25 ene. 2014

Sindicatos en el nuevo siglo (3 de 3)

La participación de los pueblos originarios en luchas nacionales no divide su programa en mínimo y máximo.
Esta división es una tradición que las corrientes socialistas urbanas del continente heredaron de la socialdemocracia europea y los partidos comunistas, que al dividir en sindicatos y partidos la acción del trabajo, consiguió fraccionar el programa en uno mínimo que abarcara las reivindicaciones posibles de obtener bajo el Capital, que se adjudicaba como tarea a los sindicatos, y se gestionaban en las instituciones burguesas y un programa máximo que conduciría al Socialismo, que se mencionaba en los aniversarios y podía postergarse para un futuro lejano e incierto. No nos vamos a extender en todos los ejemplos, pero recordemos que en Ecuador el proceso electoral que llevó a Correa a la presidencia fue posterior al derrocamiento de tres presidentes por un movimiento popular movilizado que tenía contra las cuerdas a una burguesía en descomposición. Y en Venezuela la consolidación del proceso de cambios iniciado por Chávez se concreta luego que el movimiento de los pobladores de las barriadas pobres suburbanas de Caracas invadió las calles y derrotó un golpe imperialista, rodeando con multitudes enfurecidas el Palacio de Miraflores y exigiendo el retorno del presidente depuesto. El Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en el 2005, se desplazó a pie doscientos kilómetros de Goiania a Brasilia en una Marcha Nacional por la Reforma Agraria, para presentar al gobierno Lula un programa económico contrario a la orientación neoliberal que aplica el gobierno del PT. Y el mismo año realizó en varios estados, una coordinación de movimientos sociales contra el modelo económico, “demostrando la capacidad de los movimientos de pensar más allá de las pautas específicas de reivindicación”, como remarcaron en su mensaje del 6 de enero del 2006. El MST es independiente de la central de trabajadores (CUT) y del PT. Y se opone a la orientación de favorecer la expansión de las agro-industrias que en la actualidad impulsa el gobierno del PT(12). Organizaciones sociales y militantes políticos de Uruguay, sumaron sus esfuerzos en un frente por la defensa del agua.Plebiscitaron y aprobaron una reforma de la constitución (octubre del 2004) –por primera vez en el mundo- que impide por ley la privatización de ese elemento vital. Su conquista fue luego en parte burlada porque el movimiento que impulsó el plebiscito del agua no tuvo continuidad en otras luchas y otras demandas y se disolvió en medio de las expectativas ilusorias creadas por las posibilidades electorales del Frente Amplio. Esta experiencia nos subraya la necesidad de que los movimientos sociales no deleguen en dirigentes o partidos de “izquierda” sus expectativas políticas y asuman directamente sus intereses, sin mediadores que luego resultan agentes del enemigo. Debieron pasar ocho años para que recién en 2012 un nuevo importante movimiento contra la mega-minería a cielo abierto y en defensa de la tierra y los bienes naturales esté en un proceso alentador de acumulación social-política(13). Sin embargo, parte de la izquierda que rechaza al Frente Amplio, se distrae preocupándose sobre como participar en el próximo proceso electoral, debatiendo y evaluando nuevas fórmulas políticas, hasta ahora ausentes de bases populares reales. Es momento de apoyar la acción creativa programática de los movimientos que tienden a conformarse como social-políticos y que aceptan como punto de partida la reforma agraria, hoy la principal consigna revolucionaria continental.
En la República Argentina, provincia de la Rioja, los pobladores del valle de Famatina(14) -un paraíso de producción de aceitunas y vides-, desde el 2006, se enfrentan a la mega-minera Barrick Gold y su proyecto minero en el cerro Famatina que intenta destruir glaciares y envenenar sus deshielos. Se lanzaron contra este proyecto minero, junto a los pobladores de Chilecito, Pituil y Campana con acciones de bloqueo de caminos para impedir que las multinacionales se instalaran en la cordillera de los Andes. Los pobladores de Andalgalá en Catamarca bloquearon también los accesos a los nevados de Aconquija en los Andes contra el proyecto minero de Agua Rica. Tenían la experiencia destructiva de la minera Alumbrera desde 1997 -emprendimiento de mayor producción de oro en Argentina- que venían denunciando desde años anteriores. En Chubut a mediados de diciembre 2012 la lucha de los ambientalistas logró suspender los planes mineros del gobierno provincial. Así como estos, innumerables enfrentamientos se desarrollaron y se siguen desarrollando en nuestra cordillera y lograron la imposición de una Ley de defensa de los glaciares y peri-glaciares, desvirtuada en parte por los parlamentarios del gobierno. Este fue un triunfo de movimientos, organizaciones ambientalistas y asambleas ciudadanas que tomaron un carácter nacional y asumieron las demandas políticas sin intervención de partidos. Éstos son sólo algunos ejemplos de los movimientos que batallan en todo el continente. En Latino América y el Caribe hay 173 proyectos empresariales de minería a cielo abierto en donde intervienen 244 empresas diferentes. En su totalidad estas explotaciones están en conflicto con 212 comunidades indígenas afectadas. Los seis países con mayor cantidad de poblaciones originarias agredidas por la minería a cielo abierto son Argentina con 39 comunidades; Brasil y Chile con 34 cada uno; Perú con 32, Bolivia con 22 y Colombia con 20. Las principales causas de conflicto son: la expulsión o desplazamiento forzado de pobladores indígenas; la violación de derechos y leyes medioambientales; la contaminación de aguas y suelos por desechos mineros; la inundación de tierras; la contaminación por humos y las amenazas y engaños a la población local(15). Y a esto hay que sumar los conflictos por la expansión de las agroindustrias en el continente. Como vemos, las variantes de trascender el espacio específico de lo social, de no aceptar el carácter de espacios estancos de lo social y lo político comienza a hacerse frecuente. ¿Por qué mantener como sacrosanto el ámbito político y aceptar como imprescindibles e ineludibles a los Parlamentos que no son más que teatros de sombras chinas de los antagonismos sociales? ¿A quién favorece sino al capital, ese inviolable acuerdo tácito? Las agro-industrias y las mineras a cielo abierto, propiedad en su mayoría de transnacionales, están contaminando y destruyendo la biodiversidad del continente. Pretenden continuar en conflicto con las comunidades indígenas, los campesinos y trabajadores rurales sudamericanos y del Caribe y seguir provocando el desplazamiento forzoso de la población rural continental. De los diez países con mayor biodiversidad mundial, cinco están en Latino América y el Caribe: Brasil, Colombia, Ecuador, México, y Perú. Estos países también son hogares de los Andes, la zona con mayor biodiversidad del mundo. Alrededor del 27% de los mamíferos del mundo viven en América Latina y el Caribe, así como también el 34% de su vegetación, 37% de sus reptiles, 47% de sus aves y el 47% de sus anfibios. El 40% de la vegetación del Caribe es única de esta zona(16). Todo este hábitat está amenazado con la extinción. Sólo una reforma agraria radical que termine con la privatización de la tierra y el agua y defienda el aire que respiramos, puede detener este ultimátum que nos da el Capital en su profunda crisis. Hacia grandes movimientos social-políticos para enfrentar al Capital. Ese intento de volver a unir el movimiento popular en un solo brazo extra parlamentario de un movimiento socialista articulado alrededor de un programa radical, no se corporiza en los sindicatos clásicos continentales y sus centrales sino en un nuevo sujeto histórico que ha comenzado a estructurarse y generalizarse desde hace más de dos décadas. Y esa dinámica de volver a reunir lo que nunca debió ser separado es un precioso componente embrionario del nuevo sujeto social que ahora pretende conformarse como un sujeto social-político. La negación de la división sindicatos/partidos pone en cuestión tanto la identidad sindical que se arrastra desde finales del siglo XIX, que tiene por límite los escenarios reivindicativos que no amenacen al Capital y que considera un hecho incontrovertible su complementariedad y subordinación a los partidos políticos, como la concepción de partido revolucionario con base social que heredamos del siglo pasado. La realidad nos indica que está descartada la estrategia de acumulación propia de un pequeño grupo político que durante décadas va ir ampliando su base social y aumentando su representación parlamentaria hasta llegar un momento en que pueda disputar el poder. Tanto los partidos socialistas y comunistas como la gran mayoría de partidos de “intención revolucionaria” -de alguna forma hay que llamarlos- eran y son instrumentalizadores de los sindicatos y demás movimientos sociales. Militaban en ellos para coparlos. Y cuando en algunas excepciones los partidos autodenominados “revolucionarios” eligieron parlamentarios no pudieron escapar del “círculo mágico” paralizante sindicato/partido/parlamento. Cuando no se han pasado con armas y bagajes a la institucionalidad burguesa, se han transformado en “grupos testimoniales” que continúan repitiendo “mantras” del siglo pasado e intentando obtener mayoría en sindicatos y centrales que favorezcan sus estrategias de auto-construcción. Esto no significa renegar totalmente de partidos y sindicatos en general, sino negar la concepción sindicato/partido/parlamento que heredamos del siglo pasado. Lo importante es que en esta nueva época histórica abramos una reflexión sobre esos organismos, sus limitaciones y el rol negativo que jugaron en su interrelación, respecto a los intereses de clase del trabajo. Somos conscientes que la última palabra al respecto la tienen los innumerables movimientos que están batallando hoy en nuestra América por mejorar el presente y defender el futuro de nuestras sociedades. Lo importante es reconocer que en nuestro continente hay nuevas formas organizativas construidas por los trabajadores y el pueblo que nos permiten zafar de la nefasta división entre lo social y lo político. En términos de demandas, desenvolver una fuerza suficientemente grande para desafiar con suceso a las huestes del Capital, implica unir movimientos diversos, en los enfrentamientos inevitables para la realización de finalidades y objetivos limitados, buscando siempre la forma de preservar la integridad de las perspectivas estratégicas sin perder contacto con las demandas, determinaciones y potencialidades inmediatas, que nos imponen las condiciones históricamente determinadas. Este nuevo sujeto social-político continental también exige, así como la soberanía de sus decisiones en sus movimientos, la más absoluta democracia horizontal. Muchos veteranos activistas ya hicieron la experiencia con el supuesto centralismo democrático: una contradicción semántica que en la realidad siempre se resolvía en el sentido burocrático. Los integrantes de ese nuevo sujeto social-político están tomando consciencia de su forma colectiva de definir sus demandas y necesidades y por tanto también quieren resolver colectivamente sus pasos a dar. Se ha abierto un proceso en que se empieza a rechazar el sistema de las órdenes inapelables de los “jefes políticos” o la delegación de las decisiones en “dirigentes esclarecidos”. Fidelidad a los principios socialistas y programas de acción viable y flexible para la diversidad de fuerzas de un amplio movimiento social-político que comparta los variados objetivos comunes de lucha y decida en democracia horizontal sus orientaciones y acciones. Esto es lo que están imponiendo los sectores populares en innumerables movimientos para luchar contra el sistema de acumulación del Capital en su etapa de crisis estructural crónica.Texto:  J. L. Berterretche

Notas:
1) Harvey, David The Condition of Postmodernity - Basil Blackwell Ltd. 1989.
2) Mészáros, István, Para Além do Capital, p. 833-834.
3) Ibíd. p. 834.
4) Ibíd. p. 856.
5) Antunes, Ricardo. Presentación de “Para Além do Capital” de István Mészáros, pág. 18.
6) Daniel Bensaid “Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren” setiembre 2004. http://www.rebelion.org/docs/4578.pdf
7) Ibíd.
8) Ibíd.
9) Ibíd.
10) Ibíd.
11) García Linera, Álvaro (vicepresidente boliviano). Los fundamentos del “evismo”, Revista DEF n 9, p. 32, Argentina, mayo del 2006.
12) João Pedro Stedile, Conflicto Permanente , 16 de enero de 2013. http://www.advivo.com.br/blog/gunter-zibell-sp/conflito-permanente Publicado originalmente en la revista Carta Capital, Edición 730.
13) Este movimiento ya realizo tres grandes marchas nacionales y la última, el 11 de octubre de 2012, con diez mil personas y gran participación de pobladores del interior del país.
14) Ver Mapa de conflictos Mineros en http://www.mapaconflictominero.org.ar/provincias/la-rioja/famatina.html del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
15) Impacto de la minería en las comunidades indígenas latinoamericanas
https://www.google.com.br/searchhl=es&biw=982&bih=659&q=impacto+de+la+miner%C3%ADa+en+las+comunidades+ind%C3%ADgenas+latinoamericanas
16) De la Torre, Fajnzylber y Nash, , Desarrollo con Menos Carbono: Respuestas Latinoamericanas AL Desafío Del Cambio Climático. Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF)/Banco Mundial, Washington DC. 2009.

22 ene. 2014

Sindicatos en el nuevo siglo (2 de 3)

En el caso de Latinoamérica: con Estados que criminalizan los reclamos sociales o que directamente asesinan campesinos, indígenas y militantes sociales poniéndoles el rótulo de terroristas; o que permiten que esos crímenes se realicen con impunidad; o que reprimen a los estudiantes que luchan por una educación pública gratuita y a los trabajadores rurales sin tierra que exigen la aplicación de la reforma agraria en toda América Latina y el Caribe. Con un sistema político envilecido por la impunidad de la corrupción y el nepotismo a todos los niveles y en todos los países, incluidos los antiguos partidos de izquierda luego de la instauración de gobiernos “progresistas”; un sistema de partidos que en todo su espectro claudica al neoliberalismo y a las multinacionales. Y todo esto en un panorama continental de cuestionamiento de la mayoría de la población a las instituciones de dominación burguesas-imperialistas -que en varios casos han llegado al colapso frente al empuje popular-; ¿debemos seguir atados a la “manera mediada bajo la forma de lucha política entre partidos”? ¿Entre cuáles partidos? Ya que son casi inexistentes o testimoniales los que intentan defender los intereses de los sectores populares. Continúa diciendo Bensaid: “Ya que la dialéctica de la emancipación no es un río largo y tranquilo: las aspiraciones y las expectativas populares son diversas y contradictorias, a menudo divididas entre la exigencia de libertad y la demanda de seguridad. La función específica de la política consiste precisamente en articularlas y conjugarlas”(10). Los movimientos sociales continentales empiezan a demostrar en algunos casos su capacidad de articular y conjugar las “aspiraciones y expectativas populares” y estructurarlas en un programa común. Los organizadores y movilizadores sociales obtendrían mucho mejor resultado y se sentirían más realizados si se integraran en estos movimientos y se dedicaran a la tarea de ayudar a formular sus necesidades y a impulsarlos y aglutinarlos bajo sus demandas. Abandonando la desgastante tarea de autoconstrucción de pequeñas organizaciones políticas, repitiendo fórmulas obsoletas. Estamos hablando de un nuevo sujeto social-político que toma conciencia de sus necesidades y las articula en el plano social y las conjuga en el plano político. De lo que hablamos es que adquiere relevancia y urgencia la necesidad de contraponer a la fuerza destructiva extra parlamentaria del capital la correcta acción extra parlamentaria de un movimiento socialista radicalmente re-articulado. Como lo atribuye a Laclau, Bensaid no renuncia al horizonte de unificación de lo social y lo político. Por el momento nos describe un panorama contradictorio: “¿Movimientos acéfalos, reticulares, rizomáticos, obligados por las derrotas a quedar acorralados en una interiorización subalterna del discurso dominante? Pero también redespliegue del movimiento social en los diferentes ámbitos de la reproducción social, multiplicación de espacios de resistencia, afirmación de su autonomía relativa y de su temporalidad propia. Todo esto no es negativo si se va más allá de la simple fragmentación y se piensa en la articulación”(10). El paisaje continental nos da algunas pautas alentadoras. En las revueltas populares de los últimos años se pudieron detectar organizadores y movilizadores social-políticos junto a sus propios movimientos, trascendiendo los límites que les adjudica la democracia burguesa y lanzándose con éxito a “articular” y “conjugar” las demandas en el plano político. Quizá el horizonte de unificación no esté tan lejano sí -en las palabras y en los hechos- caminamos decididos hacia él. Algunos ejemplos del nuevo sujeto social-político continental. Los campesinos de Chiapas-organizados en el EZLN- eligieron un camino diferente. En silencio defienden sus territorios del gobierno y las corporaciones y salvaguardan sus producciones de los intentos destructivos del mercado. Y por ese camino han crecido y se han fortalecido. Y antes, en medio de un proceso electoral se propusieron “escuchar abajo” a los sujetos socio-políticos explotados, discriminados, segregados, para que, a partir de su autonomía, establezcan las bases de un programa anticapitalista, como “proyecto de nación”. Y evitaron el derroche de esfuerzos de participar en elecciones digitadas y manipuladas por el imperio. Que es de lo que se compone hace décadas la política mexicana.
Esto no quiere decir que se descarte en absoluto ni la participación electoral ni la intervención parlamentaria. Pero debemos aprender de las últimas experiencias continentales en ese sentido. Los cocaleros del Chapare, los indígenas de Omasuyo, los pobladores de El Alto y otras innumerables organizaciones sociales y étnicas de Bolivia, optaron por el escenario electoral para disputar el gobierno con todos los partidos del sistema. Pero esto, sin delegar la formulación de su programa ni su representación en los políticos profesionales que estafaron sistemáticamente sus esperanzas. La intervención electoral en Bolivia se realizó sobre la base de un enorme movimiento social que representaba a los pueblos originarios que, a su vez, son mayoría en el país. Y con el antecedente inmediato de un enfrentamiento al Capital violento y extenso en términos de territorio y de tiempo. Cortes de carreteras, invasión de haciendas y/o bloqueo de ciudades, asedio a los parlamentos oligárquicos, derrocamiento de dos presidentes lacayos del imperio, huelgas y piquetes, choques violentos entre la población y el aparato represivo. Y en esos choques, tanto ejército como policía tuvieron síntomas de disgregación. Fue esta decisiva batalla del movimiento popular la que terminó imponiendo por primera vez en 500 años un presidente aymara -Evo Morales- en un país de población mayoritariamente indígena. En un proceso electoral en el marco de una clase capitalista vapuleada. No en unas elecciones bajo el pleno control de una burguesía estable o a la ofensiva. Por eso fue una gran conquista democrática que se extendió en luchas por el reparto o recuperación de tierras, en defensa de la soberanía sobre los recursos naturales y contra el imperialismo hegemónico. Como explica el vicepresidente García Linera: “El primer componente central del “evismo” es una estrategia de lucha por el poder fundada en los movimientos sociales. Esto marca una ruptura con las estrategias previas que ha conocido nuestra historia política y buena parte de la historia política continental y mundial. Anteriormente, las estrategias de los sectores subalternos estaban construidas a la manera de una vanguardia política cohesionada que lograba aglutinar en su base social a estos movimientos.”...“En otros se trató de una vanguardia política democrática-legal o armada que lograba arrastrar o empalmarse con movimientos sociales que la catapultaban”...”El “evismo” modificó ese debate, al plantearse la posibilidad de que el acceso al poder sea obra de los propios movimientos sociales”(11). Es que en Bolivia, desde la guerra del agua en Cochabamba se venía conformando un movimiento social-político que no separaba las demandas sociales de las políticas, porque no era parte de la tradición europea del brazo sindical/brazo político. Ver pié de página en el capítulo I. Ver CAPÍTULO 3

21 ene. 2014

Sindicatos en el nuevo siglo (1 de 3)

En un primer momento pudo pensarse que las crisis de las centrales obreras que se arrastraban desde fines del siglo anterior tenían que ver con la “acumulación flexible” al decir de Harvey(1). Es decir: con la aplicación de la “globalización” y el “neoliberalismo” y la producción en masa de trabajadores superfluos a partir de los '70 que debilitaban la sindicalización.
 Pero hay razones más profundas. Nos referimos a la aceptación, desde hace más de un siglo, de un paradigma que la historia de los fracasos del siglo XX ha demostrado funesto. Se trata de la división entre “brazo político” y “brazo sindical” que inició la socialdemocracia a fines del siglo XIX y que continuó en los partidos obreros reformistas, o no, sean socialdemócratas, comunistas, etc. El precio pagado por esa división sindicato-partido fue el debilitamiento de la potencialidad de lucha de los trabajadores causado por la aceptación del parlamento como el único ámbito donde enfrentar la dominación del capital. En términos prácticos significó la división catastrófica del movimiento de los trabajadores en los denominados “brazo político” y “brazo sindical” con la ilusión de que el “brazo político” podría representar, en su acción legislativa, los intereses de la clase trabajadora organizada en las empresas industriales capitalistas y en sindicatos de cada rama del “brazo sindical”. Pero, con el pasar del tiempo, todo resultó de forma opuesta. El “brazo político” en vez de usar su mandato político en defensa de los intereses de los trabajadores representando al “brazo sindical”, subordinó los sindicatos al parlamento lo que en los hechos significó someterlo a la mecánica de las instituciones burguesas y a través de éstas a la política estratégica del Capital(2). Ese nefasto paradigma en ningún momento proyectó al “brazo político” como impulsor de la lucha de los trabajadores como clase. Los mantuvo dentro de los límites de las demandas sociales que no ponían en riesgo la acumulación del Capital. Al tiempo que amputó los intereses políticos de los trabajadores y confinó a los sindicatos a las luchas estrictamente reivindicativas económicas del trabajo. De esta manera los supuestos “representantes parlamentarios del trabajo” lograron imponer a sus representados una imposición vital para el Capital: que fuera inadmisible en las “sociedades democráticas” cualquier actividad sindical -y por extensión social- que tuviera objetivos políticos. Las organizaciones de “intención revolucionaria” del siglo XX aceptaron este modelo. Se limitaron a criticar el reformismo sindical y el cretinismo parlamentario sin comprender que ambas formas de actuación estaban implícitas en la división sindicatos/partidos como parte de un triángulo que se cerraba con el parlamento para resultar funcional al capital. Esa separación educó a los trabajadores organizados en los sindicatos a no ir más allá de las reivindicaciones que no ponían en cuestión la dominación del capital y circunscribió la actividad de los partidos obreros reformistas en el parlamento a una aceptación explícita o implícita del comando del Capital. Los dos pilares de la acción de clase de los trabajadores, en occidente -partidos y sindicatos- están en realidad inseparablemente unidos a ese tercer miembro del conjunto institucional global: el Parlamento, que forma el tándem de Sociedad civil/Estado político y se cierra aquel “círculo mágico” paralizante del cual parece no haber salida. Tratar los sindicatos junto con otras (mucho menos importantes) organizaciones sectoriales, como si perteneciesen, de alguna manera, apenas a la “sociedad civil” y que, por tanto, podrían ser usados contra el Estado político para una profunda transformación socialista, es un sueño romántico e irreal. Esto es así porque el círculo institucional del Capital, en realidad, es hecho de totalizaciones recíprocas de la sociedad civil y del Estado político, que se inter-penetran profundamente y se apoyan poderosamente una en otro(3). 
La crisis de las centrales sindicales y el fracaso de los partidos obreros con influencia de masas en las últimas décadas es el hundimiento de esa división. Es el resultado de persistir en el sostén de ese anacronismo histórico negativo. Como contracara, los nuevos movimientos sociales que rechazan ceder su representación política a los partidos de izquierda, expresan la negación a más de un siglo de derrotas de la división entre “brazo sindical” y “brazo político” que culmina en el Parlamento aceptando la jefatura del Capital. Y esto es así porque: el Capital es la fuerza extra-parlamentaria por excelencia que no puede ser políticamente limitada en su poder de control socio-metabólico del sistema capitalista. Esa es la razón por la cual la única forma de representación política compatible con el modo de funcionamiento del Capital es aquella que niega la posibilidad de contestar su poder material. Y, justamente por ser la fuerza extraparlamentaria por excelencia, el Capital nada tiene que temer de las reformas decretadas en el interior de su estructura política parlamentaria(4). La acumulación de frustraciones del siglo XX demuestra que el parlamento es el más inocuo escenario para batallar contra el Capital. Esta situación se agrava en la actual etapa de crisis crónica del Capital, cuando éste no tiene condiciones de ceder ni mínimos beneficios, derechos o libertades a la clase que se le opone. Con el consiguiente acomodamiento de los representantes parlamentarios del trabajo, sobre los que cada vez más, prima el oportunismo.  El poder extra-parlamentario del Capital sólo puede ser enfrentado por la fuerza y por el modo de acción extra-parlamentario del trabajo en todas sus formas. Sólo un vasto movimiento de masas radical y extraparlamentario puede ser capaz de destruir el sistema de dominio social del Capital(5). Daniel Bensaid en sus 'Teoremas' de la resistencia a los tiempos que corren, a mediados de la década pasada, nos decía que estábamos “frente a una doble responsabilidad: la transmisión de una tradición amenazada por el conformismo y la exploración de los contornos inciertos del futuro”. “Más allá de las diferencias de orientación y de las opciones a menudo intensas, el movimiento obrero de esa época (refiriéndose al siglo pasado) presentaba una unidad relativa y compartía una cultura común. Se trata, hoy en día, de saber qué queda de esta herencia, sin dueños ni manual de uso”. “Hemos iniciado entonces el peligroso tránsito de una época a la otra y nos encontramos en el medio del río, con el doble imperativo de no permitir la pérdida de la herencia y de estar dispuestos a recibir lo nuevo a inventar”(6). De todos los temas de la tradición obrera que enumera Bensaid nos centraremos en las relaciones partidos-sindicatos-parlamento porque es allí que encara al sujeto social y su relación con la política. Para Bensaid: “La lucha política no se disuelve en la lógica del movimiento social. Entre la lucha social y la lucha política no hay ni muralla China ni compartimentos estancos. La política surge y se inventa dentro de lo social, en las resistencias a la opresión, en el enunciado de nuevos derechos que transforman a las víctimas en sujetos activos”(7). Lo primero que debemos preguntarnos es: ¿existe una “lógica del movimiento social” que nos impone la división entre “brazo sindical” y “brazo político” del movimiento del trabajo? Cuando Hegel definió a la libertad como conciencia de la necesidad nos estaba diciendo lo mismo que con total acierto afirma Bensaid: que la “política surge y se inventa dentro de lo social” pues es en la experiencia de la opresión, en las luchas contra la explotación que se formula la “conciencia de la necesidad”, se enuncian nuevas libertades y los sujetos se ponen en movimiento para conquistarlas. Comencemos por tener claro entonces, que la política del trabajo no nace en las cúpulas de las organizaciones políticas de la izquierda, ni en la cabeza de los líderes carismáticos sino en el propio seno de la praxis social. La política no es entonces un producto de la elucubración separada de la realidad sino un fruto de la acción de masas. Sigamos el razonamiento de Bensaid: “Sin embargo, la existencia de un Estado como institución separada, a la vez encarnación ilusoria del interés general y garante de un espacio público irreductible al apetito privado, estructura un campo político específico, una relación de fuerzas particular, un lenguaje propio del conflicto, donde los antagonismos sociales se manifiestan en un juego de desplazamientos y de condensaciones, de oposiciones y de alianzas. En consecuencia, la lucha de clases se expresa allí de manera mediada bajo la forma de la lucha política entre partidos”(8). Es esa “manera mediada bajo la forma de lucha política entre partidos” la que está en cuestión hoy por innumerables movimientos sociales. ¿Debemos aceptar el escenario del Estado como “encarnación ilusoria del interés general”, que por otra parte con las privatizaciones y la diseminada corrupción ha dejado de ser “espacio público irreductible al apetito privado”, como el único campo político posible? ¿Debemos aceptar las reglas del juego de la democracia burguesa como la escena privilegiada del accionar político del trabajo? Ver: Capítulo 2
1.-Ver notas al final del capítulo 3
2.- Ver colección de Josep Renau 

20 ene. 2014

España, ¿un regimen autoritario?

El Grupo de Trabajo de la ONU sobre desapariciones forzadas exigió al Estado español que investigará de una vez los cientos de miles de desapariciones forzadas del franquismo. Porque son 133.000 desaparecidos, según Amnistía Internacional. España es el segundo país en desaparecidos forzosos del mundo tras la Camboya de los jemeres rojos; mucho más que Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay juntos bajo las dictaduras militares. 

La ONU también reclamó procesar a los responsables del franquismo de desapariciones por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Pero el Gobierno de Mariano Rajoy ha hecho oídos sordos (como hizo el del PSOE) y las víctimas de la dictadura franquista han de ir a Argentina a buscar justicia.
Manfred Nowack, relator especial de Derechos Humanos, ha denunciado la falta de voluntad política del Gobierno español para acabar con torturas y malos tratos a detenidos por policías. Amnistía Internacional ha denunciado casos en España desde 2007 en tres informes. Y asegura que “no sólo hay malos tratos y torturas, sino impunidad de los torturadores”.

Cambiemos de tercio. Jueces, fiscales, catedráticos de Derecho y abogados critican con dureza las propuestas de nuevo Código Penal y Ley de Seguridad Ciudadana. Porque criminalizan a la ciudadanía y violan sus derechos. Incluso el Consejo del Poder Judicial lamenta que este Gobierno supere a Franco y Primo de Rivera, pues va más lejos que esos dictadores, que nunca introdujeron la cadena perpetua en el sistema penitenciario. Y el PP sí lo hace, aunque la llame “prisión permanente revisable”.
Para Jueces por la Democracia, esa reforma penal es ilegítima, porque la realidad de delitos del país no pide aumentar las conductas a castigar ni las penas. Las tasas de delitos disminuyen desde hace más de 10 años y, según Eurostat, España es uno de los países más seguros y menos violentos de Europa.
Esta reforma es ilegítima por innecesaria y crear un nuevo delincuente: el disidente político. Incluso desde la conservadora Asociación de Jueces Francisco de Vitoria sostienen que las propuestas “atentan contra derechos fundamentales de las personas, criminalizan conductas sociales y tienen un contenido marcadamente ideológico y político”.
Se afianza el autoritarismo, cuando destacados dirigentes del PP, como Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, afirma que la ley es muy permisiva con los derechos de reunión y manifestación. Y quiere “modularla”. ¿Modularla? Quieren hacer ilegal la protesta ciudadana para reprimirla a placer. Como en la dictadura franquista. 

Pero no solo de represión viven los autoritarios. Defienden a capa y espada sus intereses de clase. Según el fiscal Anticorrupción Luzón, en el nuevo Código Penal no hay instrumentos de acabar con la corrupción. La reforma, denuncia, creará amplios y peligrosos espacios de impunidad y será más difícil combatir la delincuencia organizada y la corrupción.
Si añadimos que la Fiscalía mira a otro lado ante los posibles delitos del partido del gobierno por su contabilidad B, se opone a que Rajoy declare en el caso Bárcenas, no investiga la destrucción de discos duros del imputado ex-tesorero Bárcenas y se querella contra el juez Silva, que envió a prisión al ex-presidente de Caja Madrid (muy amigo de Aznar), el escenario resultante es el de un régimen autoritario y bananero. Pero no menos peligroso.
La minoría económica que tiene el poder provocó la crisis. Decidió que era buena ocasión para cargarse el llamado estado de bienestar y convirtió la crisis en saqueo. Pero la gente reaccionó. Y la minoría empezó a vaciar la democracia, ya muy tocada. Se pasaron por el arco de triunfo la soberanía de los países, colocaron a sus tecnócratas en los gobiernos y forzaron a tirar por el retrete los compromisos electorales. Y gobernó la Troika, mientras se violaban derechos cívicos, políticos, económicos y sociales de la gran mayoría ciudadana. Pero como la gente no se quedó quieta (aunque aún no ha reaccionado lo que debiera), ahora toca represión.
En esas estamos. No solo en España. En toda Europa cuecen habas represivas. Como ahora en Alemania. Parte de Hamburgo ha sido puesto en estado de excepción para que la policía, identifique, registre y detenga cuando quiera. Así respondes las autoridades a la magna protesta ciudadana contra el cierre de un centro cultural.
El reto es que la mayoría ciudadana pierda el miedo. Para que las cosas cambien. Texto: Xavier Caño T. Ver: La banca contra España

18 ene. 2014

8 Tesis sobre el neoliberalismo (4 de 4)

Tesis 7. El Neoliberalismo radicalmente es autoritario

Como lo muestra y demuestran la gran mayoría de los casos en la región, el inicio y la raíz de la era neoliberal in vivo, es decir, la inauguración del neoliberalismo real, se encuentra fuertemente asociada con un arco autoritario. Tanto de naturaleza sociopolítica como económica; igualmente desde punto de vista institucional como para-institucional.
Por una parte, el componente autoritario se despliega a través de la oleada de dictaduras cívico-militares impuestas en el Cono Sur del continente desde la década de 1970s (decíamos anteriormente, empezando por Chile y Argentina además de los antecedentes de este período en Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay, entre otras). Todos estos acontecimientos tienen la impronta además de estar promovidos por el intervencionismo extranjero, situación confirmada a través de la documentación desclasificada por parte de la Central de Inteligencia Americana, a propósito del Plan Cóndor, a la postre uno de los casos más paradigmáticos, y que aplicaría ampliamente para los países latinoamericanos y caribeños. Por otra parte, el influjo del autoritarismo neoliberal se mantuvo incluso después de la época de las dictaduras cívico-militares. En la oleada posterior de “democratizaciones” bajo la institucionalización de las llamadas democracias restringidas - al decir de O’Donnell delegativas o democracias con gran potencial autoritario - desde la década de los 80s y especialmente en la década de los 1990s, el modelo neoliberal instalado inicialmente a través los golpes de Estado se profundiza y se consolida en distintos aspectos.
En casos más puntuales, como el colombiano donde las rupturas institucionales fueron menos inestables y más excepcionales, el autoritarismo se habrían cristalizado bajo la presencia e institucionalización de regímenes anocráticos o simplemente Anocracias: una tipología de régimen político: “parte democracia, parte dictadura”, considerando un análisis empírico más próximo de las características inherentes al contexto. El régimen económico aquí también ha reforzado correlativamente al régimen político, y a la inversa, con lo cual sería lícito de hablar para estos casos de régimen económico-político de Anocracias neoliberales.
En este contexto sería fundamental remarcar el hecho que el modelo neoliberal tiene como presupuesto inicial dentro del arco autoritario la violencia estatal: “Con el Terrorismo de Estado se dispone deliberada y sistemáticamente el pasaje del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) al nuevo modelo neoliberal (…) los principales métodos mediante los que se construyeron las bases del neoliberalismo en nuestro país [Nota: se refiere a la Argentina, pero es una afirmación que se verifica para los demás países de la región] fueron tanto la impunidad como el terror sistemáticamente organizado por el Estado'.
Quisiéramos subrayar entonces que, como tendencia en general, además de los procesos considerados “normales” (legales, institucionalizados) la matriz neoliberal desde su mismo nacimiento emerge de la mano de procesos “para-normales” (ilegales, para-institucionalizados) como forma de instalarse en la región, de la mano de la impunidad y la violencia del terrorismo de Estado, dos elementos - veremos - imposibles de soslayar a la hora de analizar el régimen económico-político del neoliberalismo y que, ratifican - entre otras - que el funcionamiento del neoliberalismo exige necesariamente dimensiones extraeconómicas y, en específico, como sucede dentro del capitalismo (recordemos la exacerbación de todas las lógicas del sistema en la fase neoliberal), la progresión del carácter violento del Capital en relación con el Trabajo (precarización y desposesión exasperadas) y también en relación con la Naturaleza (depredación agravada). No obstante, la etapa de contrarrevolución neoliberal, en diferentes situaciones y episodios más allá de la oleada dictatorial, todavía mantiene una combinación particular entre la violencia institucional (legal y “legítima” á la Weber) y la para-institucional, en ciertos casos velada y en otros “institucionalizada”. Colombia sería un caso paradigmático de esto último en vista de la sistematicidad de fenómenos sociopolíticos como el Paramilitarismo - auspiciados en asocio con sectores del Estado y de la dirigencia política; o, en otros términos, los equivalentes medioambientales que representan prácticas ecocidas (alegórico de homicidios al ecosistema) como el fracking, autorizados por varios Estados extractivistas y neoextractivistas.
En este sentido, no habría que olvidar las palabras de David Harvey en relación al hecho sustancial contemporáneo - léase el síntoma más diciente del actual capitalismo neoliberal - que: “(…) estamos en el medio de una transición fundamental del funcionamiento del sistema global… El balance entre acumulación por desposesión y reproducción ampliada ya se ha volcado a favor de la primera y es difícil imaginar que esta tendencia haga otra cosa que profundizarse, transformándose en el emblema de lo que es el nuevo imperialismo”.

Tesis 8. El Neoliberalismo es eminentemente Colonialista: ¿la tercera edición de la servidumbre?

Una de la tesis más ensombrecidas y en la que existen grandes déficits en el análisis del neoliberalismo es la urgente reflexión sobre su naturaleza sustancialmente colonialista9. Ésta, raíz inherente, se expresa de varias formas. Nos limitamos aquí esbozarla a través de dos dimensiones cruciales: 1) el componente colonial in vitro del pensamiento político-ideológico neoliberal; y 2) el neoliberalismo neo-colonial in vivo y los resultados concretos que podrían sugerir hacia adelante una hipotéticas tercera reedición de la servidumbre.
En primer lugar, la impronta ideológica colonial del neoliberalismo ya puede rastrearse desde las reflexiones inaugurales suscitadas en la Sociedad Mont-Perélin, foro neoliberal que evoluciona en paralelo al período de “descolonización” de postguerras del siglo XX, especialmente en África, y la tesis del desarrollo colonial sostenida por los propios países colonizadores europeos las cuales permiten comprender de qué manera se construyó este núcleo al interior del neoliberalismo, ante todo, presentándolo como su opuesto: un horizonte “liberador” e “independentista”, incluso, “emancipador”; y, simultáneamente, proponiéndolo como una fatalidad dentro del proceso de modernización en el marco de los valores de la modernidad capitalista. No sin razón, el supuesto “triunfo definitivo” del Capitalismo en el siglo pasado y tras el derrumbe de los llamados Socialismos reales promovió la idea según el Capitalismo - en su variante neoliberal - sería la fase superior (última históricamente) de la evolución-civilización humanas; el último hombre de Francis Fukuyama.
Pero más allá de la mera reflexión filosófica sobre este asunto, el “subdesarrollo” y, en consecuencia la misma noción de “desarrollo” - ambos eufemismos que actualizan en positivo y en negativo la idea-fuerza quizás más sustancial del Capitalismo histórico: el Progreso -, proceden y emergen unívocamente dentro y desde los márgenes del neoliberalismo. Aun cuando existe al día de hoy una larga tradición crítica que ha develado el carácter colonialista de la idea del Desarrollo, sigue sin enfatizarse que el desarrollo y el sub-desarrollo son conceptos eminentemente neoliberales.
A partir de lo que ha documentado recientemente - y como pocos - Plehwe (2009), podemos establecer que el Desarrollo como discurso dominante neoliberal-colonial ha sido generado ideológicamente tanto desde un punto de vista de: a) proyecto (político) estratégico en la forma de paradigma general y específico para la reproducción global en el capitalismo tardío como de b) trayectorias (de políticas) tácticas.
En este primer caso (a), desde el mismo momento de la invención de la dicotomía Desarrollo/Sub-desarrollo con la enunciación de la Doctrina Truman (1949): los países más desarrollados debían mostrar la vía hacia el Progreso y prestarle “ayuda” a los menos desarrollados (“sub” y/o “en” desarrollo) para que éstos últimos abandonen tal condición.
Este tema fue objeto de reflexiones permanentes en las agendas de Mont-Perélin. Al principio - como lo reconstruye Plehwe - estuvo relativamente subordinado a otras prioridades relacionadas con la coyuntura política, especialmente, internacional del momento. Precisamente, el tópico del Desarrollo se convierte en clave con la consolidación de la Guerra Fría. Dentro de esta articulación, el papel que jugaría el comercio internacional, uno de los tres “grandes temas” dentro de la Sociedad Mont-Pérelin (los otros dos eran el carácter del Estado y la influencia del socialismo) fue discutido amplia y sistemáticamente en varias conferencias neoliberales pero con la particularidad que era tratado en relación con “los países en subdesarrollo”. Seguramente una de las más famosas conferencias, la realizada en Beauvallon (Francia) a principios de la década de los 1950s y en donde existió un panel titulado: “Liberalismo y los países subdesarrollados” tuvo entre sus objetivos - como en las de todas estas aventuras intelectuales - provocar un marco ideológico y, luego, acciones prácticas para resolver el acertijo del subdesarrollo bajo una visión neoliberal, desde luego distante - técnica y, sobre todo, políticamente - de las posturas keynesianas, estructuralistas y socialistas. Finalmente, el neoliberalismo convino en que: “(…) el principal camino hacia el progreso económico para los países subdesarrollados - decía Benham en 1951 - está en incrementar su producto por trabajador en la agricultura y especializarse en producir para exportar esos bienes y servicios en los cuales ellos tengan ventajas comparativas…”.
La respuesta neoliberal proponía que el “desarrollo” debía basarse en la especialización de la producción tradicional agrícola dirigida “hacia afuera” (exportación) y, por lo tanto, orientada hacia el mercado (libre comercio internacional); por supuesto, una visión que riñe en casi todos los aspectos con la política de industrialización por sustitución de importaciones y el desarrollo nacional hacia adentro en boga en el capitalismo de esos años y completamente antípoda si se lo compara con los detalles económico políticos presentes en los regímenes socialistas.
¿Qué implicaciones conllevaría lo anterior en términos del componente colonial que se le inculca al neoliberalismo? Primero que la estrategia de desarrollo sugiere “la concentración recomendada en el sector primario (especialización de las exportaciones en áreas competitivas de esto)… [la cual] no podría desafiar la prevaleciente división global del trabajo estando así en línea con los intereses (conservadores) de los países desarrollados aún con el control de los territorios coloniales (asegurando un mejor y continuado acceso a los insumos primarios y evitando potencialmente nueva competencia para sus propias exportaciones industriales a las regiones)”. Pero, en segundo término - propone Plehwe - este tipo de argumentaciones estaban plenamente arraigadas en los “estereotipos típicos de la antropología victoriana prevalecientes en el discurso comparativo del evolucionismo del siglo XIX”, es decir, en discursos coloniales de la época colonialista (en este caso británica) que marcan un tipo continuidad que se materializa a través de una especie de aggiornamento espacio-temporal de tal cosmovisión.
Ahora bien, realidades de este tipo no sólo se identifican al nivel político ideológico estratégico y paradigmático. Como también ha mostrado Plehwe para casos de estudio puntuales, políticas concretas que en el pasado reportaron algún tipo de productividad emanada de la funcionalidad política que representa la relación colonial para el capitalismo, han sido (b) tácticamente “trasladadas” y “transferidas” hacia otros contextos. El caso contemporáneo de Argentina durante la década de los 1990s con la instalación de políticas económicas neoliberales, específicamente el régimen de la Convertibilidad - de impronta colonialista - , ilustra este punto (Plehwe 2011). A través de lo anterior, el neoliberalismo ha logrado consolidar gran parte de la dependencia y subordinación neo-coloniales en la reproducción y acumulación asimétricas necesarias para su proyecto entre Centro(s) y Periferia(s), o - como más recientemente se ha venido convocando - entre el Norte y el Sur Globales (geografías espacio-temporales epistémicas y concretas del Capital).
En esta perspectiva in vitro, las tesis sobre colonialismo externo (más cercano al imperialismo y nuevo imperialismo) e interno son plenamente actuales y válidas y además refuerzan - en ambos niveles - las lógicas y las contradicciones exacerbadas del capitalismo en términos de dominación, explotación, opresión y alienación de la fase actual.
De otra parte y derivado de las consideraciones anteriores, el colonialismo neoliberal se expresa radicalmente in vivo en lo que podríamos denominar una (hipotética) tercera edición de la servidumbre.
Más allá de algunas alusiones coloquiales sobre la existencia de un régimen de generalizada esclavitud en las periferias capitalistas contemporáneas (aunque sus principales rasgos, en virtud del avance global del neoliberalismo, se mostrarían paulatinamente estructurales, incluso en las zonas centrales) debe notarse que las nuevas formaciones sociales dentro del neoliberalismo, en especial, los niveles - hoy extralimitados - en la explotación económica tanto de la fuerza de trabajo absorbida y excluida o latente (la denominada precarización, en la cual las maquilas son un buen ejemplo, y el aumento inusitado en los ejércitos de reserva de mano de obra: inactivos, desempleados, etc.) como también en la explotación ilimitada de la naturaleza (extractivismos en sus diferentes versiones) y las condiciones socioeconómicas y socioambientales en general, mayormente vinculadas con la ampliación de espacios periféricos y el recrudecimiento de sus lógicas contradictorias, podrían sugerir importantes paralelos con una (posible) tercera nueva fase de lo que Engels y Marx describieron como la (segunda) reedición de la servidumbre (Engels 1882; Skazkin et alt. 1980). En su versión original, Engels se refería a una suerte de “retraso” dentro del desarrollo del capitalismo naciente a través del fortalecimiento del feudalismo (o “retorno” a sus formas tradicionales) en Europa central y oriental. A pesar de la especificidad del “desarrollo” en estas zonas, las dinámicas estaban funcionalmente articuladas con la acumulación capitalista. Bajo nuestra interpretación, la reedición de la servidumbre de la que habla Engels supone la conformación ab origine de las periferias, a la vez contrapuestas y complementarias a las zonas occidentales centrales del capitalismo.
Hoy las configuraciones neoliberales (precarización, desindustrialización, empobrecimiento, etc.) configurarían un cuadro análogo, con todo lo que ello implica, ya no en sentido original sino “renovado” que implica (y se explica) fundamentalmente por el reforzamiento de la condición de sujeción, subordinación y dependencia neocoloniales de las periferias ampliadas, especialmente en su sentido socioeconómico, dentro de la economía-mundo. Con base en ello, sería plausible proponer hacia el futuro una reedición de la servidumbre (en sentido relativo y, en ciertos casos, pleno) en una tercera versión como tesis de trabajo y en tanto signo característico del sistema socioeconómico, esta vez estacionario, - en palabras de Gunder Frank - del “desarrollo del subdesarrollo” (condición colonialista) profundizada en la hegemonía (y trance) neoliberal.

Sintesis liminar: Antineoliberalismo Anticapitalista

Considerando las anteriores 8 tesis sobre el Neoliberalismo resulta un hecho que cualquier alternativa autentica al statu quo necesariamente pasaría no sólo por una perspectiva abiertamente anti-neoliberal sino también, decididamente anticapitalista. Expliquémoslo mejor.
Por lo general, en el primer caso, el antineoliberalismo se ha agotado en señalar “críticamente” al hoy anacrónico viejo neoliberalismo ortodoxo de las últimas décadas apuntando hacia el también desgastado Consenso de Washington, es decir, al decálogo de políticas económicas allí resumidas. En este caso, no se percata que el neoliberalismo es un proyecto social y político de clase imposible de reducir a un programa específico de políticas públicas, sean éstas económicas o “sociales”. Tampoco advierte el proceso emergente hoy en marcha de recomposición del capitalismo centrado en el mercado - vale decir, los intereses privados dominantes de naturaleza neoliberal - y el cambio de estrategia asociada a la necesidad de dotar con regulacionismo estatal al proceso de acumulación neoliberal, incluyendo sus facetas de reproducción, seguramente las más ilustrativas, las de desposesión.
Hablar entonces de una supuesta era post-neoliberal sin verificar cambios (o posibles futuras transformaciones, es decir, “otro” proyecto social y político), por lo menos en la estructura y la funcionalidad del régimen económico político actual resulta ser demasiado aventurado y, en nuestro concepto, políticamente peligroso. No es válido afirmar la superación progresiva del neoliberalismo simplemente bajo la sospecha de verificar la (mayor o menor) presencia estatal - para los defensores de este tipo de argumentos, “activa” - o el cambio en un par de políticas económicas que ni reforman ni reformulan la matriz del neoliberalismo. Por el contrario, en muchos casos reales, particularmente en la región latinoamericana, las supuestas “reformas antineoliberales”, la dejan intacta. Algunos van más allá - incluso - y presumen verificar la aurora “post”-neoliberal con la excusa de una serie de políticas que se autoproclaman “sociales” y “redistributivas”, sin poner en cuestión el espectro amplio, político y económico, del neoliberalismo que venimos hablando.
Un antineoliberalismo (el cual puede identificarse fácilmente con posiciones contrarias al neoliberalismo ortodoxo pero no al neoliberalismo capitalista, tal y como sucede con las posturas heterodoxas fielmente neoliberales) sin el adjetivo anticapitalista propone ser tal vez una de las mayores encrucijadas políticas de la actualidad.
Una salida antineoliberal que no retorne nuevamente al neoliberalismo (así sea de otro tipo, llámese “regulado”, con “rostro humano” - ¡una contradicción en términos! -, todos ellos y en todo caso, neoliberales) debe convocar la destitución (y no el mantenimiento o la restitución) del neoliberalismo real. Ello significa ante todo una actitud contra el neoliberalismo, en todas sus versiones y, principalmente, des-andar el espinoso camino de las décadas anteriores y, en simultáneo, la instalación progresiva de otro régimen económico guiado e inspirado en otro proyecto político.
Por ejemplo, la vorágine de discursos y el cándido paroxismo generado sobre todo por la supuesta novedad del emergente nuevo desarrollismo (y el neo-extractivismo) en América Latina y el Caribe (también modelo por antonomasia, bajo otras características en países del Sudeste asiático), el cual en sus teorías y, especialmente, en sus prácticas, resultan ser simplemente una continuidad interrumpida, un neoliberalismo regulado que resulta antineoliberal frente al programa de políticas promovidas por la ortodoxia pero no discute el “modelo” ni el paradigma, con lo cual en diferentes sentidos converge casual o acríticamente con la heterodoxia neoliberal, se sintonizan consistentemente con el proyecto hegemónico actual y por las mismas razones resulta ser una sin-salida para la crisis actual. Quizás, lo más desaventurado de este (sub)desarrollismo neoliberal es su capacidad para “atrapar” y deshacer, precisamente “vía” el Estado, las múltiples resistencias que desde hace varias décadas se han gestado desde los pueblos de la región, no como una moda sino fruto de la descomposición y malestar de las realidades sociales que produjo y sigue produciendo el capitalismo neoliberal hoy vigente, y que han mostrado la posibilidad de auténticas alternativas ante el statu quo y sobre todo nuevos paradigmas ético-políticos. Este parece ser el gran desafío de nuestros tiempos. Texto: J. F. Puello-Socarrás. Ver: Parte 1




17 ene. 2014

8 Tesis sobre el neoliberalismo (3 de 4)

Tesis 5. El Neoliberalismo se conjuga en plural no en singular. Tipo(s) de Neoliberalismo(s)

Ahora bien, estrechamente vinculada con la tesis anterior, las confusiones más reiteradas al respecto se deben a la incapacidad analítica para identificar la existencia de tipos de neoliberalismo. En este caso, se debe afirmar que el Neoliberalismo se conjuga en plural y no en singular. Existen neoliberalismos que si bien se pueden enmarcar didácticamente bajo un concepto abarcador esta operación no debe ocultar su pluralidad constitutiva.
Sintetizando esta alternativa, podríamos decir que un primer tipo de neoliberalismo estaría más próximo a la profundización y radicalización de los argumentos neoclásicos usamericanos, y más lejano de los estilos heterodoxos (austriaco, alemán, etc.). En el debut de la época neoliberal, asistimos a la normalización de los referentes neoliberales cristalizados en torno a los criterios angloamericanos durante la etapa de los procesos de ajuste y de las denominadas “reformas de primera generación” observadas con particular ímpetu en las periferias. Si se quiere, el primer neoliberalismo fue abiertamente usamericano. No obstante, recientes transformaciones al interior del proceso neoliberal y paralelo a nacientes configuraciones concretas (p.e. contrarreformas de segunda y tercera generaciones en el marco del proceso in vivo de construcción neoliberal a nivel global y también en razón a la crisis de referentes en medio de la Crisis) sugieren, en concreto, un segundo tipo de neoliberalismo en el cual los núcleos austriacos y alemanes del neoliberalismo vienen tomando paulatinamente una mayor relevancia, en detrimento de las versiones usamericanas. No sobra advertir, en todo caso, que las manifestaciones concretas del emergente neoliberalismo todavía cuentan con rezagos provenientes de ambas visiones, previniendo alguna clase de mixtura con cierta hegemonía “austriaca” la cual viene posicionándose espectacularmente. Los rasgos que, precisamente, insinúan un tránsito al interior del neoliberalismo desde su versión ortodoxa americana hacia los referenciales austriacos-alemanes manifiestan las “críticas” (superficiales en todo caso pues no amenazan al neoliberalismo, por el contrario) y el relativo abandono de categorías antes centrales como el “hombre económico (puro)”, la ingeniería social, los modelos de competencia perfecta y “el equilibrio” para activar nociones más funcionales, ajustadas y versátiles como el individuo emprendedor, el “emprendimiento”, y la pretendida “racionalidad creativa” y también a través de nuevas formas de acción institucional (un ejemplo son las privatizaciones “implícitas” encarnadas por las asociaciones ó alianzas público-privadas, los llamados cuasi-mercados, etc.) Lo anterior es igualmente visible frente a la discutida cuestión estatal que también enfrenta a un neoliberalismo anti-estatista y un nuevo neoliberalismo que admite la regulación (oportunista) del Estado, aunque como la ortodoxia, es claramente anti-intervencionista, decíamos antes, dos cuestiones diferentes.
La profunda crisis de referentes intelectuales e ideológicos en los que se debate el (para hoy “viejo”) pensamiento neoliberal de la ortodoxia neoclásica y el debilitamiento de la hegemonía de los defensores a raja tabla de las tesis del absolutismo del mercado, incluso, en sus versiones más recalcitrantes confirman esta tesis. Pero también y al mismo tiempo refuerzan la sospecha que presenciamos el reciclaje de las “antiguas” ideas neoliberales y la puesta a tono de su pensamiento con los nuevos tiempos. Las élites intelectuales hegemónicas del establishment propician hoy un tránsito - por ahora, débilmente advertido pero que poco a poco ha venido instalándose - al interior del pensamiento neoliberal, particularmente en la teoría económica, en lo que se denominaría un “novel neoliberalismo”, nuevo neoliberalismo.
Este tránsito tiene un correlato ideológico e intelectual que puede ser ilustrado con los detalles relacionados con los Premios nobel en economía en su historia más reciente. Tomemos uno de los tantos ejemplos: el caso de la Nobel Elinor Ostrom, el cual aplica casi para la totalidad de los premios adjudicados en este tema durante el siglo XXI, época del tránsito de la ortodoxia a la heterodoxia neoliberal.
Ostrom profesa un tipo de neoliberalismo que si bien hasta el momento ha permanecido en la sombra hoy emerge imperceptiblemente pero con fuerza. Sus posiciones teóricas abandonan relativamente los presupuestos tradicionales de la escuela neoclásica angloamericana, el neoliberalismo típico ortodoxo (por ejemplo, la idea del homo economicus), pero posiciona, al mismo tiempo, con parsimonia e ímpetu característico, las posturas de la escuela neoclásica heterodoxa (austriaca) retomando a los padres del neoliberalismo como Mises y Hayek quienes desde la década de los 70s - tiempo en que debutaron Buchanan y Tullock, promotores de la síntesis austro-americana - disfrutan de un enclave estratégico en las universidades de Usamérica. Su concepto de bienes comunes resulta más que ilustrativo de lo que afirmamos.
Los premios nobel en economía recientemente han dado un espaldarazo al tránsito desde las ideas de Friedman y compañía hacia una generación de conceptualizaciones “novedosas”, esta vez apoyadas en Hayek y sus seguidores, pues desde distintas voces se ha venido subrayando la necesidad de dejar atrás un neoliberalismo que ya se considera entre los mismos círculos neoliberales, anacrónico y obsoleto, para sustituirlo por otro neoliberalismo “actualizado”. Las ideas neoliberales austriacas (y alemanas) parecen estar a la fecha “mejor capacitadas” -teórica, epistemológica, intelectual y, por supuesto, políticamente- para afrontar las necesidades hegemónicas del mundo social contemporáneo y del capitalismo tardío, con todo lo que ello implica. Desde luego, de lo que se trata es redimir al capitalismo neoliberal de su apremiante crisis.
Antes que presenciar entonces un declive inminente del pensamiento dominante lo que parece sugerirse hacia adelante tanto la contestación (vía crítica por parte de anti-neoliberales) como la reactivación del neoliberalismo, mediada por la circulación y el recambio de sus corrientes y élites ortodoxas por otras: heterodoxas (vía crítica por parte de los neoliberales mismos). Este giro también y contrario a lo que se cree, no debilita sino que podría rehabilitar y fortalecer todavía más los núcleos de la doctrina neoliberal y sus mundo-visiones. En el tránsito, insistimos, no se cuestionan los presupuestos básicos, ni mucho menos las posturas típicas de la mundo-visión neoliberal y que animan constantemente las tesis pro-mercado, por más de que se intenten presentar de otra manera.

Tesis 6. El Neoliberalismo no es estático sino dinámico y ‘resiliente’

Frecuentemente se concibe al neoliberalismo como un evento estático minimizando su resilencia: resistencia ante los desafíos críticos (en particular, la crisis ideológica y epistémica) y capacidades de renovación y recomposición. En últimas, se desestima deliberadamente su dinámica. Por ello, complementando la errónea concepción del neoliberalismo como un programa de políticas y una ideología monolítica y singular, muchos analistas (y políticos que acuden retórica y estratégicamente y avalan tales posiciones) verifican cambios en las políticas y automáticamente concluyen la existencia de situaciones “más allá” del neoliberalismo. De hecho, se habla del neoliberalismo como un acontecimiento del pasado renegando incluso de la evidencia de los hechos reales que actualmente recorren el mundo y que verifican - aquí sí - que, en medio de los indicios y pruebas sobre el creciente cuestionamiento al proyecto neoliberal, éste en sus aspectos esenciales continúa adelante y, como plantea el concepto de resiliencia, bajo esta situación de inconciencia entre las resistencias antineoliberales ya acumuladas, el neoliberalismo podría eventualmente salir mucho más fortalecido. El avance de la llamada “globalización” neoliberal y de la ampliación de los mercados globales en los proyectos económico-políticos hegemónicos más importantes en la futura configuración de la economía capitalista (principalmente nos referimos a los múltiples Mega-Acuerdos/Tratados/Alianzas de “Libre Comercio”) son prueba de ello.
Como lo sosteníamos antes, las modificaciones tácticas al programa de políticas “en” el neoliberalismo no implican necesariamente transformaciones de la estrategia de desarrollo “del” neoliberalismo, la cual hasta el día de hoy - seguimos insistiendo -, por lo menos en su núcleo duro, continúa intacta.
La dinámica neoliberal ha promovido cambios y variantes en el programa táctico que encarnan sus políticas, siempre sintonizadas con distintos ritmos y coyunturas y asociadas a diferentes espacios y tiempos. El contraste de los acontecimientos y las tentativas neoliberales impuestos sobre la periferia: América Latina durante las décadas de 1980s y 1990s, por ejemplo, y los de los países centrales recientemente: Europa y los Estados Unidos, en particular, después del shock financiero de 2007-2008, ilustran este punto. En medio de las convulsiones vistas durante los últimos diez años, sería impensable reproducir el “mismo modelo” de políticas de la década de 1990s en varios espacios (América Latina, es un caso) y, en este sentido, sería lógico esperar que, en medio del neoliberalismo, el plan de políticas haya sufrido cambios tácticos para ajustarse a los nuevos tiempos. Esta operación ha sido realizada sin que sea necesario alterar su marco fundamental, es decir, la estrategia neoliberal. Sin embargo, algunos analistas absortos y bastante entusiastas siguen considerando una “paradoja” que las versiones más típicas de las políticas neoliberales (los llamados “ajustes ortodoxos” á la FMI) se apliquen hoy en los países centrales, planteando que en algunas periferias ese acontecimiento ha sido superado. Desde luego, aquí es necesario hacer un balance cuidadoso entre estrategia y tácticas y relacionarlas con ritmos y magnitudes del proyecto neoliberal a nivel global y local. En ese sentido, los tránsitos del Desarrollismo de la ISI de postguerras hacia el neoliberalismo del último cuarto del siglo XX, y de éste hacia un supuesto nuevo estadio en los albores del nuevo mileno, habría que analizarlos más allá de un economicismo rampante y ponerlos en perspectiva de las relaciones de fuerza dominantes en el terreno concreto de la economía política. 
Actualmente la convicción de que la prosperidad económica sólo puede ser obtenida mediante la sujeción al poder del mercado como paradigma es aún dominante. Incluso después de la crisis el discurso recurrente de las élites fue no abandonar estos convencimientos. Por el contrario, y tal como lo plantearon la mayoría de líderes mundiales, entre ellos, Barack Obama (Estados Unidos), Gordon Brown (Gran Bretaña), Nicolás Zarkozy (Francia), Peter Steinbrück (Alemania), Dominique Strauss-Kahn (en su momento, gerente del Fondo Monetario Internacional; postura que continua la actual directora gerente Christine Lagarde), y regionales “críticos” del neoliberalismo anterior, como Dilma Rouseff (Brasil) o Cristina Fernández de Kirchner (Argentina), la idea es transitar hacia un liberalismo regulado (Susan Waltkins), un neoliberalismo pragmático (Fischer & Plehwe), es decir, un nuevo neoliberalismo el cual, desde luego, debe retóricamente -por razones de productividad política y ante el desprestigio global del neoliberalismo vigente: su crisis ideológica y epistémica y la exacerbación de la alienación- encubrir su propia naturaleza.
Resaltando tesis anteriores, el tránsito hacia un nuevo neoliberalismo confirma que la crisis del neoliberalismo en general es palpable en contra de “un” tipo de neoliberalismo (ortodoxo) y, las críticas neoliberales al neoliberalismo (corrientes heterodoxas) pretenden ser la vanguardia de su reconstitución. Sería útil ilustrar este punto, a través de la siguiente tabla en la cual se contraponen el viejo y ortodoxo neoliberalismo y su renovada versión heterodoxa relacionando cuatro criterios centrales: a) Presencia estatal; b) Desempeños de los Mercados; c) Balances y desbalances de la Sociedad; y, d) Raíces ideológicas, en ambas formas del neoliberalismo.
Profundicemos este punto a través de un par de ejemplos.
Discursos como el nuevo desarrollismo propuestos, entre otros, por Luiz C. Bresser-Pereira han venido contraponiendo la “ortodoxia convencional” (el neoliberalismo típico del Consenso de los 90s y que teóricamente iguala a “lo neoclásico”; ya sabemos que es un error, deliberado o espontáneo pero error al fin y al cabo) al “neo-desarrollismo”, según este autor, un paradigma alternativo al neoliberalismo. No obstante, y como decíamos, en este caso, el neo-desarrollismo evita discutir el paradigma de desarrollo prevaleciente, y se limita a sustituir políticas económicas y sociales pero en el mismo marco del neoliberalismo, nunca más allá. En rigor, “la ortodoxia convencional” aludida no puede contraponerse a un “nuevo desarrollismo”. Lo ortodoxo se contrapone a lo heterodoxo, ya lo aclarábamos. La oposición que convoca Bresser-Pereira con el nuevo desarrollismo precisamente es una “heterodoxia convencional”, como fácilmente puede inferirse de las “diferencias” que él mismo intenta ilustrar entre la ortodoxia y el supuesto neo-desarrollismo, un neoliberalismo heterodoxo. En una de sus obras al respecto: Macroeconomia da estagnação (São Paulo, Editora 34, 2007), esto es rotundo.
¿Por qué referirse a una teoría ortodoxa e igualarla directamente a la neoclásica como forma para trazar una frontera ante un (supuesto) nuevo modelo? En este, como en otros casos, Bresser-Pereira alude a “la teoría neoclásica u ortodoxa” que fundamentó los 30 años del capitalismo neoliberal (ortodoxo). Al mismo tiempo, oculta que - lo veíamos - la teoría económica neoclásica tiene variantes, así como también el neoliberalismo. Existen diferencias epistemológicas y teóricas sustantivas entre un neoliberalismo de laissez-faire, basado en teorías neoclásicas - ese mismo que defiende en forma ortodoxa el absolutismo del mercado, ahora criticado por todos - y otras teorías tan neoclásicas como neoliberales, críticas del ‘dejar hacer, dejar pasar’, que podría decirse, parecen en este momento “moderadas” frente a la ilusión de que el mercado lo resuelve todo.
Otro ejemplo, entre una infinidad de ellos al respecto, es la perspectiva del nobel de Economía Joseph Stiglitz, a quien muchos consideran “crítico” del neoliberalismo. Una muestra reciente de la discursividad que manejan los neoliberales heterodoxos, como Stiglitz lo representa su artículo titulado: “La farsa del libre comercio”, en donde Stiglitz “critica” el libre comercio practicado por los Estados Unidos porque precisamente no es neoliberal. Llama pasar de un libre comercio “controlado” a uno “auténtico”, es decir, neoliberalizado. Texto: J. F. Puello-Socarrás. Ver: Parte 4

14 ene. 2014

8 Tesis sobre el neoliberalismo (2 de 4)

Tesis 3. El Neoliberalismo es multidimensional, no sólo una cuestión de economía “pura”

Otra de las frecuentes desviaciones ha estado relacionada con la identificación del neoliberalismo como una apuesta exclusivamente económica. Esta posición exime - deliberadamente - identificar las múltiples dimensiones del neoliberalismo, entre otras - aunque, tal vez, la más sustancial - la insoslayable fuerza socio-política y la realidad como tecnología gubernamental (Foucault 2007). La comprensión de la actual crisis del Capitalismo, entre otras, ayuda a revelar el radical carácter multidimensional del neoliberalismo.
Alrededor de la Crisis Global hoy convergen, simultánea y estructuralmente, crisis específicas que permiten capturar la complejidad antes insospechada y que para este momento exasperan los límites mismos del sistema. El calidoscopio completo de esta Crisis en mayúscula está compuesta por ocho crisis “en minúscula”, todas ellas fuertemente interrelacionadas: a) económica particularmente comprometida con aspectos financieros y en las finanzas públicas estatales y privadas; b) energética con la escasez absoluta y relativa de las fuentes de energía cruciales para el funcionamiento del sistema y que se ilustran con el denominado “pico del petróleo” y con la insuficiencia paulatina de los minerales estratégicos del capitalismo como el carbón, cobre, etc. c) ecológica y socio-medioambiental de la mano de la explotación y depredación desmedida de los bienes comunales de la Naturaleza y sus implicaciones en las ecologías sociales y subjetivas - vía desposesión violenta de territorios, uno de los casos - las cuales son hoy reconocidas, incluso por los defensores del neoliberalismo; d) biológica, tal y como lo plantea, entre otros Koumentakis, fruto de las mismas dinámicas de degradación, explotación y polución del planeta pero que afectan al cuerpo y la mente humanas en la forma de enfermedades crónicas como el cáncer, obesidad, diabetes en el mundo “desarrollado” mientras que en el “subdesarrollado” se expresa en desnutrición, hambrunas, etc.; e) alimentaria con el aumento inusitado en los precios del consumo básico de alimentos debido a la financiarización de los mismos y también por la sustitución de la producción alimenticia para la producción de agrocombustibles; f) ideológica y epistémica con el trance, hoy en trámite, de la pérdida - aunque también recomposición - de referentes basados en la hegemonía del capitalismo neoliberal y que se proyecta en los dispositivos de producción de saberes, conocimientos, técnicas; g) política principalmente con la crisis de representatividad y de alternativas políticas; la oleada anti-neoliberal que recorre el mundo desde principios de la década de los 1990s, iniciando con la revuelta venezolana conocida como el Caracazo pasando por la insurrección neozapatista mexicana en Chiapas y las Guerras del Gas y el Agua en Bolivia, las rebeliones populares en Argentina y Ecuador hasta las protestas sociales contemporáneas en diferentes países de Europa y los Estados Unidos, la Primavera Árabe y los episodios contenciosos en América Latina - Chile, Colombia, últimamente en Brasil y Perú, entre muchos otros -, aleccionan la magnitud de esta crisis; y, por supuesto, h) social y la sostenida devaluación de las relaciones sociales y de los niveles de vida, la profundización de la pobreza y el empobrecimiento de sectores medios, la miseria, la precarización; igualmente incidentes sistemáticos de represión, progresiva militarización - incluso, bajo dispositivos parainstitucionales - y terrorismo de Estado que atentan contra los criterios mínimos en términos de derechos humanos, bienestar social, etc.. Esta síntesis no deja dudas sobre la aceleración y magnitud de las lógicas y las contradicciones del capitalismo bajo su versión neoliberal.

La tesis que el neoliberalismo es que una cuestión más allá de la economía pura fue una cuestión abordada desde un principio en las discusiones de la Sociedad de Mont-Perélin. Esta afirmación se encontraría bastante bien documentada por la hegemonía histórica de las posturas neoliberales en las ciencias sociales y humanas dominantes, en particular desde mediados del siglo XX. En la ciencia económica contemporánea el dominio de los enfoques convencionales, a pesar de la creciente contestación y disputa epistemológica y académica más recientes, resulta evidente. En otras disciplinas como por ejemplo la Ciencia política (enfoques como el Neoinstitucionalismo) o la Administración pública (la Nueva Gestión Pública, New Public Managament) el convencionalismo aún goza de “buena salud” y expresa la pretensión imperialista del neoliberalismo en términos de la producción de saberes y conocimiento sociales y humanos.

Tesis 4. El Neoliberalismo no es una ideología monolítica sino diversa y compleja

Otro de los errores sistemáticos en el análisis del neoliberalismo es la negación de su complejidad ideológica. Se lo interpreta comúnmente como si fuera una ideología monolítica sin llegar a identificar en este terreno su diversidad constitutiva y el calidoscopio de posiciones que lo constituyen.
Tradicionalmente se ha identificado al Neoliberalismo solamente con la cosmovisión que se deriva de la teoría económica neoclásica, referida siempre en genérico, sin notar que esa referencia convencional es vinculante únicamente con una de las corrientes de la escuela neoclásica, el contingente angloamericano. Ciertamente, esta corriente ha fungido como la plataforma ideológica y el soporte epistemológico por excelencia que ha certificado (de manera unívoca y, por momentos, casi exclusiva) la reinstalación del espíritu liberal clásico en el marco del capitalismo contemporáneo. Pero aunque la postura de yuxtaponer la escuela neoclásica y agotarla en su versión angloamericana no resulta del todo incorrecta, sí es muy limitativa. Sobre todo, al restringir las motivaciones (en términos de Gilbert Durand) que permiten comprender y reconstruir integralmente en qué consiste la ideología neoliberal, histórica y actualmente hablando. La opción hermenéutica y heurística de igualar el universo de la teoría económica neoclásica al neoliberalismo resulta entonces cada vez más impotente para acceder a las particularidades del proceso, especialmente en los detalles que expresa el neoliberalismo más recientemente.
Al examinar la complejidad del neoliberalismo, es decir, abordando los puntos de vista teórico-abstractos, sus prácticas históricas, sus fuentes económicas y sus afiliaciones políticas, ideológicas y sociales, establecemos esquemáticamente cinco referencias básicas en la evolución del pensamiento neoliberal esenciales para describir y descubrir sus principales traducciones, tanto en términos de las recetas públicas y las reformas políticas, económicas y sociales que impulsa como también los sujetos, agentes y actores que personifica: a) La Escuela Neoclásica Anglo-Americana representada por la Escuela de Londres aunque más celebremente por las últimas generaciones de la Escuela de Chicago con M. Friedman a la cabeza. Esta variante instaló un tipo neo-liberalismo angloamericano que a lo largo del tiempo, paulatinamente y bajo una fuerte impronta USA, eclipsó los elementos anglosajones y bajo esta identidad apareció como la corriente ortodoxa al interior del neoliberalismo. Otras corrientes neoliberales, en consecuencia, fueron consideradas heterodoxas, subordinadas y menos influyentes dentro de la tópica neoliberal en general; En las Escuelas Neoclásicas Europeo Continentales, puntualmente la llamada b) Escuela Austriaca o “de Viena” y sus sucesivas generaciones encabezadas por referentes como Mises y Hayek; c) El llamado Neoliberalismo Alemán: el Ordo-liberalismo y la Escuela de la Economía Social de Mercado (ESM), posturas que defienden una renovación del liberalismo clásico - opinión en la que convergen con los austriacos - pero insistiendo en un liberalismo de “nuevo cuño” y descartando decididamente cualquier tipo de restablecimiento del “laissez-faire” del antiguo liberalismo, noción mucho más cercana al tipo de neoliberalismo ortodoxo angloamericano. Su tentativa se basa en la construcción de una economía organizada (regulada) pero nunca “dirigida” ó “planificada”. Admiten entonces la regulación estatal con el fin otorgar garantías absolutas para la libertad natural de los procesos económicos (lógicas de mercado).

Aunque poco difundidas - seguramente debido al grado de “sofisticación” bajo el cual se han confeccionado y que obstaculiza su reconocimiento en los debates no especializados - pero no por ello menos importantes: d) las Síntesis neoclásico-keynesianas, tanto la “primera síntesis” como la “nueva síntesis”, posiciones teóricas que armonizan los presupuestos neoclásicos con los de la teoría keynesiana, intentando “incorporar” elementos de la teoría de Keynes al interior del campo epistémico de la escuela neoclásica tradicional. Estas síntesis lograron renovar la teoría neoclásica en sentido estricto, colocando a Keynes vis-á-vis Wicksell y reintegrando en el universo de lo neoclásico las teorías de Marshall a Keynes (Puello-Socarrás, 2007). Sin embargo, se trata de un neoclasicismo “keynesiano”, aunque suene paradójico: ¡sin Keynes! (recordemos el anti-keynesianismo innato del neoliberalismo). Esta variante resulta tener una influencia fundamental en vista que las principales prescripciones y fórmulas neo-liberales, sobre todo, en materia de política económica (monetaria, especialmente) se han sustentado en la pretendida superioridad técnica y tecnocrática desde este horizonte; finalmente, e) Las Síntesis Austroamericanas y Americano-austriacas las cuales combinan elementos de las corrientes angloamericanas y austriacas (gradualmente también se nutren de las claves propuestas por el neoliberalismo alemán). En el primer caso, privilegian los núcleos austriacos sobre los americanos (como en J. Buchanan y, más recientemente, E. Ostrom), y en el segundo caso, a la inversa, subordinan los elementos austriacos y exaltan los núcleos angloamericanos (como es el caso de las posturas de G. Becker o el Nuevo Institucionalismo Económico del tipo D. North.
No sobraría anotar que al interior del neoliberalismo, especialmente entre las dos corrientes de mayor peso y fuerza ideológica y teorética (la ortodoxia angloamericana y la heterodoxia austriaca y paulatinamente alemana) existen diferencias indiscutibles. Puntualmente, profundas discrepancias a nivel teórico, epistemológico, metodológico, etc. que se traducen en interpretaciones disímiles frente a diferentes tópicos: en materia de políticas, medidas económicas, el planteamiento y resolución de problemas socioeconómicos. Sin embargo, lo destacable de este asunto es que más allá de las divergencias teóricas que existen al comparar posiciones ortodoxas y heterodoxas que, en abstracto, resultarían opuestas (casi antípodas aunque nunca contradictorias), ambas mantienen al unísono los principios generales del neoliberalismo y convergen -superando sus diferencias- en una unidad ideológica consistente que guía sus prácticas fundamentales. Así quedó confirmado y registrado históricamente en distintos escenarios distintivos del proyecto neoliberal desde su fundación en la célebre Sociedad Mont Perèlin (y sus sucesivos foros intelectuales, académicos y políticos), en donde de Hayek (un neoliberal austriaco) a Friedman (un neoliberal usamericano) se determinó que, más allá del disenso abstracto, el neoliberalismo in extenso confluye políticamente alrededor de un acuerdo fundamental de principios “en concreto”, el cual - al decir del mismo Hayek - discute pero nunca cuestiona “ciertos conceptos básicos”, fundamentalmente la construcción de la Sociedad de Mercado (no sólo una “economía de mercado”). Para todos los neo-liberales, los problemas de la sociedad, las dinámicas públicas y las tensiones y conflictos societales deben ser sancionados y considerados unívocamente bajo una óptica individualista en el mercado. Texto: J. F. Puello-Socarrás. Ver: PARTE 3

10 ene. 2014

8 Tesis sobre el neoliberalismo (1 de 4)

Prefacio:
A pesar que desde los primeros años del nuevo milenio se vocifera el fin de la llamada Hegemonía Neoliberal, idea reforzada más recientemente con ocasión de la Crisis global por la que atraviesa el capitalismo hoy y que las posturas neoliberales convencionales reinantes durante las últimas décadas del siglo pasado ciertamente han sido desacreditadas - afortunadamente no desde la teoría abstracta sino desde las realidades concretas -, el neoliberalismo continúa su curso buscando consolidar “nuevos” referentes, sin extralimitar en ningún momento su identidad ideológica fundamental. El actual trance crítico ha propiciado no sólo la reemergencia de discursividades (algunas de ellas) novedosas y alternativas sino también una reconfiguración al interior del neoliberalismo - en general inadvertida - pero que viene gestándose a través de la recomposición de la hegemonía del proyecto neoliberal (su ideología y prácticas) con el relevo de las posiciones ortodoxas, en su gran mayoría de inspiración leséferista (laissez-faire, laissez-passer, “dejar hacer, dejar pasar”) activándose la renovación del ideario neoliberal a partir otras perspectivas igualmente neoliberales pero heterodoxas. Este sendero permitiría la reconstrucción del capitalismo neoliberal con el fin de enfrentar las vicisitudes que le plantean los nuevos tiempos y ante los cuales el extremismo ortodoxo no parece ofrecer ya respuestas viables, sobre todo, desde el punto de vista político-económico. Este trabajo intenta proponer 8 tesis generales en perspectiva histórica que sintetizan cambios y rupturas en el neoliberalismo para allanar diagnósticos prospectivos en torno a su superación.
Texto: José Francisco Puello-Socarrás.

Tesis 1. El Neoliberalismo, etapa “superior” del Capitalismo

Un análisis retrospectivo del neoliberalismo permite establecer dos precisiones en torno a su posible periodización en perspectiva histórica.
Por una parte y desde un abordaje de memoria larga, el neoliberalismo no sólo es la última etapa del capitalismo histórico hoy conocido, cronológicamente hablando. La expansión de los mercados, conocida como “globalización”, ilustraría la dimensión espacial-temporal de este punto y se ajusta muy bien a lo que Harvey actualiza, desde la “vieja” pero aún vigente proposición de Lenin, como nuevo imperialismo. Igualmente resulta ser la fase superior del sistema en sentido cualitativo. El neoliberalismo es la etapa donde se verifica la más pronunciada exacerbación de las lógicas y contradicciones inherentes a la reproducción y acumulación incesante del capital. La explotación económica, la dominación política, la opresión social y la alienación ideológica, en todos los niveles y dimensiones que caracterizan - al decir de Wallerstein - la economía-mundo capitalista, encuentran al día de hoy y al mismo tiempo, su cenit y su ocaso. La denominación coloquial que se le ha venido otorgado al neoliberalismo como “capitalismo salvaje” es tan consistente como descriptiva respecto de la progresiva mercantilización de la vida humana pero sustancialmente de la deshumanización del hombre (en sentido genérico) dentro del capitalismo. El salvajismo se propone como la impronta más distintiva de la actual fase neoliberal

1. Las condiciones críticas y las tendencias inéditas que actualmente muestra el sistema rebasan ampliamente el balance de tensiones históricamente conocidas durante toda la evolución del modo de producción capitalista desde sus orígenes.
Las implicaciones que se desprenden de la actual crisis del Capitalismo son radicalmente expresivas de la época de crisis civilizatoria que encarna el neoliberalismo. No hay que olvidar tampoco que la manera como se pretendieron sortear las crecientes contradicciones y la sobrevenida crisis del capitalismo de postguerra, especialmente, el agotamiento del Estado de Bienestar y el modelo de acumulación fordista a nivel planetario (principalmente en los países centrales pero siempre en correlación a las periferias capitalistas) fue articulada bajo la contrarevolución neoliberal.
Desde la década de 1970s y hasta el día de hoy, el neoliberalismo es, por antonomasia, la estrategia ofensiva del Capital (contra el Trabajo) y reacción, “salida” y “solución” ante la crisis estructural y global del capitalismo tardío. Inclusive, desde la perspectiva de las élites hegemónicas, la actual crisis plantea salidas no sólo en el marco del capitalismo sino peor aún bajo la profundización de las lógicas neoliberales, aunque, como se ha advertido poco, dependiendo de los ritmos y espacios, alrededor de un neoliberalismo nuevo, es decir, una versión de nuevo cuño.
Desde una aproximación de corta duración, de otra parte, y más allá que los orígenes del neoliberalismo pueden rastrearse de diferentes maneras a lo largo y ancho del siglo XX en su pretensión por “actualizar” el capitalismo liberal de antaño en tiempos contemporáneos y darle “solución” al trance estructural crítico capitalista, se sugieren dos momentos puntuales que informan la emergencia y la proyección sociopolítica del neoliberalismo en tanto - en términos de A. Sohn-Rethel - materialidad real, es decir, en abstracto y en concreto.
El primero, el año 1948, nacimiento in vitro del neoliberalismo con la fundación de la Sociedad de Mont-Perelin, cónclave intelectual y plataforma ideológica clave desde la cual se difundieron con posterioridad el pensamiento y las doctrinas neoliberales y, con este objetivo se promocionaron también distintos “tanques de pensamiento” (think tanks), centros de investigación, foros públicos y estrechos vínculos con “prestigiosas” universidades a nivel mundial; en segundo lugar, lo que podríamos denominar la emergencia in vivo del neoliberalismo, en 1973, una fecha en la que además existe un relativo consenso sobre el inicio de largo plazo de esta crisis por ser el año del shock petrolero mundial, entre otros hechos. Más exactamente hablamos del 11 de septiembre de 1973, día del golpe de Estado contra el primer gobierno socialista elegido por voto popular,
el del chileno Salvador Allende y período en el cual se desencadena una oleada de dictaduras cívico-militares en el Cono Sur de Latinoamérica y el Caribe en el marco del Plan Cóndor, iniciativa promovida por el gobierno de los Estados Unidos, a través de la Central de Inteligencia Americana (CIA). Este acontecimiento marca la instalación de las bases del régimen económico-político neoliberal en la región (recuérdese las “asesorías” en materia de reformas económicas y sociales en Chile por parte de los llamados Chicago’s Boys y de las élites neoliberales globales, los padres del neo-liberalismo F.A. Hayek y, en el caso chileno, M. Friedman, lineamientos que luego serían “transferidos” a través de diversos mecanismos y presiones hacia los países vecinos) (Ramírez 2012). Durante las décadas posteriores, la consolidación del neoliberalismo a nivel global, especialmente y entre otros, estuvo de la mano de otro plan, esta vez de carácter económico-político: el tristemente célebre “Consenso de Washington” - en su versión original de 1989 y en la de sus sucedáneos (Puello-Socarrás 2013) -, encarnado por los mal-llamados organismos multilaterales de crédito (stricto sensu son “unilaterales” en vista del unilateralismo que practican, casi sin ninguna excepción, subordinado a los intereses y dictados de Washington
2) como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco InterAmericano de Desarrollo.

Tesis 2. El Neoliberalismo es, ante todo, un Proyecto económico-político de clase y no solamente un programa de políticas públicas

El neoliberalismo no se agota ni se puede igualar directamente al Consenso de Washington (1989) - ni sus versiones sucedáneas -. Tampoco al programa específico de políticas económicas allí contenido, como muchos afirman “ingenuamente”.
Desde hace algún tiempo, es un error demasiado común asociar unívocamente al neoliberalismo con las políticas descritas por el Consenso, como si el neoliberalismo se limitara a un mero acontecimiento tecnocrático de orden exclusivamente “económico” (o mejor: economicista). Esta idea bastante difundida entre defensores y supuestos detractores del neoliberalismo si bien no es completamente errada - en tanto el Consenso es una de las traducciones históricas posibles del proyecto neoliberal - sí resulta altamente suspicaz ya que se plantea como uno de los argumentos por excelencia y usado - con ligereza - en las discusiones emergentes para insinuar una inexistente y actual época “post-neoliberal”. Igualar el neoliberalismo a un programa de políticas, oculta o, en el mejor de los casos minimiza, su significado sociopolítico. Al neoliberalismo hay que analizarlo desde un punto de vista estratégico y, por supuesto, también táctico.

El neoliberalismo implica, ante todo, un Proyecto económico-político de clase (capitalista) el cual se ha venido expresando a través de una estrategia de acumulación (llamada común y colonialmente de “Desarrollo”). Sólo posteriormente el neoliberalismo se materializa en programas de políticas, tal y como lo evidencia el Consenso de Washington y sus variantes, los cuales representan, precisamente, su dimensión táctica. La estrategia neoliberal, a diferencia del modelo anterior, se basa en específicamente en la sujeción y subordinación absoluta al Mercado (iniciativa privada que, en el mundo real, siempre es asimétrica) como el dispositivo de producción y reproducción social en sentido amplio. Bajo esta impronta se derivan la amplia gama de políticas públicas (económicas, sociales, etc.).
En este caso, por ejemplo, el neoliberalismo como estrategia se diferencia del anterior industrialismo orientado por el Estado, también conocido como el “modelo de industrialización por sustitución de importaciones” (comúnmente ISI de mediados del siglo XX). El modelo orientado hacia el mercado instalado entre los 70s-90s (hoy vigente) defiende a ultranza la “reducción del Estado”, en tanto actor sociopolítico, es decir, la menor injerencia del aparato de Estado rechazando a limine la intervención y la planificación estatal aunque es permisivo con la “regulación”, tres situaciones diferentes que últimamente se han confundido. La especie emergente de “tercera vía”, el modelo estatal orientado hacia el mercado, prototipo “novedoso” del neoliberalismo en particular durante el nuevo milenio (y que se ajusta a las versiones neo-extractivista y, especialmente neo-desarrollistas que hacen eco en este momento en diferentes partes del mundo), no se diferencian en lo fundamental del neoliberalismo anterior, más que en lo superficial. Precisamente, en contraste con la incontestable hegemonía neoliberal de los 80s-90s, en el neoliberalismo del nuevo milenio se observan contrastes pero al nivel de las políticas públicas, económicas o sociales y, por el contrario, esta nueva versión garantiza la continuidad ininterrumpida de la estrategia de acumulación neoliberal capitalista.
En síntesis, el “alejamiento” de las políticas del Consenso (original) que ha significado frecuentemente la adopción adaptada de sus versiones sucedáneas - incluso, variantes del modelo extractivista y neo-extractivista, como lo ha mostrado recientemente Gudynas -, sin problematizar el paradigma de desarrollo no indica de ninguna manera una postura “más allá” del neoliberalismo como retóricamente se viene sosteniendo. Todo lo contrario. Ver: PARTE 2