20 jul. 2012

Su apellido es 'crisis'.


A. Nadal
¿Cuándo fue la última vez que una economía capitalista se mantuvo en expansión y en armonía social? Parece que hay que hacer un buen ejercicio de memoria porque no es fácil recordar semejante episodio de placidez. Y sin embargo, en el imaginario social perdura la creencia de que en una época perdida que habría que recuperar, el capitalismo pudo hacer entrega de buenos resultados. Quizás el anhelo profundo del ser humano es ese mundo de paz, bienestar y justicia. Pero esa aspiración no significa que ese mundo anhelado sea posible bajo la feroz regla del capital. La historia del capitalismo revela un proceso de continua expansión y eso ha sido interpretado como señal de éxito.
En esa misma historia hay una nutrida sucesión de episodios de contracción y descalabro. Es como si la crisis incesante fuera el estado natural del capitalismo. La lista de crisis y dislocaciones traumáticas en la marcha del capitalismo es densa. En ella se entrelazan la especulación financiera, la caída en la demanda agregada provocada por recortes salariales, el exceso de capacidad instalada y, por supuesto, las expectativas optimistas de los inversionistas que fueron una y otra vez desmentidas por el mercado. En varios momentos los límites a la acumulación de capital condujeron a confrontaciones inter-imperialistas y a políticas de colonización que buscaban superar esas limitaciones. En todos estos casos la secuela de desempleo y empobrecimiento, destrucción y guerras dejó cicatrices sombrías. El mítico periodo glorioso del capital es algo endeble. Hagamos abstracción de las crisis de siglos anteriores, como la de la South Sea Company inglesa (1720) o las del siglo XIX: la depresión post-napoleónica, la crisis de 1837 en Estados Unidos, la de 1847, las de 1857 y 1873-96 (llamada la ‘Larga Depresión’). Pasemos al siglo XX. En 1907 explota una feroz crisis en Nueva York que amenaza todo el sistema bancario y desemboca en la creación de la Reserva Federal. En 1920-21 se presenta una crisis deflacionaria que precedió a la Gran Depresión. Ésta dejó una huella profunda en la historia económica y política de la primera mitad del siglo.
Después de la Segunda Guerra viene la llamada época dorada de expansión capitalista. Esa fase (1947-1970) estuvo sostenida por circunstancias excepcionales e insostenibles: la demanda de la reconstrucción post bellum y del consumo postergado desde la crisis de 1929. La era dorada duró poco: a fines de los sesenta comienza el agotamiento de oportunidades rentables para la inversión. En 1973 concluye el crecimiento de los salarios y arranca la crisis de estancamiento con inflación, misma que desemboca en el alza brutal de las tasas de interés y desencadena la crisis de los años 80 a escala mundial. En América Latina nos acostumbramos a decir la década perdida de los 80. Olvidamos que en los países centrales la crisis se había gestado precisamente en la era dorada. La crisis de los 80 le pega a todo el mundo. A finales de los 70 estalla la crisis de las cajas de ahorro y crédito en Estados Unidos. El costo fue enorme y los efectos se prolongaron a lo largo de 10 años hasta que en 1987 sobrevino el Lunes Negro.
Durante los años 90 la economía estadounidense experimenta un episodio de bonanza artificial y hasta las finanzas públicas alcanzan a tener un superávit. Mientras en Estados Unidos se está gestando la burbuja de las empresas de ‘alta tecnología’, en el resto del mundo se presenta una nutrida serie de crisis: México, Tailandia y el sudeste asiático, Rusia, Turquía, Brasil. Para cuando los atentados del 9-11 la recesión ya tenía dos años de golpear en Estados Unidos. No hay pausa para respirar. El capitalismo vive a través de mutaciones patógenas continuas. Es como si se tratara de un enfermo que en momentos de aparente buena salud estuviera preparando los momentos de graves convulsiones. No hay que caer en una visión reduccionista. No todas las crisis son iguales, ni tuvieron las mismas causas. El desarrollo del capitalismo es un proceso contradictorio y por ello ha tenido fases de relativa prosperidad. Precisamente en esas etapas de estabilidad se gestan las mutaciones que conducen a más crisis.
El análisis de corte marxista ofrece las perspectivas más ricas para el análisis teórico de la crisis como esencia del capital. Pero hasta en una disposición reformista, à la Keynes, es fácil observar que la crisis es el apellido del capitalismo: no existe un mecanismo de ajuste que permita solucionar el problema de la inestabilidad de las funciones de inversión y de preferencia de liquidez en una economía monetaria de tal manera que se alcance una situación de pleno empleo. El punto es este: no es que no funcione el mecanismo, sino que no existe. Definitivamente, la visión ingenua sobre el capitalismo debe ir a reposar en el museo de los mitos curiosos. Se desprende una importante tarea política e histórica para la izquierda, la única fuerza capaz de cuestionar las bases del capitalismo.

14 jul. 2012

Apadrina un valenciano. El sinvergüenza, ¿nace o se hace?


Recordará mi apasionado lector que en la última lección hacíamos una somera mención a algunas cosillas no del todo claras respecto de la actuación de nuestros próceres patrios en lo tocante a los bienes muebles e inmuebles de nuestra común propiedad, quiero decir de la de todos los ciudadanos. En este hilo seguiré con esta narración: Pocos días hace que me invitaron a un seminario en el sur de Italia cuyo argumentario principal era la corrupción en los países latinos, y ribereños del Mediterráneo. 
Allí asistí, entusiasta, a fin de obtener luces del porqué de este estigma que nos acoge desde hace inmemorial tiempo. ¿Había verdad en ello? ¿Es nuestra cultura ancestral mediterránea la que ha hecho al perillán? Dado que las tierras sureñas de la itálica península estuvieron en manos de nuestros monarcas, ¿la habíamos exportado desde nuestra hispana tierra? ¿Llegó a instalarse en las otroras bondadosas tierras del Nuevo Mundo tales costumbres legadas por nuestros antepasados? ¿Contribuyó Italia a tal merecimiento? En estas estaba cuando en un receso, coffee break le llamaron, se me acercó un sujeto enjuto y algo desagradable en los aliños y me espetó: ‘Siga la pista del nombre’. Así sin más. Me masculló que conocía mi procedencia geográfica, no era difícil adivinarlo, hispano-levantina, y que intuía qué me había llevado hasta allí. No le sonsaqué mas, él se apartó raudo de mí, no lo volví a ver, y tampoco le otorgué mayor importancia. Al día siguiente tome el primer avión, y regrese a mi terruño. A poco de llegar me topé, en un desagradable zapeo, en casi todas las TVs, con un exabrupto correoso. Una diputada de un partido político, en las Cortes españolas había pronunciado esta jaculatoria: ‘Os jodéis’ o algo similar. No le di demasiada importancia hasta ver el recorrido que las palabras habían tenido en la prensa y las 'rr.ss.', léase redes sociales. Muy poco después me encontré lo que me temía: las palabras las había pronunciado una diputada del Partido Popular, en sede parlamentaria, ante sinfín de miembros de la cámara, y ante el mismísimo presidente del gobierno español. 
Te vas a enterar, pensé, dando por hecho que los altos cargos populares la arrestarían de inmediato y la devengarían en militante rasa. No fue ello lo que ocurrió; saltimbanquis de toda laya alborotaron en su defensa y protección. Mi asombro iba en aumento. ¡Hay!, apasionado lector, entereme de su apellido y fue todo una. Recordé al hombrecillo del sur de Italia: ‘siga la pista del nombre’. ¿Tendrá relación una con la otra cosa?, pensé. Dubitativo y desconcertado me adentré en aquellas ciencias que pudieran darme luz: física cuántica, ¿puede una cosa y la contraria existir al alimón? ¿Quizá el bosón de Higgs tenga la respuesta? La teoría de cuerdas, ¿tal vez? Bebí en otras fuentes: ¿Y si el estructuralista lingüístico Saussure tuviese respuesta? ¿La filosofía? ¿Quizá Lacan? ¿La heráldica?, ¿La numismatica? Debo admitir que no me dieron respuesta satisfactoria. ¿Cómo casar la impunidad del político en sus obras y gestos con su impunidad eterna? ¿Nada habrá sobre la faz de la tierra que desentrañe tal misterio? Dejelo, el asunto, unos días, en espera de sosiego y reposo; ello me permitiría retomar la investigación con bríos nuevos. Y hete aquí que una mañana, paseante desazonado, me di de bruces con la carpintería de junto a mi casa, que había abierto para ciertos pequeños menesteres, habida cuenta del día de la semana. 
Saludé al joven que la regenta y escudriñé, sin querer, esta conversación que transcribo lo mas detallada posible y que se desarrolló con una clienta, señora mayor, que llevaba una maderilla a recortar: -¿Llevas mucho tiempo en la carpintería? - La heredé, junto con el oficio, de mi padre, carpintero de toda la vida, así como el padre de mi padre y el de éste también. - Claro, clamó ella con jolgorio inusitado al poder añadir su refrán, que ha cuento venía de mil maravillas: “DE TAL PALO TAL ASTILLA”. Esa era la respuesta y no otra. No estaba en Italia, ni en los documentados saberes de la ciencia y la filosfía humanas. Estaba allí, junto a mi casa, tan cerca de la de todos, de la de todas las casas. Esa era: de tal palo tal astilla. Regresé a la mansión, había dejado la música puesta en el ordenador, y escuchaba nada mas entrar a Bob Dylan rezando aquello de: La respuesta está en el viento. No, me dije de nuevo; la respuesta la tienen los sinvergüenzas que nos invaden. DE TAL PALO TAL ASTILLA. Sinvergüenzas hasta el hastío. Texto: @javierginer