitea o suspira al margen de los Principios Generales del Movimiento, cárcel, palo y multa. La Constitución, está claro, nos protege a todos, pero para que eso sea efectivo es necesario estar dentro de ella y somos nosotros quienes decidimos quién está fuera. Además, para que no haya dudas, vamos a reformar la ley electoral para darle un sesgo todavía más democrático. Me explico: si un partido equis, por ejemplo el nuestro, saca el diez por ciento de los votos y es el más votado, automáticamente le será asignada la mitad más uno de los concejales o diputados, de manera que pueda gobernar tranquilamente sin tener que negociar ni pactar con nadie. No se trata de favorecer a este o aquel partido, sino de facilitar la gobernabilidad por lo que pudiera pasar, en aras al progreso del país. Pero si fuera menester y esta reforma no fuese suficiente, por amor, llegaríamos a aliviar la responsabilidad de la ciudadanía limitando el derecho a voto a aquellas personas que tienen experiencia de gobierno y saben de qué va esto. Por España, nada es suficiente.

Por otra parte, ustedes se han entregado al libertinaje, la simonía y la liviandad, votan a fuerzas políticas extremistas que obedecen a Venezuela, Irán, Cuba o Corea del N., países elegidos por el Maligno para sembrar la cizaña entre la comunidad internacional, se oponen a lanzamientos y desahucios de forma activa, denuncian una y otra vez la situación de pobreza en que viven millones de niños y adultos y lo injusto de nuestro sistema fiscal para remediar eso que ustedes llaman desigualdad, pero olvidan que los seres humanos nacemos desiguales desde el mismo momento de la fecundación, es más, diría yo, desde la primera paja, y con sus propuestas subversivas provocan la ira del Todopoderoso en forma de prima de riesgo, desinversiones y ausencia de lluvia en el Sureste y Levante hispano-patrio. En su cortedad de miras, no son capaces de comprender lo que le pasó al pueblo egipcio cuando aquello de las siete plagas y las concomitancias de aquella situación con la que aquí comienza a acaecer. Ni la langosta, ni el agua teñida de sangre, ni Santiago Matamoros con su brioso corcel y su espada flamígera y justiciera, aquí va a venir la Troika para quedarse a vivir. Que no van a la cárcel los ladrones de guante blanco que han desvalijado las arcas, que tampoco van quienes privatizan y externalizan para beneficiar a sus amigos, ni quienes prevarican, ni los defraudadores fiscales, ni los despilfarradores. Texto: P. L. Angosto. Ver: Nacional Catolicismo

9 jun. 2015

La impudicia

Para muchos, Felipe González es un ícono de la democracia española. Sin embargo, nada más alejado de la realidad. Su pasado es otro. Hoy se presenta al mundo como el abogado defensor del derechista Leopoldo López, dirigente del partido Voluntad Popular, y del alcalde, Antonio Ledezma, de la autodenominada Mesa de Unidad Democrática (MUD). Ambos políticos venezolanos, imputados por participar y urdir la trama de golpe de Estado para derrocar al gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro.
Felipe González tiene una cara oculta. Tiene en su debe político urdir parte del proceso desestabilizador que culminó en el fallido golpe de Estado del 23-F en España, para crear un gobierno cívico-militar. También gestar la guerra sucia contra la izquierda abertzale y ETA. Siendo presidente de gobierno, entre 1983 y 1985 dio luz verde a la actuación de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). El resultado: 27 personas asesinadas y cientos de damnificados colaterales.

La historia de Felipe González está ligada indisolublemente a la evolución del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde los años 70 del siglo XX. La modernización política había desplazado a los viejos camisas azules y una generación de nuevos políticos tecnócratas asaltaban el poder. En este contexto, Franco nombraría en 1969 a su sucesor. El régimen tendría continuidad bajo la restauración monárquica. El elegido no sería el hijo de Alfonso XIII, don Juan, sino su nieto, Juan Carlos, saltándose la cadena sucesoria. El 20 de noviembre de 1975, Franco, tras 40 años de dictadura, moría en la cama. Su régimen sobrevivía. El 22 de noviembre de 1975 Juan Carlos I es coronado rey. En noviembre de 1976 las cortes franquistas aprueban convocar un referendo para la reforma política, a celebrarse el 15 de diciembre. Los actores de la modernización están en el poder. Adolfo Suárez preside el gobierno y una oposición tolerada se legitima. En febrero de 1977 se legaliza al PSOE y en abril del mismo año el Partido Comunista. Los interlocutores se reconocían, pero el itinerario había sido diseñado con el caudillo en vida. El objetivo, encontrar una salida negociada, redactar una ley de amnistía y punto final para salvaguardar a los dirigentes del régimen.
Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña, valedores de Franco, agradecidos por su papel en la lucha anticomunista, requerían una organización opositora fiable, capaz de negociar una vez muerto el dictador. Sus ojos se ponen en el PSOE. Partido con poca actividad durante la dictadura y considerado pro occidental. En esta estrategia, el Departamento de Estado estadounidense entra en contacto con un hombre oscuro, abogado laboralista y militante del partido: Felipe González. En poco tiempo pasaría a transformarse en una figura destacada de la “transición”. La operación contó con fondos y aval de los países señalados y la socialdemocracia internacional. Previamente, Felipe González y su equipo debía tomar las riendas del PSOE, en manos de la vieja guardia desde 1944. El momento idóneo, el 26 congreso, a celebrarse en la localidad francesa de Suresnes, en 1974.
En dicho evento, Felipe González será nombrado secretario general, desplazando a Rodolfo Llopis. Dos años más tarde, en diciembre de 1976, el PSOE celebrará, en la clandestinidad, su 27 congreso en Madrid; radiado y televisado nadie será detenido. En ese instante, Felipe González, aclamado por el partido, se convierte en el hombre de Estados Unidos en España y el interlocutor de la socialdemocracia europea para América Latina. En 1982 su partido obtendrá mayoría absoluta, siendo elegido presidente de gobierno. Allí se quita su careta. En medio de la guerra contrainsurgente en Centroamérica, declara: Habría que ayudar a Estados Unidos a encontrar la dimensión positiva de su liderazgo en América Latina.
Su periplo por América Latina no tiene desperdicio. En su currículum debemos destacar la relación con el entonces miembro de la Junta Militar Argentina, almirante Eduardo Massera, para crear el partidoDemocracia Social, integrado a la Internacional Socialista. Maniobra que fracasó estrepitosamente, no sin antes González presentar a Massera como socialdemócrata. Dichos datos salieron a la luz en la causa instruida por el juez Garzón contra la dictadura Argentina. Publicitados por el equipo Nizkor y el periódico argentino La Nación.
Durante la dictadura de Videla, Felipe González condecoró a varios militares. Entre otros, al almirante Rubén Franco, condenado posteriormente a 25 años de cárcel por participar en el secuestro y apropiación de hijos de desaparecidos, con la Gran Cruz de la orden del merito aeronáutico. Asimismo, no tuvo escrúpulos en convertirse en fiador para la venta de armas a las dictaduras latinoamericanas. Sólo en el Chile de Pinochet, entre morteros, lanzacohetes, ametralladoras, aviones de entrenamiento, helicópteros, en el año 1983, los beneficios superaron los 80 millones de dólares. No es de extrañar que pidiera la libertad de Pinochet con tanto ahínco tras su detención en Londres, sin olvidar que en los años 80 recomendó a Ricardo Lagos que fuese Pinochet el timonel de la transición. La visita de ministros de Pinochet a España para asesorar las privatizaciones, la reforma laboral y abrir las puertas a Telefónica, Iberdrola, Endesa, Repsol, Santander, BBVA, en Chile fue una constante.
Felipez Gonzalez financió la contra nicaragüense, apoyó el informe Kissinger y negó apoyo al FDR-FMLN en El Salvador. Tras su salida de la política se transformó en asesor de lobbys y empresas trasnacionales españolas, estadunidenses y europeas, entre otras de venta de armamento, obteniendo pingües beneficios. Además de asesorar empresarios latinoamericanos para esquilmar sus riquezas, entre los que destaca Carlos Slim.
Ahora se presenta como un demócrata comprometido con las libertades en América Latina. Nunca lo estuvo ni lo estará. Mientras cultiva su hobby, comprar y diseñar joyas, alienta la desestabilización de golpistas. No puede ser de otra forma. Siempre revoloteó en su nido. Estados Unidos se lo agradece. Su impudicia no tiene límite.Texto: Marcos Roitman R. Ver: La cara oculta de la Fundación Príncipe de Asturias

7 jun. 2015

Lecciones sobre la 'crisis'

¿Cuáles son las enseñanzas de las crisis macroeconómicas de los pasados 20 años? Es el tema de un importante discurso pronunciado por Stanley Fischer (SF), vicepresidente de la Reserva Federal estadounidense y uno de los economistas más influyentes en el desarrollo de la teoría macroeconómica. Su discurso revela los estrechos límites al interior de los que se desarrolla el pensamiento macroeconómico neoclásico.

SF comienza recordando la crisis mexicana de 1994 y la descripción que hiciera de ella Michel Camdessus (en aquel tiempo director gerente del FMI) como la primera crisis económica del siglo XXI. Fischer señala que esa descripción era correcta por tratarse de la primera crisis de una ‘economía emergente’ que se gestaba en la cuenta de capital y no en la cuenta corriente de la balanza de pagos. SF prefiere ignorar el hecho de que el desequilibrio en la cuenta corriente (con un déficit de 7.7 por ciento del PIB) mostraba la bancarrota del paquete de política económica neoliberal. Ese modelo sigue vigente y está basado en la apertura comercial a ultranza y en una desregulación absoluta para la inversión extranjera y la cuenta de capital. El modelo está íntimamente hermanado con la volatilidad, la especulación y la inestabilidad y eso explica el estancamiento de los pasados 25 años de la economía mexicana.
Fischer también recuerda las crisis en Tailandia, Indonesia, Corea del Sur, Malasia, Rusia, Brasil, Turquía y Argentina. Pero no dice nada sobre los orígenes o causas de estos episodios y pasa rápidamente a examinar las principales enseñanzas que podemos derivar de las crisis. En realidad, la primera es la más importante y la más reveladora.
Según SF esa lección es la siguiente: no es cierto que cuando la tasa de interés es igual a cero la política monetaria deja de tener efectos y la prueba es que mediante la política de flexibilización monetaria la Reserva Federal ha podido continuar con una postura expansiva. De acuerdo con SF, esta política funcionó bien y condujo a la recuperación. A Fischer le resulta cómodo no mencionar la mediocre tasa de crecimiento que marca la muy lenta recuperación de la economía estadounidense. También le conviene no hablar del mal desempeño del mercado laboral, disfrazado por la salida de la fuerza de trabajo de un alto número de personas.
Sin duda la política de adquisición de activos de la Reserva ha tenido un impacto sobre las reservas y las utilidades de los bancos y en la bolsa de valores, pero no ha desembocado en un incremento significativo del crédito en la economía real. Y es que la política de flexibilidad cuantitativa nunca tuvo por objeto reducir la tasa de interés y aumentar el crédito bancario a la economía real. La finalidad de la flexibilización monetaria fue aumentar las reservas excedentes en los bancos con el fin de mitigar las perturbaciones que se estaban observando en el sector financiero. Y la versión europea de este enfoque de política monetaria no es muy diferente.
En realidad Fischer debería decir con claridad que la política de flexibilización monetaria es y siempre ha sido un instrumento para sacar a flote a los bancos y al sector financiero en general. Eso explica por qué la política de la Reserva Federal no ha podido regresar a la economía estadounidense a los niveles de actividad que prevalecían antes de la crisis.
Por cierto, Fischer es un creyente en la historieta según la cual los ahorradores se encuentran con los demandantes de capitales en el mercado de fondos prestables y que la tasa de interés es el precio que conduce al equilibrio entre oferta y demanda de dichos fondos. Esta es una fábula que esconde la función de creación monetaria de los bancos y les hace aparecer como simples intermediarios. En esta historia el multiplicador bancario es el indicador clave sobre expansión del crédito a partir de un sistema de reserva fraccionaria. El nulo impacto de la flexibilización monetaria en el crédito se observa en la evolución del multiplicador bancario que se desplomó en 2008 y que ha mantenido su tendencia a la baja (de un coeficiente cercano a 1.1 en 2008 a 0.65 en 2014).
Los precios de todo tipo de activos en la Bolsa de Valores de Nueva York se han incrementado, pero no porque la economía real se encuentre en buena salud. Ese incremento en precios está relacionado con la política de compra de activos de la Reserva Federal y se parece demasiado a una burbuja que el día de mañana tendrá que reventar. Pero Fischer no dedica ni media frase a la necesidad de regular el sector financiero, sus productos exóticos (y tóxicos) y la especulación que les acompaña.
El capitalismo mundial es una bestia insaciable que está continuamente mutando. En las décadas recientes el reinado del capitalismo financiero se ha consolidado. Y si algo nos han enseñado las crisis de las pasadas dos décadas es que la política macroeconómica se mantiene subordinada a sus dictados. Texto: A. Nadal. Ver: Goldman Sachs
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5 jun. 2015

Pitos y Flautas

Seguro que en las colas de los bancos de alimentos y comedores sociales no se ha hablado esta semana de otra cosa: los separatistas vascos y catalanes han vuelto a pitar el himno. Lo digo, desde luego, con toda la ironía. El Reino de España tiene problemas mucho más graves y urgentes que atender. Sin embargo, la actitud apabullantemente mayoritaria del público del Camp Nou en la final de la Copa del Rey ha vuelto a levantar ampollas y a exacerbar los ánimos. Conceptos como ‘ultraje’ o ‘apología/fomento del odio nacional’ reaparecen en tertulias, análisis, editoriales y columnas de opinión. El propio Gobierno emitió el mismo sábado por la noche un comunicado de condena y anunció la convocatoria con carácter urgente (en un plazo de 38 horas) de la Comisión contra la Violencia para estudiar posibles sanciones. El PSOE no podía ser menos y emitió otro comunicado para mostrar su «repulsa por los comportamientos incívicos». Pedro Sánchez llegó a telefonear al Rey en la mañana del domingo para expresarle su apoyo y el de su partido. Ciudadanos ha pedido «que se depuren responsabilidades».

La realidad, aunque a muchos se les pueda hacer incómoda o inconveniente, es que silbar el himno nacional es una conducta «amparada por la libertad de expresión». Esto último no es una opinión. Es la interpretación entrecomillada que la Audiencia Nacional dio en 2009 a este mismo asunto. O sea, es Ley. Guste más o menos, el derecho a silbar el himno forma parte de ese tan cacareado y menguante régimen de libertades que nos hemos dado entre todos. Si hay consecuencias, deberán ser en el ámbito deportivo y no en el penal.
Que se considere una forma de opinión y que no sea reprochable penalmente, no implica que pitar un himno nacional deba considerarse una forma respetuosa y educada de opinar. Es legítima, pero no es correcta. De hecho, para muchos –PP y Gobierno incluidos– es ofensiva, condenable y sancionable. Pedro Sánchez se conforma con considerarla «rechazable y reprobable». El nacionalismo español se siente atacado y seguramente tiene motivos para ello.
Como cabía esperar, la caverna mediática ha doblado la dosis de veneno ante tópico tan fecundo, vomitando respuestas tan ofensivas como la propia pitada o más. Es el caso de columnas como la de La Razón, donde llega a afirmarse, con el rigor documental de costumbre, que «las Vascongadas tienen mesa y mantel puesto por el resto de España» y se pregunta a vascos y catalanes «por qué pitáis, si nos sacáis hasta los higadillos». El mismo rigor utiliza el columnista para poner a EE UU como ejemplo de país donde, según él, pitadas así son «inimaginables». Al autor le habría bastado con una búsqueda en Google para ampliar su imaginación y descubrir que los abucheos a los himnos nacionales no son algo excepcional en la Liga Nacional de Hockey americana entre los hinchas de Canadá y EE UU. Dos países, por cierto, donde el acto de quemar la bandera está protegido por sus respectivas constituciones.
Vómitos aparte, el bloque españolista, que se ha apresurado a cerrar filas para defender los «símbolos», tiene razones para sentirse ofendido. Ahora bien: ¿tiene autoridad moral para condenar y exigir respeto? No lo pregunto por la corrupción, los sobresueldos, las cajas B, los sobornos, el fraude fiscal, el tráfico de influencias, la falsedad documental y contable, la falsedad de fondos electorales, la apropiación indebida, el blanqueo de capitales, la malversación de caudales públicos o la organización criminal. No. Sin duda, la lista anterior da para no pocos cuestionamientos éticos, pero los tiros no van por ahí. Siguiendo el consejo del Gobierno en su comunicado, vamos a ceñirnos a lo deportivo. ¿Tienen los aficionados españoles el comportamiento cívico y respetuoso que sus dirigentes les exigen a quienes protestaron el sábado en el Camp Nou? Repasemos las hemerotecas futbolísticas de la última década:
Hannover, 27 de junio de 2006. Partido de octavos de final del mundial entre España y Francia. Más de 40.000 espectadores. Suena la Marsellesa, y la afición española comienza a silbar el himno francés. No toda, pero la suficiente como para hacerse notar. En el palco se encuentran los príncipes Felipe y Letizia junto a Franz Beckenbauer, el presidente del Comité Organizador del mundial. Las crónicas nacionales tratan en principio de silenciar lo ocurrido, pero las quejas de los franceses en la sala de prensa, y del propio Beckenbauer, lo sacan a la luz. Dos días después del encuentro, la versión digital de El Mundo titula «El príncipe Felipe pidió disculpas por los silbidos a la ‘Marsellesa’».
10 de junio de 2012. Partido de la fase final de la Eurocopa entre España e Italia (previo a la final en la que volverían a enfrentarse) en la ciudad polaca de Gdansk. Unos 40.000 espectadores. En el palco, los entonces Príncipes de Asturias, Rajoy (por aquellas fechas, muy ocupado negociando su no rescate) y los presidentes de la Federación y del Consejo Superior de Deportes, Villar y Cardenal, además del presidente de la UEFA, Michel Platini, y diferentes autoridades locales e italianas. Un sector de la afición española pita el himno italiano. La prensa nacional omite con discreción los pitos, pero los italianos protestan exigiendo una condena pública, lo que termina por airear el suceso. En el digital de Marca (el portal más visitado del Reino) se pueden leer los intentos de justificación de un portavoz de la RFEF ante un posible castigo: «No tenemos culpa de que en España se tenga la costumbre de silbar los himnos». Al final, la UEFA sanciona a la Federación española. De aquella Eurocopa, además del título, La Roja se trajo una multa por el comportamiento incívico y racista de su afición.
16 de octubre de 2012. Partido oficial entre España y Francia en Madrid, en el estadio Vicente Calderón, ante más de 40.000 personas. En el palco se encuentran el hoy jubilado Juan Carlos I y el ministro Wert, además del omnipresente e incombustible (27 años en el cargo) presidente federativo, Villar, y el presidente del CSD, Cardenal, quienes se ven obligados a disculparse ante sus homólogos franceses por la sonora pitada que buena parte del público dedica a La Marsellesa. El hecho es ahora más grave porque se juega en casa y porque, de haberse disputado el encuentro en el país vecino, la ley francesa habría obligado (innovación de Sarkozy en 2008) a abandonar el palco y suspender el partido. Al día siguiente, los divertimedia digitales silencian el incidente o lo mencionan sin entrar en valoraciones, con alguna que otra excepción: lainformación.com lo lleva a título, El Confidencial habla en su titular de «pitada mayoritaria», y algunas cabeceras regionales del grupo Vocento, como El Diario Vasco o el Hoy de Extremadura, comparten crónica: «Gran pitada al himno de Francia» –la cursiva es nuestra–. ABC, buque insignia de Vocento, lo omite en su crónica titulada «España se queda sin pulmones» –de nuevo, la cursiva es nuestra–, aunque esconde una breve mención días después en un artículo bajo el título «El CSD y la Asociación de Deportistas impulsan el respeto a los himnos rivales».

De lo expuesto hasta aquí se extraen al menos tres conclusiones:

El comportamiento de la afición española está lejos de poder considerarse cívico y respetuoso. Esa conducta nada ejemplar es de sobra conocida por nuestros más altos mandatarios, que la vienen sufriendo en sonrojo propio desde hace años. La respuesta política, mediática y social a este tipo de ataques/incidentes es mucho más visible y enérgica cuando el himno silbado es la Marcha Real. Es el color de los símbolos lo que determina si se trata de ataques o de meros incidentes. Que se piten otros himnos es algo lamentable que no conviene airear y que no merece ni sanciones ni editoriales ni comunicados oficiales. Que se pite el himno español es un acto condenable y sancionable que debe ser castigado y denunciado con toda la maquinaria mediática.
Retransmisión por T.V.: Una vez más, se abusó del plano corto, se hurtaron las tomas panorámicas, y el narrador contó lo que le habían dicho que era correcto contar; es decir, se dejó de informar. El lema Fent historia (‘Haciendo historia’) fue cercenado al traducirse como ‘Historia’. La gigantesca pancarta con la frase Jo ta ke irabazi arte (algo así como ‘Dale duro hasta ganar’) se sacó de plano a toda prisa en cuanto fue desplegada. Tal vez, por miedo a que allí pusiera algo como ‘Góndor no necesita rey’ o a que se tratara de algún lema proetarra. ABC.es picó con lo del «lema proetarra», aunque luego rectificó y borró el artículo. En el grupo PRISA, en cambio, siguen insistiendo en hacer el ridículo. Lo cierto es que Jo ta ke irabazi arte es un grito de ánimo muy común en ambientes deportivos (y no solo deportivos) y es tan inocuo en ese contexto como el ‘A por ellos, oé’. Y, si la afición en Barcelona no estuvo correcta y la retransmisión dejó mucho que desear, ¿qué decir de las autoridades? El regocijo de Mas en el palco, infantil e inaceptable en un presidente. El papel de don Tancredo que interpretó Felipe VI tampoco resultó ser un guión ni demasiado digno ni demasiado original. Dado que el patrón se viene repitiendo (tercera pitada en seis años), no era necesario improvisar. Bien podía el nuevo Rey haber ofrecido una nueva respuesta. Unas palabras habrían sido una magnífica innovación. Un verdadero discurso de la Corona, no esas ñoñerías vacías a las que su padre nos tenía acostumbrados. El ''Preparado'' dejó escapar una ocasión propicia para hacer uso de su tan traída preparación y sorprender al respetable con un alegato a la altura del momento y de la Institución que representa. Un alegato que taladrara silbidos, llegara a los corazones y abriera las mentes para que brotara el respeto. Él es alguien versado en oratoria; la materia no era difícil (el respeto es una asignatura de primero de democracia); el momento era solemne. Gotham podía haber caído rendida a sus pies, y su discurso habría sido recordado durante décadas. O, en el peor de los casos, le quedaría la dignidad de haber intentado algo más que poner la cara. Se puede ser educado sin parecer manso.
Es más fácil de entender que de asumir: el respeto es consustancial a la democracia. Y en la nuestra, el respeto es escaso. Por eso hay que administrarlo bien y repartirlo de manera equitativa: que nadie reciba menos de lo que exige, y que nadie exija más de lo que está dispuesto a ofrecer. Porque no es el derecho a expresar libre y pacíficamente cualquier opinión lo que nos convierte en demócratas. Lo que nos hace demócratas es renunciar a esa libertad de opinar para escuchar a quien opina diferente. Texto: C. Delgado. Ver: 'Las derivas separatistas', texto de JG

4 jun. 2015

Derecho y normas internacionales

Las políticas de las instituciones internacionales económico-financieras han provocado impactos muy importantes sobre los derechos de las mayorías sociales. Y es que, a lo largo del planeta, los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han vulnerado los derechos humanos de manera sistemática. Así, después de varias décadas de reformas neoliberales, las condiciones sociales y ecológicas de los países afectados son demoledoras: el derecho a la educación, a la salud, a la alimentación, a la vivienda, al empleo y al medio ambiente se encuentran en peor situación que al inicio de su aplicación. Además, el Derecho Internacional de los Derechos Humanos y las normas constitucionales también se han visto modificadas. 

La pérdida de competencias estatales, la expansión y consolidación de las empresas transnacionales, la creación de una red formal e informal de normas y prácticas jurídico-económicas de organismos multilaterales como el FMI y el Banco Mundial han servido para establecer una lex mercatoria de gran fortaleza jurídica, convirtiendo a las grandes corporaciones en agentes claves de la economía mundial y del capitalismo global. Y las multinacionales han sido las principales beneficiarias de las políticas diseñadas por estas organizaciones internacionales, que han actuado contra los intereses de los pueblos y de las personas.
La extinta Troika —compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el FMI— ha aprobado planes de ajuste vinculados a medidas de austeridad que han destruido la vida de miles de personas y han generado auténticas crisis humanitarias. El caso de Grecia es paradigmático: aumento de la pobreza y del número de familias sin hogar; desmantelamiento de las estructuras de salud pública y mercantilización de la misma, provocando la disminución de la esperanza de vida en dos años, tres millones de personas sin cobertura de seguridad social, miles de mujeres sin derecho a la prevención de cánceres de mama y la eliminación de la salud reproductiva; aumento de la mortalidad de los recién nacidos y ausencia de vacunas para quien no puede pagarlas; incremento de la cifra de suicidios; empobrecimiento generalizado de la población…
Ante estos hechos —avalados por informes de organizaciones no gubernamentales, relatores de Naciones Unidas y diferentes comités sobre los pactos internacional de derechos humanos—, ¿qué responsabilidad tienen las instituciones mencionadas? Entendiendo que el debate no debe, en ningún caso, centrarse exclusivamente en los deberes del Estado, defendemos que estas organizaciones económico-financieras también tienen responsabilidades internacionales, pese a los intentos de blindarlas en la más absoluta impunidad.
Dicha responsabilidad se articula en torno al Derecho Internacional de los Derechos Humanos que se vertebra sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos, junto con el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) y sus Protocolos Facultativos —que forman la Carta Internacional de Derechos Humanos—, así como sobre las declaraciones, directrices, observaciones y principios adoptados en el plano internacional.
El sistema de fuentes del Derecho Internacional viene recogido en el artículo 38 del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia y está constituido por las convenciones internacionales —generales o particulares—, la costumbre internacional, los principios generales del Derecho reconocidos por los sistemas jurídicos del mundo, en tanto fuentes principales y creadoras de las normas jurídicas, y las decisiones judiciales y las doctrinas de los juristas de mayor competencia, en tanto fuentes auxiliares y de interpretación de las normas existentes. En Derecho Internacional la costumbre tiene el mismo valor jurídico que los tratados internacionales y el derecho consuetudinario está en vigor y es obligatorio. La Carta Internacional de Derechos Humanos forma parte del mismo y es una norma imperativa —o de ius cogens— que encarna y protege intereses esenciales de la comunidad internacional.
De ahí que el Banco Mundial, el FMI, la Comisión Europea y el BCE tengan la obligación de respetar las normas internacionales sobre los derechos humanos. Como personas jurídicas, las instituciones internacionales económico-financieras deben ser jurídicamente responsables, así como los integrantes de los órganos que tomen sus decisiones, por las violaciones que cometan o ayuden a cometer —por acción u omisión— de los derechos civiles, políticos, sociales, económicos, culturales y medioambientales.
La responsabilidad de estas organizaciones internacionales se regula de manera específica en el Tratado del Espacio de 1976 —ratificado por más de cien Estados— y en el proyecto que la Comisión de Derecho Internacional presentó en 2011 ante la Asamblea General de la ONU. “Una organización internacional incurre en responsabilidad internacional”, se dice en este último, “adoptando una decisión que obliga a Estados miembros a cometer un hecho que sería internacionalmente ilícito”, o bien, “autorizando a Estados miembros a cometer un hecho que sería internacionalmente ilícito”. En este sentido, las políticas de ajuste, los préstamos condicionados y los memorándum comunitarios se constituyen como armaduras jurídicas que obligan a los Estados a cometer actos ilícitos. Y sus responsables son el Banco Mundial, el FMI, la Comisión y el Banco Central Europeo.
Junto a ello, la violación de una norma internacional y la atribución de dicha conducta ilícita a una organización internacional da lugar a las correspondientes responsabilidades civiles y penales, lo que a su vez conlleva diferentes formas de reparación: la restitución, la indemnización y la satisfacción. Como afirma Javier Echaide, jurista y miembro de ATTAC Argentina, “una forma posible de esta restitución podría ser que los organismos que impulsan el ingreso y egreso irrestrictos de capitales sin regulación y amparados por los Tratados Bilaterales de Inversiones, o las oleadas privatizadoras a condición del otorgamiento de préstamos, debieran financiar los posibles costos de una desprivatización, es decir, retrotraer el estado de cosas al momento en que comenzaron los hechos causales que terminaron en una violación de los derechos humanos”.
Las instituciones económico-financieras no escapan a esta tipificación y, por tanto, deben responder por los daños causados. Es decir, tienen la obligación de restituir e indemnizar a los pueblos afectados por sus políticas, contrarias al sistema internacional de derechos humanos.
Existe, al mismo tiempo, una manifiesta responsabilidad penal de estas instituciones. Por eso pensamos que, en esta dirección, resulta urgente aprobar la tipificación de crímenes económicos internacionales: las prácticas de las instituciones internacionales económico-financieras —y de las personas físicas responsables de ellas— que cometan actos o actúen como cómplices, colaboradores, instigadores, inductores o encubridores y que violen gravemente los derechos civiles, políticos, sociales, económicos, culturales y medioambientales pueden ser tipificadas como crímenes internacionales de carácter económico; el elemento internacional se configura cuando la conducta delictiva afecta a los intereses de la seguridad colectiva de la comunidad internacional o vulnera bienes jurídicos reconocidos como fundamentales por esta.
En este mismo momento, no obstante, algunas de las políticas aprobadas por las instituciones económico-financieras —incluidas las que componían la Troika— pueden ser consideradas como crímenes contra la humanidad tipificados en el Estatuto de la Corte Penal Internacional. Ya existen indicios, pruebas y base normativa suficiente para demandar a las personas físicas responsables —los miembros del Consejo Europeo, los presidentes y primeros ministros de la UE y el presidente de la Comisión, del consejo de administración del FMI, del Banco Mundial y del consejo de gobierno del BCE— ante la Corte Penal Internacional.
Como puede verse, son diversas las alternativas existentes para exigir responsabilidades civiles y penales a las instituciones internacionales económico-financieras y a sus máximos responsables. Lo que no es admisible es que planes tan destructivos como los que han venido impulsando puedan quedar impunes. Porque, al fin y al cabo, sus políticas económicas son verdaderos crímenes internacionales. Texto: Juan Hernández Zubizarreta & Pedro Ramiro. Ver: Mafias

3 jun. 2015

El TPP, USA y China (Parte II de II)

En esto reside la incertidumbre para el orden económico liberal en el este de Asia, apuntalado por la hegemonía estadounidense. Las élites chinas se han beneficiado masivamente de su integración con este orden, pero la continuación de su legitimidad dentro de China depende de un proyecto nacionalista etnocéntrico que corre el peligro de convertirse en “demasiado antiliberal” desde el punto de vista de Occidente. La rápida modernización militar china y las crecientes disputas territoriales en los mares del este y del sur de China son aspectos de esta situación.
Entonces aparece el TPP
El secretario de defensa de EE.UU. Ashton Carter lo comprendió bien cuando declaró que la firma del TPP es más importante que enviar otro portaaviones al este de Asia. Un factor esencial tras la longevidad del poder estadounidense en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial es su capacidad de permear otras economías de una manera que alinea estructuralmente los intereses de sus clases dominantes con los intereses de la hegemonía estadounidense. Las élites japonesas apoyan firmemente la hegemonía de EE.UU. no porque se sientan forzadas a hacerlo, sino porque lo hacen en función de sus propios intereses.
Las élites chinas ya dependen del capitalismo global, pero para asegurar que siga siendo así en el futuro previsible, EE.UU. necesita su mayor liberalización e integración con el capital global –y por tanto la dependencia de este- (esencialmente corporaciones estadounidenses), finanzas globales (centradas en Wall Street y la Reserva Federal de EE.UU.) y de exportaciones a consumidores occidentales (especialmente estadounidenses).
Por cierto, no todo tiene que ver con China. EE.UU. ha estado presionando a Japón para que liberalice su economía desde los años 70 y el TPP continúa esta búsqueda presionando a agricultores y fabricantes de automóviles japoneses. Malasia, México y Vietnam son importantes plataformas de exportación que compiten con China por capital extranjero. Australia, Canadá y Nueva Zelanda son importantes aliados de EE.UU. En términos generales, mientras más países liberalizan, más abiertos se hacen a la influencia estadounidense. Pero todos, incluyendo a los chinos, saben que el TPP tiene que ver sobre todo con China, convirtiéndolo en uno de los acuerdos comerciales más geopolíticamente orientados de todos los tiempos.
El TPP tiene que ver con el establecimiento de las normas y reglas del futuro, encerrando a las regiones más dinámicas del globo –Asia oriental, y especialmente China– en el capitalismo global centrado en Estados Unidos. Si EE.UU. puede forjar estándares comunes en la protección de la PI y el arbitraje de inversionistas con Japón y Europa Occidental mediante el TTIP [Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones], Occidente puede seguir fijando las reglas de intercambio para el resto del mundo.
Por lo tanto, si China quiere continuar su integración con el capitalismo global (lo que tiene que hacer, porque una aguda disminución en el crecimiento económico debilitaría la autoridad del PCC), entonces China se verá presionada a seguir liberalizando y armonizando sus reglas y regulaciones según los “estándares internacionales” establecidos por Occidente. El ajuste a la creciente liberalización también reducirá la prominencia de cualquier modelo alternativo coherente de “capitalismo de Estado” para que sea adoptado por otros.
Esto es lo que algunos llaman “poder estructural”, la capacidad de fijar las reglas y normas del sistema de modo que otros tengan pocas alternativas aparte de ajustarse. El poder estructural es frecuentemente más efectivo que el “poder relacional” o simplemente tratar de obligar a otros a hacer algo. Y explica por qué China, a pesar de expresar un interés en participar, está siendo excluida de las negociaciones del TPP, para que no pueda alterar las reglas.
Los artífices del TPP están estructurando el acuerdo para que sirva a sus propios intereses: protección de los derechos de propiedad intelectual y arbitraje de inversionistas facilitan la continuación de la dominación de las mayores corporaciones del mundo, que siguen siendo europeas, japonesas y sobre todo estadounidenses.
La protección de la propiedad intelectual asegura que los sectores de conocimiento avanzado, como la industria farmacéutica, mantengan sus saludables márgenes de beneficios (y que a los pobres se les nieguen medicamentos que salvan la vida). La agroindustria estadounidense se beneficiará de la apertura del sector agrícola de Japón, y Nike se beneficiará de la mayor liberalización de Vietnam (donde fabrica la mayor parte de sus zapatos).
Para comprender qué intereses se están sirviendo simplemente hay que notar que los representantes comerciales de EE.UU. van acompañados de más de seiscientos “asesores corporativos” a las negociaciones, que están envueltas en el secreto. ¿Asesores laborales? Ninguno.
El TPP también facilitará que las corporaciones transnacionales demanden a los Gobiernos regulaciones laborales, ecológicas, sanitarias, de seguridad y otras, a fin de obtener compensación con dineros públicos por “pérdida de ganancias futuras” debidas a la “expropiación”. Los mecanismos de resolución de disputas entre inversionistas y estados -que ya existen en numerosos tratados internacionales de inversión– serán consolidados y fortalecidos en el TPP para asegurar un solo estándar, más predecible, para la cantidad récord de nuevos casos.
Un caso semejante en 2011 involucró a Philip Morris, que invocó el tratado de inversión de 1993 entre Hong Kong y Australia por la “expropiación” de su propiedad intelectual. Australia aprobó algunas de las leyes de envase de cigarrillos más estrictas del mundo, cubriendo los paquetes con espantosas fotografías de tumores y eliminó el logo de marca de Philip Morris del frente. El TPP facilitará que las corporaciones cuestionen las políticas de salud pública y otras políticas en tribunales supranacionales, evadiendo las instituciones legales interiores.
El TPP está bajo presión en EE.UU., especialmente por parte de grandes sindicatos que argumentan que décadas de acuerdos comerciales y de inversión han aumentado el poder del capital sobre los trabajadores, llevando a la subcontratación en el extranjero de puestos de trabajo en la manufactura, aumentando vertiginosamente los niveles de desigualdad. Muchos en la UE se oponen al, todavía mayor, TTIP por razones semejantes, pero con más énfasis en arbitraje entre estados e inversionistas). Si se aprobase, el TPP sería el más expansivo tratado comercial y de inversión en la historia, abarcando un 40% del PIB mundial, un tercio de sus exportaciones y casi la mitad de la inversión extranjera directa del mundo. Probablemente daría un nuevo impulso a las negociaciones del TTIP, que se han atascado debido a las protestas masivas, incluyendo una petición con más de un millón de firmas. Presionaría a China a liberalizar aún más y a alinearse con los intereses del capital estadounidense, mientras el TPP se convierte en el modelo para futuros acuerdos megarregionales y de comercio e inversión. Sobre todo reforzaría aún más el poder del capital sobre los trabajadores en EE.UU. y en el exterior, asegurando que las regulaciones corporativas, laborales, y ecológicas se mantengan permisivas.
Por estos motivos es obvio que debemos oponernos al TPP, para no hablar de cualquier acuerdo internacional que realce el poder del capital. En lugar de acuerdos de “libre comercio” que protegen a inversionistas y corporaciones, la izquierda debería luchar por acuerdos internacionales que fortalezcan los estándares laborales y ecológicos (fijando medidas que se puedan hacer cumplir más allá de la simple retórica), proteger y nutrir el poder independiente de los sindicatos e imponer mayores regulaciones y controles del capital, incluyendo su movilidad.
Pero esto tiene que ocurrir en el contexto del cambio del equilibrio de las fuerzas sociales contra el capital en cada nación. Con los antiguos Segundo y Tercer Mundo (especialmente China) integrados ahora más profundamente que nunca en el capitalismo global, esta lucha es particularmente urgente en el centro del capitalismo global, EE.UU. Texto: S. S. Traducción: German L. Ver Parte I

El TPP, USA y China (Parte I de II)

Después de cinco años de intensas negociaciones el (TPP) Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica, podría cristalizar a fines de este año. Se ha escrito mucho (y con razón) sobre las consecuencias negativas del TPP para los trabajadores estadounidenses. ¿Pero cuáles son las implicaciones internacionales del TPP, y en un mundo inundado de tratados bilaterales y multilaterales de comercio e inversión (hay más de 3.200 tratados internacionales solo de inversión), en qué medida éste es diferente?
Y como el futuro del capitalismo global parece depender de las relaciones entre China y EE.UU., ¿por qué no permite EE.UU. que el mayor exportador del mundo, China, (que ha mostrado interés) no se sume a las negociaciones del TPP? Con el fenomenal crecimiento de muchos antiguos países del Tercer Mundo (o “mercados emergentes”), incluyendo China, que condujo a la expansión y aumento de la integración del capitalismo global, el mundo ideal previsto por los planificadores estatales estadounidenses en los años 40 y 50 –un mundo abierto y amigo de los negocios estadounidenses en particular y del capitalismo occidental en general– está siendo finalmente establecido más allá de sus sueños más descabellados.
Virtualmente cada estado (aunque desigualmente) considera ahora igual el desarrollo nacional con la creciente competitividad internacional y hace que su nación sea segura para el capital global (lo que frecuentemente significa el capital estadounidense). Geopolíticamente la destrucción de Afganistán, Irak, Libia, la actual guerra en Siria y la aparente mejora de las relaciones de EE.UU. con Cuba e Irán han reducido la lista de rivales regionales estridentemente “antiestadounidenses” (en otras palabras geopolíticamente independientes de EE.UU.), incluso si recientemente se ha vuelto a poner a Rusia en la lista. Pero hay un inconveniente en estas siete décadas de expansión y consolidación del capitalismo global bajo la hegemonía de EE.UU.: China está mitad adentro, mitad afuera. Por un lado la transformación de China de una de las principales naciones anticapitalistas y contrarias al imperialismo occidental del siglo XX a una de las naciones más ansiosas de integrarse al capitalismo global, en el siglo XXI, ha sido sorprendente, para decir lo menos, y ciertamente un beneficio para el capital estadounidense. Por otra parte China, un bastión paradójico del capitalismo de Estado antiliberal/liberal, sigue siendo relativamente independiente geopolíticamente de EE.UU. De todas las grandes economías China es al mismo tiempo una de las más abiertas y cerradas al capital extranjero en el mundo. Muchos sectores relacionados con los escalones más elevados -como la banca, la energía, las telecomunicaciones y los servicios públicos– están totalmente cerrados al capital extranjero. Muchos otros sectores, sin embargo, están relativamente abiertos y la inversión extranjera ha penetrado China con mayor profundidad que en la mayoría de las demás grandes economías (como Japón). Especialmente aquellas con niveles de desarrollo similares. No obstante, a pesar del papel central de la inversión directa extranjera en el crecimiento de China durante las últimas tres décadas, el Estado sigue manteniendo muchas más restricciones de la inversión extranjera que la mayoría de los países. En el Catálogo de Industrias para la Guía de Inversión Extranjera de 2015, China estipula 36 industrias en las cuales la inversión extranjera está totalmente prohibida y 38 en las que está restringida (las empresas extranjeras frecuentemente son obligadas a formar sociedades conjuntas con firmas chinas). Aunque había muchos más sectores restringidos cuando se publicó el primer Catálogo en 1995, el capital estadounidense quiere evidentemente que la liberalización de las industrias chinas vaya más lejos, más rápido. El capital estadounidense también enfrenta problemas con la laxa protección de la propiedad intelectual (PI) extranjera en China. El Estado chino alienta a veces la copia de PI occidental mediante requerimientos de transferencia de tecnología y abundan los copiones e imitadores. Trenes de alta velocidad y bienes de consumo como los farmacéuticos, vestimenta y productos electrónicos son todos blancos legítimos. Los consumidores chinos incluso usaban “relojes Apple” producidos ilegalmente meses antes de que Apple ofreciera su propia versión. China ya no es solo el “taller del mundo” y una plataforma extraexplotable de exportación para capital extranjero, ya es uno de los mercados de consumo más importantes para una variedad de sectores, incluyendo automóviles, smartphones, artículos de lujo y comida rápida. La creciente importancia del mercado de consumo chino hace que la protección de la PI y el arbitraje entre inversionistas sea una prioridad para grandes compañías globales. Pero los inversionistas han descubierto hace tiempo que el estado intransigente y nacionalista chino, con su antojadizo sistema legal, es un protector poco fiable de sus intereses en China. Por lo tanto, aunque ciertamente China ha abandonado su visión del mundo anticapitalista, e incluso es acusada de neocolonialismo al estilo europeo por algunas dirigentes africanos por sus prácticas de inversión (una acusación particularmente irónica ya que China apoyó muchas luchas anticoloniales en África en los años 50 y 60, la clase gobernante de China –tal como se manifiesta en el Partido Comunista Chino (PCC)– no prioriza los intereses del capital extranjero ni la hegemonía estadounidense. En su lugar, el PCC prioriza el mantenimiento de su propio poder. Algunas veces esto involucra la apertura al capital extranjero en ciertos sectores para impulsar la acumulación y la modernización tecnológica, pero en general la economía china es de propiedad estatal y dirigida por el Estado, y las empresas de propiedad estatal (EPE) todavía ocupan un lugar de honor en la mayoría de los altos escalones. El capital extranjero se queja amargamente por el trato preferencial dado a las EPE, especialmente a través del financiamiento y el sistema legal. El éxito económico de China durante las últimas tres décadas también ha convertido su versión del capitalismo de Estado en un fanal para otros países. Brasil la aprecia cada vez más, Rusia –bajo Putin– la ha reforzado y se puede decir que India, para no mencionar a Francia, nunca la ha abandonado. Por supuesto EE.UU. también nacionalizó partes del “sector privado”: AIG, Chrysler, Citigroup, Fannie Mae y Freddie Mac o General Motors (para nombrar algunos de los ejemplos destacados) después del crash de Wall Street en 2008, pero estas medidas fueron vistas en gran parte como temporarias y una desviación de la norma liberal de separación de lo público y lo privado, una norma que no existe en China. China ciertamente no ofrece una alternativa al capitalismo global, ni siquiera a la hegemonía de EE.UU. en su interior. China no tiene la capacidad (ni la voluntad) de crear un orden alternativo a la hegemonía de EE.UU., simplemente quiere aumentar su parte de la torta y ser tratada como un socio igual en lugar de un subordinado del Tercer Mundo (o un vasallo del Primer Mundo, como Japón). El Banco Asiático de Inversión en la Infraestructura, el Banco de los BRICS, el Fondo de la Ruta de la Seda y otras iniciativas chinas no se proponen desafiar las instituciones dominadas por EE.UU. como el FMI y el Banco Mundial, que las siguen apoyando, financiando y en las cuales participan plenamente. Se proponen, más bien, asegurar más influencia para China y aumentar su campo de maniobra en la economía política global, en particular en el este de Asia. Similares renegociaciones de la gobernanza global ocurrieron en los años 70 cuando el renacimiento de Europa Occidental y de Japón aumentó la presión para la creación del G7 y la Comisión Bilateral, por ejemplo. Pero todos estos permanecieron bajo el manto de la hegemonía estadounidense. El deseo de China de conseguir más influencia global es conformado por las particularidades de su sistema económico, capitalismo de Estado bajo el control de un partido autoritario. Aunque las elites chinas han sido los principales beneficiarios de la integración de China en el capitalismo global, a diferencia de Japón o Corea del Sur, no es probable que acojan pronto la democracia liberal y tienen que evitar que aparezcan demasiado subordinadas a EE.UU. Esto es porque la legitimidad del PCC depende no solo del continuo crecimiento económico sino también de la rectificación del “Siglo de Humillación” de China de 1939 hasta 1949, cuando China fue continuamente invadida por las potencias occidentales y Japón. Con la reducción progresiva de la lucha anticapitalista como ideología legitimadora (aunque todos los estudiantes universitarios todavía deben pasar exámenes de “marxismo”) el PCC ahora quiere posicionarse como la fuerza legítima para devolver China a su sitio histórico bajo el sol como “Reino del Medio”. Ver Parte II